lunes, 25 de agosto de 2014

25/08/14 Lunes de la 21ª semana de Tiempo Ordinario

2Ts 3,10b-13
El que no trabaja, que no coma. Porque nos hemos enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada. Pues a ésos les mandamos y recomendamos, por el Señor Jesucristo, que trabajen con tranquilidad para ganarse el pan. Por vuestra parte, hermanos, no os canséis de hacer el bien.


El resto de Israel pastará y se tenderá sin sobresaltos

Santo Tomás de Aquino
Comentario sobre el evangelio de san Juan 10, 3
Yo soy el buen Pastor. Es evidente que el oficio de pastor compete a Cristo, pues, de la misma manera que e rebaño es guiado y alimentado por el pastor, así Cristo alimenta a los fieles espiritualmente y también con su cuerpo y su sangre. Andabais descarriados como ovejas -dice el Apóstol-, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas....




En aquel tiempo, habló Jesús diciendo:

-¡Ay de vosotros, letrados y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el Reino de los Cielos! Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren.

¡Ay de vosotros, letrados y fariseos hipócritas, que devoráis los bienes de las viudas con pretexto de largas oraciones! Vuestra sentencia será por eso más severa.

¡Ay de vosotros, letrados y fariseos hipócritas, que viajáis por tierra y mar para ganar un prosélito, y cuando lo conseguís, lo hacéis digno del fuego el doble que vosotros!

¡Ay de vosotros, guías ciegos, que decís: «¡Jurar por el templo no obliga, jurar por el oro del templo sí obliga!» ¡Necios y ciegos! ¿Qué es más, el oro o el templo que consagra el oro?

O también: «Jurar por el altar no obliga, jurar por la ofrenda que está en el altar sí obliga». ¡Ciegos! ¿Qué es más, la ofrenda o el altar que consagra la ofrenda? Quien jura por el altar, jura también por todo lo que está sobre él; quien jura por el templo, jura también por el que habita en él; y quien jura por el cielo, jura por el trono de Dios y también por el que está sentado en él.





San Pablo a los Tesalonicenses 1, 1-5. 11b-12


 En la primera lectura escuchamos el inicio de una carta de san Pablo. Es suficiente para darse cuenta de que, en los textos del Apóstol, todo rezuma amor a Dios. San Pablo escribe siempre desde Dios. Por eso inicia sus epístolas deseando la gracia y la paz de Dios. El Apóstol entiende la absoluta primacía de Dios en nuestra vida. Sin la ayuda divina no podemos nada. Y la paz es la consumación de la acción de Dios en nosotros. Lo que el Espíritu Santo construye en el corazón del hombre es la paz. Por eso, para san Pablo todo parte y se consuma en Dios.

1.2 Comenta Santo Tomás de Aquino que los deseos de "gracia" y "paz" que escribe el apóstol son como el resumen de toda la vida espiritual, porque todo empieza en la gracia y todo culmina en el don estimable de la paz. El deseo de gracia nos recuerda que todo ha llegado como un regalo para nosotros, porque su precio fue pagado con amor en la Cruz; el deseo de paz nos recuerda que ningún bien falta a los que acogen ese amor en sus vidas.

Ai de vosaltres, mestres de la Llei i fariseus hipòcrites, que tanqueu a la gent l'entrada del Regne del cel

Avui el Senyor ens vol il·luminar sobre un concepte que en si mateix és elemental, però que pocs arriben a aprofundir: guiar un altre vers un desastre no és guiar cap a la vida, sinó cap a la mort. Qui ensenya a morir o a matar els altres no és un mestre de vida, sinó un “assassí”.

2.1 El evangelio de hoy, por su parte, tiene un tono muy fuerte: son palabras de Jesús que desenmascaran las pretensiones de autoridad de dos grupos fuertes e influyentes de la sociedad judía de su tiempo: los escribas y los fariseos. Los escribas se ufanaban de conocer en profundidad la Escritura y los fariseos tenían su orgullo en practicar mejor que nadie los preceptos allí descritos.

2.2 La palabra clave de toda la invectiva de Nuestro Señor es "hipócritas." Los fariseos y los escribas no son como parecen, no son como se muestran, no son como quieren ser vistos, no son como lo que enseñan: están rotos y su virtud es pura fachada. Seguirlos es volverse como ellos y eso implica perder la capacidad de gozarse en la Buena Nueva de salvación.

Entendemos cuanto vale el Evangelio cuando salimos cada dia a enfrentarnos con situaciones nuevas


...... son famosas las escapadas de Mc. Giver con un cortauñas o con una de estas navajas que tienen distintos destornilladores, cuchillos y cosas parecidas.

Bueno, Mc. Giver entonces tiene una navaja suiza, o parecida a esas navajas suizas que tienen varias utilidades: que una cuchilla, que un destornillador, que un no sé qué. ¿Cuánto vale esa navaja? Se puede responder diciendo tantos pesos o tantos dólares, pero cuánto vale esa navaja sólo se conoce cuando un hombre, como Mc Giver, logra, con esa navaja, salir airoso de los trances más apurados.

Entonces yo tomo ese acontecimiento tan infantil, para decir que el Evangelio es como la navaja de Mc Giver, y el cristiano es como Mc Giver.

¿Que es el Evangelio y cuánto vale el Evangelio? Lo sabemos entero entrando en el Cáliz y en la Sangre del Señor. ¿Cuánto vale en Evangelio? Lo mismo que vale la Sangre de Cristo que se consagra en esta Eucaristía. Así podemos responder al valor del Evangelio. Pero cuánto vale el Evangelio también lo podemos responder cuando, armados del Evangelio, salimos cada día a enfrentarnos con circunstancias nuevas.

Y Mc Giver, después e que logra salir de su apuro, mira su navaja, quizá le da un beso, y dice: "¡Otra vez me ha salvado!" Algo parecido tendría que hacer el cristiano. El cristiano toma su navaja, toma su evangelio, se enfrenta con las circunstancias más difíciles, y le descubre más y más utilidades, más y más cosas.

Esto significa que nunca terminamos de entender el Evangelio; esto significa que sólo poniéndolo en práctica, que sólo, -esto suena rústico-, utilizándolo, logramos saber lo que es. Y esto significa también que la Iglesia no ha terminado de saber cuál es el Evangelio; lo termina de saber cuando el último de los justos sea evangelizado, cuando llegue a la patria del Cielo el último de los Bienaventurados.

Ahí, sólo ahí sabremos cuánto sucedió en la Pascua de Nuestro Salvador Jesucristo.



sábado, 23 de agosto de 2014

Et coneixes ?

El adulto que redescubre el niño interior aprende “lo que ha de tomarse en serio para reírse de lo demás” (Herman Hesse). 



Hace ya más de veinticinco siglos, Tales de Mileto afirmaba que la cosa más difícil del mundo es conocerse a uno mismo. Y en el templo de Delfos podía leerse aquella famosa inscripción socrática –gnosei seauton: conócete a ti mismo–, que recuerda una idea parecida. 

Conocerse bien a uno mismo representa un primer e importante paso para lograr ser artífice de la propia vida, y quizá por eso se ha planteado como un gran reto para el hombre a lo largo de los siglos. 

La observación de uno mismo permite separarse un poco de nuestra subjetividad, para así vernos con un poco de distancia, como hace el pintor de vez en cuando para observar cómo va quedando su obra. 

Observarse a sí mismo es como asomar la cabeza un poco por encima de lo que nos está ocurriendo, y así tener una mejor conciencia de cómo somos y qué nos pasa. Por ejemplo, es diferente estar fuertemente enfadado, sin más, a estarlo pero dándose uno cuenta de que lo está, es decir, teniendo una conciencia autorreflexiva que nos dice: «Ojo con lo que haces, que estás muy enfadado». 

Advertir cómo estamos emocionalmente 
es el primer paso 
hacia el gobierno de 
nuestros propios sentimientos. 

Comprender bien lo que nos pasa tiene un poderoso efecto sobre los sentimientos perturbadores que puedan invadirnos, y nos brinda la oportunidad de poner esfuerzo por sobreponernos y así no quedar abandonados a su merced. 

—Pero hay muchas personas que son conscientes de pasar por un estado emocional negativo, y sin embargo no logran salir de él. 

Las hay, sin duda. Son personas que suelen sentirse desbordadas por sus propios sentimientos, y se dan cuenta de que están pesimistas, malhumoradas, susceptibles o abatidas, pero se consideran incapaces de salir de ese estado. Son conscientes de su situación, pero de un modo vago, y precisamente su falta de perspectiva sobre esos sentimientos es lo que les hace sentirse abrumadas y perdidas. Piensan que no pueden gobernar su vida emocional y por eso no hacen casi nada eficaz por salir del agujero en que se encuentran. 

Hay otras personas que son algo más conscientes de lo que les sucede, pero su problema es que tienden a aceptar pasivamente esos sentimientos. Son proclives a estados de ánimo negativos, y se limitan a aceptarlos resignadamente, con una actitud rendida, de dejarse llevar por ellos, y no se esfuerzan por cambiarlos a pesar de lo molesto que les resulta sobrellevarlos. 

—¿Y piensas entonces que en realidad no son tan conscientes de lo que les sucede? 

Exacto. Las personas que perciben con verdadera claridad sus sentimientos suelen alcanzar una vida emocional más desarrollada. Son personas más autónomas, más seguras, más positivas; y cuando caen en un estado de ánimo negativo no le dan vueltas obsesivamente, ni lo aceptan de modo pasivo, sino que saben cómo afrontarlo y gracias a eso no tardan en salir de él. Su ecuanimidad en el conocimiento propio les ayuda mucho a abordar con acierto los problemas y gobernar con eficacia su vida afectiva. 



Observar el comportamiento propio y ajeno 

El conocimiento propio constituye un punto clave para la formación y educación del carácter y de los sentimientos de cualquier persona. Además, ese saber lo que realmente nos pasa y por qué nos pasa está muy relacionado con nuestra capacidad de comprender bien a los demás. En este sentido, es muy útil desarrollar la capacidad de observación del comportamiento propio y ajeno: la literatura o el cine, por ejemplo, pueden enseñar mucho también a conocerse a uno mismo y a los demás cuando los autores son buenos conocedores del espíritu humano y saben reflejar bien lo que sucede en el interior de las personas. 

—Pero fomentar tanto interés por el conocimiento propio, ¿no lleva al individualismo o la introversión? 

Como es natural, no estamos hablando de desarrollar un afán de malsana introspección psicológica, sino de procurar conocerse para no vivir con uno mismo como con un desconocido. 

Conocerse bien no lleva 
a encerrarse en la propia subjetividad, 
sino a verse a uno mismo 
con toda la objetividad posible. 

Y eso ayuda, entre otras cosas, a combatir la inestabilidad de ánimo que se produce cuando una persona se deja arrastrar por su imaginación: unas veces divagando en ensoñaciones y fantasías, otras tendiendo a sobrevalorar las propias posibilidades, y otras quedándose a merced del pesimismo o la indecisión, subestimando sus capacidades cuando las circunstancias son adversas. 

La conciencia emocional es muy intensa en unas personas, mientras que en otras es mucho más moderada. Hay personas, por ejemplo, que ante una situación de peligro reaccionan con asombrosa serenidad. Otras, en cambio, pueden quedarse muy afectadas durante varios días simplemente porque se les ha extraviado un bolígrafo o porque su equipo favorito ha perdido un partido en la liga de fútbol. 

—Lo dices como si experimentar sentimientos intensos fuera algo negativo. 

No tiene por qué serlo. El exceso de sensibilidad emocional puede llevarnos a auténticas tormentas afectivas (positivas o negativas, de exaltación o de abatimiento), y eso tiene muchos riesgos. Pero tampoco puede ponerse como ideal la frialdad y el desapego. 

Para facilitar el propio conocimiento, resulta útil analizar los múltiples elementos que interaccionan en nuestra vida, pues es lógico que, a lo largo de los años, algunas de esas facetas puedan pasar por momentos de conflicto más o menos importantes. Son situaciones dolorosas que pueden tener su origen en cuestiones profesionales (dificultades para obtener o mantener determinado nivel profesional, problemas de entendimiento con los jefes o compañeros, fracasos debidos a los propios fallos o a la superioridad de los competidores, situaciones de paro o de insatisfacción laboral, etc.); o dificultades de salud, que limitan de modo transitorio o permanente la propia capacidad, y que pueden ir acompañados de un serio sufrimiento físico o psíquico; problemas afectivos que plantea la convivencia ordinaria (diferencias de criterio entre los cónyuges, o entre padres e hijos, etc.); o toda la problemática específica que puede plantear la vida escolar, abrirse camino en la vida profesional, el declive de la salud o la llegada de la ancianidad; etc. 

Y de la misma forma que, por ejemplo, una falta concreta de salud, por muy localizada que esté en un punto determinado del cuerpo, acaba produciendo de ordinario una sensación generalizada de malestar en toda la persona, también un problema grave en cualquiera de las otras facetas de la vida –por ejemplo, en la vida profesional, o en la familia– puede producir un efecto que trascienda esa faceta y provoque otros problemas en cadena: trastornos de carácter, retraimiento o agresividad en la relación con los demás, o incluso –cuando los problemas son importantes– propensión a determinadas enfermedades. 

Esto hace que, si falta la necesaria madurez y conocimiento propio, algunos problemas de una faceta de la vida se acaben achacando a otra que en realidad no tiene la culpa, o al menos tiene muy poca. Así, una persona puede culpar a su cónyuge o a sus hijos o a sus padres de la frustración que siente, cuando en realidad ese sentimiento se debe sobre todo a una causa de tipo profesional, o a una simple inmadurez afectiva; o puede considerar que su situación profesional es el motivo por el que se siente insatisfecho, cuando en el fondo se debe a que no acepta la natural pérdida de capacidad o de salud que sobreviene con motivo de la edad o de los ciclos naturales de ánimo que la vida imprime; o puede achacar a determinados defectos de las personas con que convive lo que en realidad se debe a un enrarecimiento del propio carácter; etc. 

Las personas tendemos –al menos la mayoría– a proyectar fuera de nosotros la solución de los problemas que experimentamos. Solemos echar a otros la culpa de casi todo lo malo que nos sucede. Parte importante del conocimiento propio es advertir la presencia de ese sutil engaño. Es cierto que las circunstancias ajenas siempre pueden ayudarnos a resolver y superar nuestros problemas, pero no debemos dimitir –ni total ni parcialmente– del amplísimo margen de responsabilidad que tenemos sobre la mayoría de las cosas que nos suceden en la vida. 

Tampoco debe olvidarse que la pereza –con todo el lastre interior que puede llegar a tener en nuestra vida–, trata de llevarnos hacia la ley del mínimo esfuerzo. Por eso, cuando sentimos desgana para afrontar una tarea que nos resulta costosa, es preciso identificar claramente su origen y reconocerlo como lo que es: cansancio razonable que exige descanso, o pereza que hemos de superar; pero no interpretar equivocadamente la desgana como carencia de aptitudes, ni las dificultades ordinarias como acumulación de infortunios o de malévolas confabulaciones contra nosotros, pues sería una triste forma de autoengaño. 

—Pero a veces se presentan problemas que no tienen fácil solución. 

Es preciso entonces buscar posibles modos razonables de resolver esos problemas, al menos hasta donde nos sea posible. Habrá ocasiones, efectivamente, en que sólo podremos disminuir sus consecuencias negativas y aprender a sobrellevarlos: por ejemplo, en el caso de enfermedades crónicas, fuertes reveses económicos o profesionales cuya solución queda fuera de nuestro alcance, problemas serios de relación con personas que tenemos necesidad de tratar, etc. 

—¿Y cómo distinguir lo que debe sobrellevarse de lo que debemos intentar cambiar? 

Un profundo y certero conocimiento de uno mismo, contrastado por la observación atenta del propio comportamiento externo y de las reacciones interiores, enriquecido por el consejo de quienes nos conocen y aprecian, nos permitirá identificar el verdadero origen de las perturbaciones que inevitablemente experimentaremos siempre a lo largo de nuestra vida. 

Así avanzaremos a buen paso hacia la madurez emocional, tan lejana de esas altivas afirmaciones de algunos («yo sigo pensando exactamente lo mismo que he pensado siempre», como si la mejor prueba de lucidez fuera no cambiar jamás en nada de forma de pensar), e igualmente lejos de esa variabilidad de quienes cambian constantemente de ideales y olvidan sus convicciones como si fueran una ligera gripe que ya pasaron, o como si el transcurso de los años no les reportara ninguna enseñanza estable. 



Discernir los propios sentimientos 

El propio conocimiento es un proceso abierto, que no termina nunca, pues la vida es como una sinfonía siempre incompleta, que se está haciendo continuamente, que siempre es superable y exige por tanto una atención constante. 

El conocimiento propio 
es puerta de la verdad. 

Cuando falta, no se puede ser sincero con uno mismo, por mucho que se quiera. Querer ver qué es lo que nos sucede –y quererlo de verdad, con sinceridad plena– es el punto decisivo. Si eso falla, podemos vivir como envueltos por una niebla con la que quizá nuestra propia imaginación enmascara las realidades que nos molestan. 

Porque encontrar escapatorias cuando no se quiere mirar dentro de uno mismo es la cosa más fácil del mundo. Siempre existen causas exteriores a las que culpar, y por eso hace falta cierta valentía para aceptar que la culpa, o la responsabilidad, es quizá nuestra, o al menos una buena parte de ella. Esa valentía personal es imprescindible para avanzar con acierto en el camino de la verdad, aunque a veces se trate de un recorrido que puede hacerse muy cuesta arriba. 

No percibir con ecuanimidad 
los propios sentimientos 
supone fácilmente 
quedar a su merced. 

Hay sentimientos que fluyen de forma casi inconsciente, pero que no por eso dejan de ser importantes. Por ejemplo, una persona que ha tenido un encuentro desagradable puede luego permanecer irritable durante horas, sintiéndose molesto por el menor motivo y respondiendo de mala manera a la menor insinuación. Esa persona puede ser muy poco consciente de su susceptibilidad, e incluso sorprenderse –y molestarse de nuevo– si alguien se lo hace notar, aunque a los demás resulta bien patente que se debe a esos sentimientos que bullen en su interior como consecuencia de aquel encuentro desagradable anterior. 

Una buena parte de 
nuestra vida emocional 
tarda en aflorar a la superficie. 

Hay sentimientos que no siempre llegan a cruzar el umbral de la conciencia. Por eso reconocerlos nos permite desplazar la frontera y ampliar el campo de los sentimientos plenamente conscientes, y eso siempre supone un poderoso medio para mejorar. 

Una vez que tomamos conciencia de cuáles son los verdaderos sentimientos que pugnan por salir a la superficie de nuestra conciencia, podemos evaluarlos con mayor acierto, decidir dejar a un lado unos y alentar otros, y así actuar sobre nuestra visión de las cosas y nuestro estado de ánimo. En esto se manifiesta, entre otras cosas, que somos seres inteligentes. 

Quien se conoce bien, 
puede apoyarse en sus puntos fuertes 
para actuar sobre sus puntos débiles, 
y así corregirlos y mejorarlos. 

Es como una intensa luz que ilumina sus vidas y les permite desenvolverse con acierto a la hora de tomar decisiones, tanto las más sencillas de la vida diaria como las verdaderamente importantes. 

—¿Y en qué sentido hablabas antes de no querer ver? 

Hay muchas formas de eludir la realidad, y casi siempre se producen de modo semiinconsciente para su protagonista. 

Algunas personas, por ejemplo, se hacen a sí mismas razonamientos del estilo de «déjame disfrutar de eso, que luego ya veré lo que hago» (donde eso puede ser cualquier muestra de egoísmo, pereza o escape de la realidad). No parecen advertir hasta qué punto ese error va ganando terreno en sus vidas y oscureciendo el escaso alivio que eso les produce. 

Hay otros que se engañan con razonamientos como los del niño mimado que prefiere quedarse encerrado en su habitación, aburrido y solo, rumiando sus agravios y las razones de su enfado, aun sabiendo que lo mejor sería superar su orgullo y salir. Prefieren permanecer tristes en su desgracia, con tal de no enfrentarse a su propia obstinación. 

Otros son como aquél que persigue ansiosamente el placer, y va viendo cómo éste se hace cada día más pequeño, y sabe que por ese camino no obtendrá un grado de satisfacción alto, pero prefiere seguir tras ese pobre halago insaciable, porque le asusta verse privado de él. 

«Nuestro corazón –ha escrito Susanna Tamaro– es como la tierra, que tiene una parte en luz y otra en sombras. Descender para conocerlo bien es muy difícil, muy doloroso, pues siempre es arduo aceptar que una parte de nosotros está en la sombra. Además, contra ese doloroso descubrimiento se oponen en nuestro interior muchas defensas: el orgullo, la presunción de ser amos inapelables de nuestra vida, la convicción de que basta con la razón para arreglarlo todo. El orgullo es quizá el obstáculo más grande: por eso es preciso valentía y humildad para examinarse con hondura.» 



Saber expresar lo que sentimos 

«Las lágrimas se me amontonaban en los ojos –pensaba Ida, la protagonista de aquella novela de Mercedes Salisachs– y era difícil evitarlas. 

»Me reproché entonces mi falta de visión, aquel maldito silencio que siempre dominaba nuestras sobremesas, aquella obsesión de guardar siempre para nosotros nuestros pensamientos y preocupaciones. 

»Si al menos mi hija hubiera dejado entrever algo de lo que le ocurría... Si hubiese recurrido a mí para que yo la ayudase... Pero no. Callar, eso era lo que hacíamos todos. Cubrir con piel sana los furúnculos más purulentos. Es horrible, ahora comprendo que no conocía a mi hija.» 

Algunas personas han sido educadas de manera que suelen esconder habitualmente sus sentimientos. Sienten un excesivo pudor para expresar lo que realmente piensan o les preocupa, y se muestran reacias a manifestar emoción o afecto. Quizá desean hablar pero les frena una barrera de timidez, de envaramiento, de falso respeto, de orgullo. Es cierto que determinados sentimientos sólo se exteriorizan dentro de un cierto grado de intimidad, y requieren cierta reserva, pero silenciarlos siempre, o cubrirlos de aparente indiferencia, entorpece el desarrollo afectivo y conduce, entre otras cosas, a una importante merma de la capacidad de reconocer y expresar los propios sentimientos. 

Muchos desequilibrios emocionales tienen su origen en que esas personas no saben manifestar sus propios sentimientos, y eso les ha llevado a educarlos de manera deficiente. Cuando hablan de sí mismas, difícilmente logran decir algo distinto de si se sienten bien, mal o muy mal. Les resulta difícil hablar de esas cuestiones, y manejan un vocabulario emocional sumamente reducido. No es que no sientan, es que no logran discernir bien lo que bulle en su interior, ni saben cómo traducirlo en palabras. Ignoran el motivo de fondo de sus problemas. Perciben sus sentimientos como un desconcertante manojo de tensiones que les hace sentirse bien o mal, pero no logran explicar qué tipo de bien o de mal es el que sienten. 

Esa confusión emocional nos hace vislumbrar un poco la grandeza del poder del lenguaje, y comprender que cuando logramos expresar en palabras lo que sentimos, damos un gran paso hacia el gobierno de nuestros sentimientos. 



Reflexionar sobre los sentimientos 

Siempre se ha dicho que si no comprendes bien una cosa, lo mejor que puedes hacer es intentar empezar a explicarla. Por ejemplo, un profesor experimenta muchas veces la dificultad de hacer comprender a sus alumnos los puntos más complejos de la asignatura. Sin embargo, a medida que avanza el desarrollo de la clase, y se abordan una y otra vez esos conceptos desde perspectivas diferentes, las ideas se van precisando, surgen pequeñas o grandes iluminaciones, tanto para los alumnos como para el propio profesor. 

Por eso, una buena forma de avanzar en la educación de los sentimientos es pensar, leer y hablar sobre los sentimientos. Al hacerlo, nuestras ideas se van destilando, y serán cada vez más precisas y certeras. Y sabremos cada vez mejor qué sucede en nuestro interior, para después intentar explicarlo, buscar sus causas, sus leyes, sus regularidades, e intentar finalmente sacar alguna idea en limpio para mejorar en nuestra educación afectiva. 

Los temas pueden ser muy variados. Antes hemos hablado, por ejemplo, de cómo las personas tendemos a echar a otros la culpa de todo lo malo que nos sucede, y de esa otra tendencia a proyectar en los demás nuestros propios defectos. 

En ambos casos, se trata de fenómenos que, como suele suceder con todo lo relativo al conocimiento de las personas, se advierten con más facilidad en otros que en uno mismo. No es difícil, por ejemplo, ver a una persona muy egoísta que se lamenta del egoísmo de los demás y dice que nadie le ayuda; o a uno que siempre se está quejando, pero siempre protesta de que otros se quejen; o a un charlatán agotador que acusa a otro de que habla demasiado; o a un hombre irascible que denuncia el mal genio de los demás. 

Con sólo prevenirnos contra estos dos errores –en el fondo muy parecidos–, podemos avanzar mucho en esa importante tarea que es el propio conocimiento. Se trata de procurar ver las cosas buenas de los demás, que siempre las hay, y aprender de ellas. Y cuando veamos sus defectos (o algo que nos parece a nosotros que lo son), pensar si no hay esos mismos defectos también en nuestra vida. 

Mejoraremos procurando conocer 
cuáles son 
nuestros defectos dominantes. 

Para concretar un poco, podemos considerar algunos defectos relacionados con la educación de los sentimientos: 

timidez, temor a las relaciones sociales, apocamiento;

irascibilidad, susceptibilidad, tendencia exagerada a sentirse ofendido;

tendencia a rumiar en exceso las preocupaciones, refugiarse en la soledad o en una excesiva reserva;

perfeccionismo, rigidez, insatisfacción;

falta de capacidad de dar y recibir afecto;

nerviosismo, impulsividad, desconfianza;

pesimismo, tristeza, mal humor;

recurso a la simulación, la mentira o el engaño;

gusto por incordiar, fastidiar o llevar la contraria; tozudez;

exceso de autoindulgencia ante nuestros errores; dificultad para controlarse en la comida, bebida, tabaco, etc.;

tendencia a refugiarse en la ensoñación o la fantasía; dificultad para fijar la atención o concentrarse;

excesiva tendencia a requerir la atención de los demás; dependencia emocional;

hablar demasiado, presumir, exagerar, fanfarronear, escuchar poco;

resistencia a aceptar las exigencias ordinarias de la autoridad;

tendencia al capricho, las manías o la extravagancia;

resistencia para aceptar la propia culpa, o sentimientos obsesivos de culpabilidad;

falta de resistencia a la decepción que conlleva el ordinario acontecer de la vida; no saber perder o no saber anar;

dificultad para comprender a los demás y hacernos comprender por ellos;

dificultad para trabajar en equipo y armonizarse con los demás.

viernes, 22 de agosto de 2014

Sólo un maestro

Text de l'Evangeli (Mt 23,1-12): En aquell temps, Jesús digué a la gent i als deixebles: «Els mestres de la Llei i els fariseus s'han assegut a la càtedra de Moisès. Feu i observeu tot el que us diguin, però no actueu com ells, perquè diuen i no fan. Preparen càrregues pesades i insuportables i les posen a les espatlles dels altres, però ells no volen ni moure-les amb el dit. En tot actuen per fer-se veure de la gent: s'eixamplen les filactèries i s'allarguen les borles del mantell; els agrada d'ocupar el primer lloc als banquets i els primers seients a les sinagogues, i que la gent els saludi a les places i els doni el títol de “rabí”, o sigui “mestre”. 

»Però vosaltres no us feu dir “rabí”, perquè de mestre només en teniu un, i tots vosaltres sou germans; ni doneu a ningú el nom de “pare” aquí a la terra, perquè de pare només en teniu un, que és el del cel; ni us feu dir “guies”, perquè de guia només en teniu un, que és el Crist. El més important d'entre vosaltres, que es faci el vostre servidor. El qui s'enalteixi serà humiliat, però el qui s'humiliï serà enaltit».
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El grave problema con aquellos fariseos denunciados tan duramente por Nuestro Señor Jesucristo, es que le quitan la gloria a Dios y viven pendientes de la gloria que les pueden tributar los hombres.

La primera lectura nos ha hablado de la gloria de Dios, de esa manero poética, impresionante, de tono apocalíptico qu suele tener Ezequiel, cuando se refiere a la presencia de Dios: "La gloria del Señor llenó el templo, y una palabra impresionante se dejó oír: "Éste es el sitio de mi trono, el sitio de las plantas de mis pies, donde voy a residir para siempre en medio de los hijos de Israel" Ezequiel 43,7.

Si nosotros tomamos estas palabras de la profecía de Ezequiel y las queremos aplicar, por decirlo así, a la letra, encontramos dificultad, porque ése templo se vio privado de la gloria de Dios, y en cierto modo contra ése templo habló Jesucristo, cuando mostró que esa casa se iba a quedar vacía.

Y ése fue el templo del que anunció el Señor que iba a ser derrumbado hasta que no quedara piedra sobre piedra.

Osea que estas palabras de Ezequiel deben tener un sentido más profundo, un sentido diferente que resulte compatible con el verdadero Templo, que es el Cuerpo de Cristo, en donde habita verdaderamente la gloria de Dios.

Porque el Evangelista Juan, cuando aquellas palabras de Cristo: "Destruid este templo" San Juan 2,19, en esa ocasión el Evangelista Juan dice: "Estaba hablando del Templo de su propio Cuerpo" San Juan 2,21.

Hemos sido convocados, pues, a una vida gloriosa, a que nuestra vida sea templo y a que nuestras obras sean tales, que quien nos conozca pueda saber algo de Dios, y quien nos ame pueda elevarse hacia el amor divino. Que la humilde gloria de este alimento acompañe nuestros pasos en esta tierra, y nos conduzca un día a la contemplación del Cielo.

De manera que debemos interpretar estas palabras dentro de su contexto, y ver que toda esa economía, toda esa distribución de gracia, de amor y de providencia que tenía que ver con el templo, todo eso pasó al Cuerpo de Jesucristo, que es el verdadero Templo en donde reside la gloria de Dios. Esa es una manera de interpretar esto.

Pero hay otra manera. Resulta que Dios dice que ese es el lugar de su gloria, y dice que ese es el lugar donde Él reside. Estas dos expresiones, Ezequiel las refiere al Templo de Jerusalén. Pero nosotros podemos también entenderlas desde este otro modo: allí donde verdaderamente reside Dios, allí donde habita Dios, allí es donde está su gloria.

Dicho de otra manera: cuando Dios habita dentro de nosotros, entonces el esplendor de la gloria de Dios, que no es otra cosa sino la manifestación de esa presencia, pues compaña también lo que nosotros somos, lo que nosotros decimos, lo que nosotros hacemos y pensamos.

Y así, esta primera lectura se convierte en una invitación a llevar una vida digna de la gloria de Dios; llevar una vida, podríamos decir, una vida gloriosa, no por una especie de esfuerzo imitativo nuestro, sino por una lógica consecuencia de la presencia de Dios en nosotros.

Dicho de otra manera, el aplicar esta lectura a nosotros, recordando lo que nos dice San Pablo, que "nosotros somos templo del Espíritu"1 Corintios 3,16, nos invite a llevar una vida gloriosa.

Y yo quiero terminar haciendo alguna alusión a lo que puede significar esa vida gloriosa. De ella nos habló Cristo. Dijo que, "fueran tales nuestras obras, que, la gente al verlas, diera gloria a Dios" San Mateo 5,16. Esa es una vida gloriosa, una vida impregnada de la gloria de Dios.

¿En qué consiste esa vida? Pues las lecturas de hoy nos pueden ayudar para descubrir qué es esa vida, en qué consiste esa vida gloriosa. Por oposición a los fariseos, es como un deseo continuo de que Dios sea conocido y de que Dios sea amado. No es tanto el deseo de que no me conozcan a mí, sino el deseo de que sí conozca Dios; no es tanto el deseo de que no me amen a mí, sino el deseo de que amen a Dios.

Pero este deseo de que amen a Dios, pues de alguna manera me lleva a mí mismo a desaparecer, y es lo que nos dice Cristo: "El que se humilla será enaltecido" San Juan 18,14, y también advierte: "El que se enaltece será humillado" San Juan 18,14.

Hemos sido convocados, pues, a una vida gloriosa, a que nuestra vida sea templo y a que nuestras obras sean tales, que quien nos conozca pueda saber algo de dios, y quien nos ame pueda elevarse hacia el amor divino.

Recibiendo nosotros el Alimento Eucarístico, somos habitados por Dios. Que la humilde gloria de ese alimento, acompañe nuestros pasos en este tierra, y nos conduzca un día a la contemplación del Cielo.

@fraynelson

miércoles, 20 de agosto de 2014

Corazón de piedra


Les invito a que hagamos juntos una reflexión en torno a la primera lectura de hoy. Es el Profeta Ezequiel, quien vuelve sobre un tema que considero de muy grande importancia.

Ya había aparecido hace unos días el tema de la Nueva Alianza. Y la Nueva Alianza, lo mismo en Jeremías que en Ezequiel, está relacionada con una transformación en el corazón. Pero ante todo, recordemos qué significaba corazón para estos antiguos semitas. ¿Qué era el corazón? ¿A qué se refería la palabra corazón?

Nosotros solemos relacionar el corazón con el mundo de los sentimientos. El corazón es para nosotros el lugar donde se da el cariño, donde se da el odio, o donde se da la indiferencia. Y con estas palabras, nos estamos refiriendo sobre todo a sentimientos.

Para los semitas, el corazón no tenía que ver solamente con sentimiento. El corazón es el recinto más íntimo de una persona, es como el lugar donde ella está verdaderamente a solas, a solas consigo misma, a solas con su propio destino, a solas con Dios.

El corazón es el lugar donde se toman las decisiones. El corazón es como esa privacidad última, allí donde finalmente yo puedo sustraerme de todas las otras voces, y donde yo descubro, -si quiero, por lo menos-, mi propia verdad. Ese es el corazón, ese es el sentido del corazón.

Por eso en la Biblia, el corazón aparece relacionado no solamente con sentimientos, o no solamente con emociones o pasiones, sino también con los pensamientos, allá, los pensamientos del corazón. Aparece relacionado con la conciencia, con las decisiones y también con la oración. Porque es como hablar de lo más profundo y es como hablar de lo más íntimo de la persona, allí donde ella es simplemente ella misma.

Y Jeremías nos había dicho hace unos días, que Dios anunciaba una Nueva Alianza. La diferencia más notable entre la Nueva Alianza y la Antigua Alianza, es que ahora la Ley va a estar escrita, no en piedra, afuera, sino que va a estar escrita en el corazón. Así hablaba Dios por medio de Jeremías.

La misma idea es la que encontramos ahora con el Profeta Ezequiel, pero con un elemento más. Se trata de un corazón nuevo. Ya no es que viene una palabra nueva al corazón, sino se trata de un nuevo corazón: "Arranqué de ustedes el corazón de piedra" Ezequiel 36,26.

¿A qué se refiere el corazón de piedra? No es un asunto solamente de sentimientos, pues no es simplemente hablar de: "Ustedes son muy duros". Aquí no se trata de la dureza de la gente; por ejemplo, que les falta compadecerse unos de otros.

Eso puede estar implícito, pero muy probablemente, el corazón de piedra es sobre todo el corazón que rechaza la voz, es el corazón que no tiene dónde recibir una palabra, es el corazón que hace eco, es el corazón que devuelve lo que tú le envías pero no lo acepta, es el corazón que no recibe.

Ese es el corazón de piedra. Y es el contraste grande entre la carne y la piedra. El corazón de piedra no recibe. La carne, en cambio, recibe, incluso recibe el dolor de un golpe, tal vez; recibe el dolor de una enfermedad, recibe el lamento de una lágrima. Dios promete no solamente como en Jeremías, que va a escribir una ley en nuestro corazón, sino que nos va a dar un corazón así, un corazón de carne, un corazón que pueda recibir.

Es muy interesante que la Biblia hace un gran elogio del rey Salomón, como seguramente recordamos. Y quizás recordamos también, cuál fue la oración que hizo Salomón cuando Dios se le apareció y le dijo: "¿Qué quieres que te conceda?" 1 Reyes 3,5. Lo que respondió Salomón fue: "Un corazón que sepa escuchar, un corazón que pueda recibir" 1 Reyes 3,9.

En el recuerdo de muchos de nosotros, la idea que hay, es que él pidió sabiduría. ¡Sí! En el fondo estaba pidiendo sabiduría. Pero es interesante la manera como la pide. Lo que él pidió fue, "un corazón que sepa escuchar" 1 Reyes 3,9; es decir, un corazón que no rebote las palabras.

Él no quería tener un corazón impermeable, un corazón de muralla; quería tener un corazón que pudiera escuchar, y esa petición fue sumamente grata a Dios, como recordamos por la historia de Salomón.

Pues lo mismo es lo que se nos está diciendo aquí. Se quiere un corazón que sepa escuchar, un corazón que pueda recibir, un corazón que no esté metido en su proyecto, en su idea. Porque tener un corazón de piedra es éso, es estar metido únicamente en mis intereses, en mis ideas, en mis placeres, en mis gustos, en mi filosofía, en mi prestigio, en mis ídolos.

Es volverse impermeable, es no recibir: "No quiero que nadie me hable, porque llevo ya mi ruta". Ese es un corazón de piedra. Seguramente, eso va unido con una gran dureza de sentimiento. Pero el aspecto principal del corazón de piedra, es que es un corazón incapaz de escuchar, es un corazón que solamente se oye a sí mismo y que sólo sigue sus propias metas.

Entonces, hermanos, ¿a qué consideraciones podemos llegar si pensamos en lo que es nuestro mundo? ¿Qué es nuestro mundo hoy, hermanos? ¿No será que este mundo es precisamente éso? ¿Lleno, repleto, colmado de corazones de piedra? ¿Gente que simplemente va detrás de su objetivo, detrás de su proyecto, caiga quien caiga, muera el que muera?

"Voy detrás de mis ganancias, voy detrás de mi imperio, voy detrás del poder que busco, voy detrás de la aprobación de tal o de cual ley, caiga quien caiga, hágase lo que se haga". Ese es un corazón de piedra.

Y a veces, como que nos educan para tener un corazón de piedra. Porque lo que nos dicen precisamente es éso: "¡No! ¡Mira! Tú, céntrate en tus objetivos, tú, persigue tus metas, tú, persigue lo que tú quieras".

Nos enseñan, nos meten en la cabeza éso, que tenemos que estar solamente concentrados en nuestras propias metas y objetivos, y que lo demás no debe importarnos. Ese es un corazón de piedra.

Pero la Nueva Alianza, la que anunció Jeremías y que hoy anuncia nuevamente Ezequiel, esa Nueva Alianza, es la alianza con el corazón de carne, el corazón que es capaz de sentir y es capaz de recibir, es capaz de escuchar, es capaz de entender. Para eso necesitamos un espíritu nuevo.

¡Que venga a nosotros ese espíritu nuevo! El mundo necesita muchísimas cosas. Necesitamos cuidar el medio ambiente, necesitamos que no se mueran las focas, necesitamos que los pingüinos no se extingan, necesitamos que las ballenas puedan danzar y puedan nadar en todos los mares, necesitamos que la capa de ozono no se acabe.

¡Sí! Necesitamos todo eso. Pero necesitamos, primero y más que todas esas cosas, corazones que puedan recibir, que puedan acoger, que sepan salirse de su ruta para darse cuenta del hermano que sufre, que sepan levantar la mirada y descubrir el Cielo eterno que nos está esperando.

@fraynelson

San Bernardo

Amo porque amo, amo por amar

San Bernardo, abad
Sermón sobre el libro del Cantar de los cantares (Sermón 83,4-6: Opera omnia, edición cisterciense, 2 [1958], 300-302)
El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo por amar. Gran cosa es el amor, con tal de que recurra a su principio y origen, con tal de que vuelva siempre a su fuente y sea una continua emanación de la misma. Entre todas las mociones, sentimientos y afectos del alma, el amor es lo único con que la criatura puede corresponder a su Creador, aunque en un grado muy inferior, lo único con que puede restituirle algo semejante a lo que él le da. En efecto, cuando Dios ama, lo único que quiere es ser amado: si él ama, es para que nosotros lo amemos a él, sabiendo que el amor mismo hace felices a los que se aman entre sí. 
El amor del Esposo, mejor dicho, el Esposo que es amor, sólo quiere a cambio amor y fidelidad. No se resista, pues, la amada en corresponder a su amor. ¿Puede la esposa dejar de amar, tratándose además de la esposa del Amor en persona? ¿Puede no ser amado el que es el Amor por esencia? 
Con razón renuncia a cualquier otro afecto y se entrega de un modo total y exclusivo al amor el alma consciente de que la manera de responder al amor es amar ella a su vez. Porque, aunque se vuelque toda ella en el amor, ¿qué es ello en comparación con el manantial perenne de este amor? No manan con la misma abundancia el que ama y el que es el Amor por esencia, el alma y el Verbo, la esposa y el Esposo, el Creador y la criatura; hay la misma disparidad entre ellos que entre el sediento y la fuente. 
Según esto, ¿no tendrá ningún valor ni eficacia el deseo nupcial, el anhelo del que suspira, el ardor del que ama, la seguridad del que confía, por el hecho de que no puede correr a la par con un gigante, de que no puede competir en dulzura con la miel, en mansedumbre con el cordero, en blancura con el lirio, en claridad con el sol, en amor con aquel que es el amor mismo? De ninguna manera. Porque, aunque la criatura, por ser inferior, ama menos, con todo, si ama con todo su ser, nada falta a su amor, porque pone en juego toda su facultad de amar. Por ello, este amor total equivale a las bodas místicas, porque es imposible que el que así ama sea poco amado, y en esta doble correspondencia de amor consiste el auténtico y perfecto matrimonio. Siempre en el caso de que se tenga por cierto que el Verbo es el primero en amar al alma, y que la ama con mayor intensidad.

lunes, 18 de agosto de 2014

Se recibe nomse gana

    La pregunta de los apóstoles -Entonces, ¿quién puede salvarse?- tiene una única respuesta: «Nadie». Jesús lo dice con otras palabras: Para los hombres es imposible.

    El moralismo de nuestro siglo nos ha hecho creer, como al joven rico, que obtendremos la vida eterna «haciendo cosas buenas». No es cierto. Como tampoco lo es el que al Cielo vayan los buenos, y al Infierno los malos.

    La «bondad moral» no puede merecer vida eterna, porque la vida eterna pertenece al misterio de Dios, el cual no puede ser «comprado» ni merecido con buenas obras. Tampoco pueden todas las buenas obras reparar un solo pecado mortal, que constituye una ofensa a la majestad infinita de Dios.

    Al Cielo no van los buenos, sino los santos, y santo sólo es Dios y aquél a quien Dios santifica, es decir, consagra. Por tanto, la salvación del hombre es un milagro que la criatura sólo puede implorar. Se acerca uno más al Cielo recibiendo la absolución o la comunión que practicando miles de obras fuera de la gracia divina.

    En definitiva: el Cielo no se gana, se recibe. Para «ganar» hay que ser rico. Para «recibir» hay que ser pobre. Quizá así se entienda mejor.

Yo creo en los milagros


Yo creo en los milagros
Podemos estar rodeados de verdaderos milagros pero no nos damos ni cuenta de la mayoría de ellos...
 
Yo creo en los milagros


No sé cuántos de mis lectores crean aún en los milagros. Espero que sean la mayoría. Aún recuerdo la definición que me dieron de milagro cuando comenzaba a estudiar Teología: milagro es un prodigio religioso (espacio-temporal-visible) que expresa en el orden cósmico una especial intervención gratuita de la potencia y del amor de Dios, que dirige a los hombres un signo de la presencia ininterrumpida en el mundo de su palabra de salvación. Antes de conocer esa definición yo ya creía en los milagros; y después de conocerla, creo más aún y estoy seguro de que se dan muchos más de los suele pensarse o imaginarse. 

Lo normal cuando se habla de milagros, es que le vengan a uno a la mente hechos como el que un ciego recupere la vista, o un leproso quede limpio de su mal, o un muerto resucite. Pero entiendo que restringir sólo a ese tipo de acontecimientos las intervenciones gratuitas de Dios y los signos de su presencia, de su potencia y de su amor, sería algo injusto. Porque Dios no para de enviar a los hombres signos de su permanencia en el mundo y entre nosotros. Sí, también hoy Dios sigue obrando innumerables prodigios. Lo que ocurre es que no nos damos ni cuenta de la mayoría de ellos. Podemos estar (y de hecho lo estamos muchas veces) rodeados de verdaderos milagros sin percatarnos de ello. 

De vez en cuando los periódicos y los medios de comunicación nos dan la agradable sorpresa de hacerse eco de algunos de estos prodigios. Suele tratarse de hechos extraordinarios, inesperados, sensacionales. De esos que tanto ansían encontrar los periodistas, pero que, curiosamente, rara vez se atreverán a llamar milagros. 

No hace mucho, aquí en Italia, uno de los principales diarios del país recogía la noticia de que una rica señora, dueña de varios hoteles y grandes propiedades en Roma, había entrado a la edad de 61 años en el convento de las carmelitas en Belén (Tierra Santa). Y en otro periódico, esta vez de España, contaban cómo no era cosa de todos los días que un Oficial de la Marina Mercante, Inspector Jefe del Cuerpo Superior de Policía, juez por oposición, doctor en Derecho Civil y en Derecho Canónico, profesor de la Universidad Pontificia Comillas, Magistrado especialista del Tribunal Superior de Justicia de Madrid y licenciado en Estudios Eclesiásticos, haya sido ordenado sacerdote. 

No, ciertamente no parece que ninguno de esos dos acontecimientos sea cosa de todos los días. Pero los protagonistas de ambos son sólo una mínima parte de los miles y miles de hombres y mujeres que en el mundo hoy día siguen cada año dejándolo todo para consagrarse a Dios en el sacerdocio o en la vida religiosa. Son sólo dos de los muchos brotes producidos por esa copiosa lluvia de intervenciones de Dios que con su potencia y amor continúa refrescando el barro partido de nuestro planeta, haciendo despuntar en él montones de almas que se entregan totalmente a su servicio y al de los demás. Y es indudable que cada una de ellas es un verdadero prodigio del amor de Dios, único capaz de arrancar tanto amor y de tantas almas que por Él son capaces de todo. Cada una es un auténtico signo visible de la presencia de Dios en este mundo que da la fuerte impresión de querer prescindir tanto de Él. 

Creo que nunca dejaré de maravillarme lo suficiente ante la generosidad de quien encontrándose con Cristo y mirándole a los ojos, se deja conquistar por su amor y se le rinde. Eso para mí es y será siempre un milagro. No importa que ese alguien haya sido rico o pobre, letrado o ignorante, famoso o desconocido. Cada vez que en la tierra se repite ese misterio de llamada y respuesta, ese intercambio de amor entre Dios y el hombre, vuelvo a experimentar la necesidad de proclamar convencido que yo creo en los milagros. 
Marcelino de Andrés



domingo, 17 de agosto de 2014

.....así hayamos llevado vida de perros.



Queridos Hermanos:

Los Santos Evangelios nos han acostumbrado a la figura de Jesús lleno de bondad, de mansedumbre, de compasión, de paciencia, de generosidad.

Este evangelio parece contradecir algunos o todos esos adjetivos, podemos considerar bueno y bondadoso, manso y generoso a ese Cristo que tanto tarda en atender la súplica de la mujer que le suplica y que luego la atiende como tan duramente.

Es ese el mismo Jesús que en otras oportunidades ha llegado decir “se me conmueven las entrañas por este pueblo” es este mismo Jesús que multiplica los panes en este versículo.

Hoy Jesús proclamaba la buena noticia del Reino de Dios y curaba toda clase de enfermedades en el pueblo. Si había venido a curar, a sanar, a aliviar ¿por qué esa indiferencia ante un dolor tan manifiesto?

Si podía hacerlo ¿por qué no lo hizo desde el principio? ¿Por qué dejó que ella rogara tanto, que se humillara tanto? ¿Por qué ella tuvo que arrancarle ese milagro casi como de mala gana a Cristo?

Estas preguntas o semejantes se las han hecho muchos cristianos, porque ciertamente, este evangelio como que contradice la imagen mas conocida, la faceta mas amable de Cristo Jesús.

Bien, aceptemos entonces que ahí queda una respuesta y yo voy a la frase que dijimos en el aleluya: “Jesús curaba toda clase de enfermedades en el pueblo” San Mateo 9,35. Yo no quiero simplemente dar una respuesta a las preguntas que he planteado hace un momento, y por eso permitidme, hermanos, recordar aquel otro pasaje del Evangelio.

Me refiero a ese momento en el que Jesús está rodeado de gente y traen a un paralítico, pero hay tanta multitud, que tienen que abrir un hueco en el techo y descolgar al paralítico frente a Jesús.

Cuando va bajando la camilla delante de Él y finalmente queda el enfermo frente a Jesús, Jesús dice una palabra desconcertante, quizá no menos desconcertante que la actitud que nos presenta el evangelio de hoy, Jesús le dice a este hombre paralítico y postrado: “Ten confianza, hijo, tus pecados son perdonados” San Mateo 9,2.

Uno que está viendo la parálisis de ese hombre, de pronto podría pensar que, ¡hombre que importa si ha pecado o no ha pecado! ¿no ves que es un paralítico? Un paralítico y se pone a perdonarle los pecados.

Si así le hablara alguien a Jesús, Jesús le respondería: “Es que la primera parálisis que tiene este hombre es la parálisis de un corazón que no puede creer, es la parálisis de un corazón que ya no sabe esperar, es la parálisis de un alma que ya no alcanza a amar".

Y así como cuando llega un paciente gravemente herido por un accidente y llega a urgencias en el hospital, los médicos se concentran primero en lo más grave, supongamos una persona que por ejemplo tenía una gripe muy fuerte y lo atropella un camión, y ahí está echando sangre por los cuatro costados.

¿Ustedes qué pensarían de que llega este hombre chorreando sangre a urgencias y un médico le dice: "A ver, denle un "Dristán" para la gripe, porque esa gripe lo tiene vaciado".

Nosotros le diríamos: “¡Médico inepto! este señor se está muriendo, primero cúrelo del desangre, primero logremos sanar la conmoción, el shock nervioso, el paro cardíaco y luego veremos si tenía o no tenía gripe".

Pues así llegó Cristo también con el paralítico aquel, cuando le presentan el paralítico los demás, que no eran ni médicos ni enfermeros sino malos teguas, y esos somos nosotros, trataban de curar lo que más se veía, su parálisis física.

Jesús ve más, tal vez esa es la primera enseñanza más grande en este domingo, en un momento en esta parroquia yo veía que utilizaban carteles, carteles grandes con la respuesta del Salmo o con otras cosas.

Si yo tuviera que hacer un cartel para motivar a cada uno de ustedes para este evangelio, yo haría un cartel gigantesco, bueno, que no alcance a tapar a la Virgen de Chiquinquirá, con un cartel bien grandote que dijera: “Jesús ve más, Él sí ve dónde están los problemas”.

Por consiguiente, lo que hizo Jesús con este paralítico fue ir ahí donde estaba más grave la enfermedad, ahí nadie ve; y lo que hace Jesús con esta mujer es ir ahí donde es más grave la enfermedad, así nosotros no lo entendamos en el primer momento, porque el versículo del aleluya así lo dice: “Jesús curaba toda clase de enfermedades” San Mateo 9,35.

No simplemente la clase de enfermedades que nosotros alcanzamos a ver; “curaba toda clase de enfermedades” San Mateo 9,35.

Con este presupuesto, seguramente podremos entender mejor, y, sobre todo, agradecer el evangelio de hoy. ¿Esta mujer quién era? Una cananea, cananea significa de Canán, ese era el nombre que tenía la tierra de Jesús, antes de que llegaran los israelitas después de volver de Egipto.

Una cananea, porque la región de los cananeos era idólatra y si hay una tierra donde haya abundado la brujería es Canán, por consiguiente, esta mujer cuando se acerca a Jesús, estaba atravesada de dolor por el problema de la hija.

¿Pero cuál es la imagen de Jesús que ella tiene? ¿Qué es lo que ella busca en Jesús? Ella mira a Jesús como un hombre que tiene poderes extraordinarios, ella busca a Jesús como buscaría a un brujo, busca a alguien que tiene poderes.

Desde luego que tenía un problema gravísimo, que era una hija muy enferma y eso lo podía ver todo el mundo, pero el estado de esta mujer no lo podía ver todo el mundo, porque sólo Jesús ve mas, sólo Jesús sabía el estado de ese corazón.

La actitud de Jesucristo, su no responderle, aplazar la respuesta y luego hablarle de los niños y los perros, ese lenguaje aparentemente duro y cortante, ¿qué está haciendo? Que ella no busque a Cristo como un brujo. Mire la palabra que le dice Jesús: “Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel” San Mateo 15,24.

Esta mujer no pertenecía al pueblo de Israel, era una idólatra y buscaba a Jesús como un brujo, Jesús le habla de tal manera que ella entienda; que más allá del problema del demonio que tiene la hija, que ella misma no ha hecho sino servir al demonio con sus brujerías, porque hay que saber que toda idolatría y superstición, así se venda en la puerta de esta iglesia o al frente pasando la calle, toda idolatría termina siendo un servicio al demonio.

De manera que esta señora venía muy afanada, porque veía muy grave la situación de endemoniada de su hija y Jesús veía la cosa más grave; su hija estaría poseída por el demonio, "pero tú no tienes ni los rudimentos, ni el principio, ni la raíz de la fe que te puede salvar".

Y mientras Jesús le hablaba así con dureza exteriormente, con la gracia de su Espíritu, interiormente la movía, porque esta cualidad tiene la Palabra de Dios, tiene esa capacidad de golpear nuestros oídos y al mismo tiempo quebrantar nuestro corazón.

Y por eso usted sabe que cuando yo hablo de idolatrías y de las tiendas que están al otro lado de esta iglesia, usted siente que su corazón se le acelera, porque probablemente usted lo mismo que esta mujer, ha estado buscando a Jesús como un brujo.

Pues usted ha de saber, que el que busca a Cristo Jesús como un brujo, el que entra donde el indio amazónico, donde María Alonsa, donde el negro Felipe, donde la mano milagrosa, el que entra a esos locales que tienen imágenes de la Virgen y al lado tienen imágenes repugnantes de poderes obscuros, usted tiene que saber que si usted se acerca a esos lugares y le ha puesto su fe a esos colores, usted lo único que necesita es una respuesta dura y cortante como esta de Cristo.

Usted necesita escuchar en esta tarde la frase del Señor: “yo he sido enviado solamente para las ovejas perdidas de la casa de Israel”Categoría:Mateo 015_024, perdidas sí, pero ovejas; y por eso este es el día para preguntarnos, no solamente si hemos llevado una vida perdida, sino sobre todo, si somos o no somos ovejas del rebaño de Cristo.

De manera que Cristo habla a esta mujer provocándola a la fe, llamándola a la fe, y lo logró; porque Cristo cura toda clase de enfermedad, lo logró, ¿cómo lo logró? “No está bien tirar el pan de los niños a los perros” San Mateo 15,26.

Si esa palabra te parece dura, ve y mira cómo están los santuarios idólatras, mira cuánta gente tira su fe por buscar un cuarzo, mira cuánta gente puede mezclar un Rosario con un agua de colorines o con unas oraciones raras a Gregorio Hernández para que le haga una operación; pero hay que saber que el que hace ese tipo de revueltos, debe escuchar que ha renunciado a la mesa de los hijos y que ha vuelto a la mesa de los perros.

Pues Cristo le dice semejante frase y con esta frase le estaba moviendo el corazón hacia la fe, porque la respuesta de ella es inspirada por Dios: “así es, Señor, pero los perros también comen de las migajas que caen de la mesa de los señores” San Mateo 15,27.

“las migajas” San Mateo 15,27. Esta mujer descubre, efectivamente, su propia condición de alejada de Dios, descubre que ha sido idólatra, pero descubre que hay una clase de pan que también come el perrito; es decir, que todavía queda algo en común entre el niño que se sienta a la mesa y el perrito que ronda a esa mesa.

Y así, lo que logró Cristo con su actitud, con su aparente dureza y con este diálogo tan cortado, lo que logró Cristo fue que esta mujer empezara a creer y comiera del mismo pan de los hijos y dejara de comer del pan de los perros; le respondió Jesús: “¡Mujer, qué grande es tu fe!” San Mateo 15,28.

Ahora es grande tu fe porque ahora sí comes el pan de los hijos, lo recibes como migajas, pero es el mismo pan; lo mismo que Dios ha prometido a Israel, hoy te lo promete a ti, porque hay que saber que en esa cananea estamos representados todos nosotros, los pueblos que no somos judíos por nacimiento, sino que hemos sido injertados con el árbol del judaísmo.

“¡Mujer, que grande es tu fe!” San Mateo 15,28. Así esta mujer había pedido un milagro, la sanación de su hija y Cristo le concedió dos milagros, la sanación de la niña, que ella quería, pero sobre todo, la sanación del corazón y la capacidad de creer en Jesús, no buscando en Él simplemente un poder, no simplemente un brujo.

Lo grande de esta mujer es que no buscara algo sino que encontrara a alguien, a un Dios que la ama, que se preocupa por ella, que la salva.

Ven hoy, Señor Jesucristo, ven a tu pueblo católico que está amenazado por tantas idolatrías. Ven, Señor, te pido con lo mejor de mi alma que tú inspiras, ven y enséñanos a comer el pan de los hijos, así hayamos llevado vida de perritos.

Ven Señor Jesucristo y restaura la fe en esta cananea, que es la Iglesia, nacida de la fertilidad; ven, Cristo Jesús, y enséñanos a creer con fe viva, con fe fuerte, con fe firme en ti, el único Salvador.

Amén.

@fraynelson

sábado, 16 de agosto de 2014

El miedo a la libertad







Crida l'atenció la gran quantitat de "coartades" que manipulen el desig [...] i ofereixen, a canvi, una pau aparent. [...] Gola, luxúria, avarícia, ira, enveja, tristesa, mandra, vanaglòria, supèrbia.....


 La educación es el gran desafío al que nos enfrentamos todos en la actualidad. No es casual que se hable de “emergencia educativa”.
 Educar siempre ha sido decisivo para introducir en la vida a las nuevas generaciones. ¿Qué tiene de particular la situación actual si la comparamos con el pasado? ¿Por qué hoy se habla en términos tan dramáticos de “emergencia educativa”? Sólo si respondemos a estas preguntas podremos comprender el alcance de la contribución que ha ofrecido a este problema el papa Francisco, ya desde que era arzobispo de Buenos Aires. ¿En qué consiste el desafío? En un artículo publicado en la Repubblica hace algunos años sobre la generación de jóvenes de hoy, titulado «Los eternos adolescentes», Pietro Citati escribía: «En otros tiempos uno se convertía en adulto muy pronto. Hoy día existe una continua carrera hacia la inmadurez. Antaño un chico maduraba a toda costa. Conquistar la madurez implicaba una renuncia. Hoy en día, los jóvenes no saben quiénes son. Tal vez no quieren saberlo: siempre se preguntan cuál será su “yo”, ¡aman la indecisión! No decir nunca sí o no: detenerse siempre ante un umbral que, quizá, no se abrirá nunca. No tienen voluntad: no desean actuar. Prefieren quedarse pasivos. Viven envueltos en un misterioso letargo. No aman el tiempo. Su único tiempo son una serie de instantes que no están encadenados u organizados en una historia.

 Este artículo provocó la respuesta de Eugenio Scalfari, también en la Repubblica, quien sostenía que en estos jóvenes la herida había consistido en la pérdida de la identidad y de la memoria: «La herida ha sido el silencio de los padres, demasiado implicados en la conquista del éxito y del poder. La herida ha sido el aburrimiento, el aburrimiento invencible, el aburrimiento existencial que ha matado el tiempo y la historia, las pasiones y las esperanzas. No veo en ellos esa profunda melancolía que hay en los rostros jóvenes del Renacimiento, pintados por Tiziano. (...) Veo ojos estupefactos, estáticos, aturdidos, huidizos, ávidos sin deseo, solitarios en medio de la multitud que los contiene. Veo ojos desesperados. […] Eternos niños. […] Una generación desesperada […] que avanza. Intentan salir de ese vacío de plástico que les rodea y les sofoca. Su salvación está únicamente en sus corazones. Nosotros sólo podemos mirarles con amor y temor».

  Luigi Giussani, educador con larga experiencia de relación con los jóvenes, utilizaba una imagen para describir este “misterioso letargo”: «Es como si hoy todos los jóvenes sufrieran el impacto […] de las radiaciones de Chernóbil: el organismo, estructuralmente, sigue siendo el de antes [no se ve ningún cambio aparente], pero dinámicamente no es el mismo [como si el organismo ya no tuviera energía por efecto de las radiaciones]. […] Es como si ya no hubiese ninguna evidencia real más que la moda, porque la moda es [un instrumento] un proyecto del poder.

La consecuencia de la debilidad descrita es que, «no se asimila verdaderamente lo que se escucha o se ve. Lo que nos rodea, la mentalidad dominante […], el poder, nos lleva a una extrañeza con respecto a nosotros mismos» – es como si nos arrancaran nuestro ser –. «Permanecemos, por un lado, abstractos en la relación con nosotros mismos [no sólo con los demás, sino con nosotros mismos; pensad únicamente cuánto tiempo somos capaces de pasar solos con nosotros mismos, de hacer un momento de silencio; debemos huir enseguida, debemos distraernos rápidamente, hay una especie de incapacidad para sentirnos como en nuestra casa con nosotros mismos], como si se hubiese descargado la energía de nuestro afecto».

 La extrañeza en relación con nosotros mismos se convierte en extrañeza en relación con todo: nada consigue interesarnos de verdad. Y entonces el desinterés se acaba imponiendo. No podemos pensar que podemos responder a esta situación con reglas o con llamamientos éticos, porque ya se ha demostrado que son ineficaces. No consiguen poner en movimiento al sujeto, no son capaces de despertar el interés del “yo”. Y sin el movimiento del “yo” no existe educación. Entonces, ¿de dónde podemos partir en esta situación? A pesar de todo, en el hombre permanece ese “punto inflamado” del alma del que hablaba Cesare Pavese.

Sólo en torno a este punto inflamado podrá rotar una propuesta que corresponda de verdad a lo humano. Lo ha percibido muy bien el papa Francisco, identificando con claridad cuál es el punto inflamado: «El hombre no es un ser tranquilo en sus propios límites, sino un ser “en camino” […] y cuando no entra en esta dinámica, se anula como persona o se corrompe. El hecho de ponerse en camino se debe a una inquietud interior que empuja al hombre a “salir de sí”. […] Hay algo dentro y fuera de nosotros que nos llama a cumplir el camino».

 Esa inquietud, de agustiniana memoria, permanece en el fondo del ser humano. Esta inquietud es el origen del deseo, el punto inflamado del corazón. Pero siempre está activo el intento de anestesiar el deseo: «Los sistemas mundanos tratan de aquietar al hombre, de anestesiar el deseo de ponerse en camino, con propuestas de posesión y consumo […]. De este modo, el hombre es arrebatado de la posibilidad de reconocer y escuchar el más profundo deseo de su corazón. Llama la atención la gran cantidad de “coartadas” que manipulan el deseo […] y ofrecen, a cambio, una paz aparente. […] gula, lujuria, avaricia, ira, envidia, tristeza, pereza, vanagloria, soberbia. […] son ciertamente pretextos, escapatorias que esconden otra cosa: el miedo a la libertad […]. Sirven de refugio. 

El fundamentalismo se organiza a partir de la rigidez de un pensamiento único, dentro del cual la persona se protege de las instancias desestabilizadoras (y de las crisis) a cambio de un cierto quietismo existencial». En este contexto, el entonces arzobispo Bergoglio advertía a los educadores de que es necesario estar atentos para no utilizar ninguno de los instrumentos educativos para reducir el deseo: «La disciplina es un medio, un remedio necesario al servicio de la educación integral, pero no puede transformarse en una mutilación del deseo. […] El deseo se contrapone a la necesidad. Esta última es satisfecha en cuanto la carencia es resuelta; el deseo, en cambio, es la presencia de un bien positivo y siempre crece, se estructura y pone en movimiento hacia un “más”. El deseo de verdad avanza “encuentro a encuentro”».

El conocido psicoanalista Massimo Recalcati observa, a propósito de esto, que «el deseo no puede ser aplastado por la mera satisfacción de las necesidades, sino que se revela como algo distinto del ansia bestial, precisamente en cuanto es animado por una trascendencia que lo abre a lo inédito, a lo no conocido aún, a lo no pensado todavía, a lo no visto todavía».
Por tanto, el gran desafío para un educador es precisamente cómo despertar el deseo. «¿Cómo enseñar a nuestros alumnos a no tener miedo de buscar la verdad? ¿Cómo educarles en la libertad? […] ¿Cómo hacer para que nuestros chicos […] se vuelvan “inquietos” en la búsqueda?».

 Sólo existe un modo: introducir a los jóvenes en la relación con la realidad. Pero los jóvenes no están interesados en esta relación, y el motivo es ese misterioso letargo que se convierte en un aburrimiento invencible. ¿Por qué falta este interés, por qué es tan difícil que los jóvenes se interesen por la realidad, por qué es tan difícil encontrar adultos que a los cuarenta o cincuenta años no sean ya escépticos? Escribe don Giussani: «Las capacidades inherentes que tenemos no sólo no existen por sí mismas, sino que tampoco actúan por sí solas; son como una máquina que, además de haber sido construida por otros, tiene necesidad de que otro la ponga en marcha, la haga funcionar. Toda capacidad humana, en una palabra, debe ser provocada, impulsada, para ponerse en acción»
¿Cuál es el problema? María Zambrano, filósofa española, nos permite comprender la verdadera dimensión del problema: «Lo que está en crisis es este nexo misterioso que une nuestro ser con la realidad, algo tan profundo y fundamental que es nuestro íntimo sustento»
Lo que está en crisis es el nexo con la realidad. Y esto se ve perfectamente en que ya no consigue interesar, en que muchas veces la realidad no es capaz de arrastrar al “yo”. Y por ello, si no hay nada que nos interese verdaderamente, termina venciendo el aburrimiento. Porque si no hay nada que pueda interesarnos, siendo esta relación con la realidad el sustento del “yo”, de la persona, sólo queda el aburrimiento. 

Parece paradójico, porque hoy nadie diría que los jóvenes no se interesan por nada. Es más, parecen interesarse por todo, nunca como ahora han tenido tantas posibilidades; ¿por qué, entonces, acaban cayendo en la pasividad y en el aburrimiento? Porque sin significado, la realidad pierde su interés. Esta es, por tanto, la finalidad de una educación adecuada a la gravedad del problema: educar es introducir al joven en la totalidad de la realidad. 
Lo indicaba el pasado sábado el papa Francisco al mundo de la escuela: «Amo la escuela porque es sinónimo de apertura a la realidad. […] Ir a la escuela significa abrir la mente y el corazón a la realidad, en la riqueza de sus aspectos, de sus dimensiones. Y nosotros no tenemos derecho a tener miedo de la realidad». Como es evidente, se trata de un problema que afecta a todos: asociaciones, escuela, Iglesia, partidos políticos, porque no se trata de un problema particular, sino del problema de los problemas: cómo restablecer el nexo con la realidad, saber si hay algo capaz de despertar el interés del “yo”. 
Para poder interesarse, se necesita una educación que introduzca en la realidad. Jungmann definía la educación como «introducción en la totalidad de la realidad». Porque si no afirma el significado, una persona no se interesa por la realidad. Pongamos un ejemplo. Nosotros, adultos, regalamos a un niño un juguete que ve por primera vez. Si le dejamos solo, se asombra ante el juguete, pero, ¿cómo podrá comprender qué es ese juguete? Normalmente están las instrucciones de uso, que es como decir al niño: si lo haces de esta manera, aprenderás a usarlo y podrás disfrutar de cómo funciona. Sería inhumano regalar un juguete a un niño y no explicarle su funcionamiento. Si no le ofreciéramos una hipótesis de cómo usarlo, le abandonaríamos a sus reacciones: llanto, aburrimiento. La incapacidad para introducir en la totalidad de la realidad no es indiferente para nuestra relación con ella. Decía Einstein: «Quien no admita el misterio insondable no puede ser ni siquiera científico»
Si no percibimos el significado, la realidad no nos conmueve hasta el punto de resultar interesante. Pensábamos que la realidad podía seguir resultando interesante sin significado, reducida sólo a la transmisión de conocimientos, de datos, pero esto no ha sido suficiente para seguir interesando a los jóvenes. Y a los adultos. Con la realidad reducida a nada, sin significado, ha aparecido una nueva forma de nihilismo, sobre la que llamó la atención hace años el gran filósofo Augusto del Noce: «El nihilismo corriente hoy en día es el nihilismo festivo, [en el sentido de] que carece de inquietud. Quizá podría definirse por la supresión del inquietum cor meum agustiniano». No se despierta el deseo, no se despierta la curiosidad. Ahora bien, sólo quien consiga interesar podrá ofrecer una contribución a la situación dramática en la que nos encontramos. 

¿Desde dónde volver a partir, entonces? Desde la realidad. Pero la realidad no puede reducirse a apariencia, porque si es así nos cansa, nos vuelve áridos, porque no consigue prendernos e interesarnos por mucho tiempo. La realidad despierta un interés por el atractivo que tiene la belleza. Lo reconocía Jorge Mario Bergoglio: «¡Cuántos racionalismos abstractos y moralismos “extrínsecos” se curarían […] si empezásemos a pensar en la realidad en primer lugar como algo bello, y sólo después como algo bueno y verdadero!».
 En su intervención ante el mundo de la escuela, el papa Francisco afirmaba que ella «nos educa en lo verdadero, en el bien y en lo bello. Los tres van juntos. La educación no puede ser neutra. O es positiva o es negativa; o enriquece o empobrece; o hace crecer a la persona o la deprime, incluso puede corromperla. […] La misión de la escuela es desarrollar el sentido de lo verdadero, el sentido del bien y el sentido de lo bello. Y esto ocurre a través de un camino».
 La realidad suscita preguntas. Recuerdo todavía, después de muchos años, la impresión que me produjo cuando llevé a mis estudiantes de bachillerato al planetario de Madrid. Después de la visita volvimos a la escuela y empecé a preguntar qué era lo que más les había impresionado de todo lo que habían visto: las estrellas, las galaxias, etc. Ninguno estaba impresionado por el número de las estrellas, ni preguntaban cuántas galaxias había. Todos ellos, impresionados por lo que habían visto, habían llenado la pizarra con preguntas como estas: Pero, ¿quién ha hecho todo esto? ¿Somos nosotros los dueños de esto? ¿Qué sentido tiene todo esto? ¿Cuál es su finalidad? Este es el problema: que se nos ha regalado el juguete más precioso que existe, que es la vida, todo el cosmos, pero no hemos venido al mundo con las instrucciones de uso bajo el brazo; por eso nos preguntamos cómo se puede vivir, cómo se aprende a gozar de la vida, cómo se aprende a afrontar adecuadamente la realidad, para que la vida sea vida de verdad, una vida intensamente vivida, fascinante de vivir. Se necesita una hipótesis de trabajo: «Educar en la búsqueda de la verdad, por tanto, exige un esfuerzo de armonización entre contenidos, hábitos y valoraciones. […] Para alcanzar tal armonía no bastan las informaciones o las explicaciones. […] Hace falta ofrecer, mostrar una síntesis vital de las mismas»
Llegados a este punto, se plantea la necesidad de un testigo. Dice el papa Francisco: «Esto sólo lo puede hacer el testigo. Entramos así en una de las dimensiones más profundas y bonitas del educador: el testimonio. Es este último el que consagra al educador como “maestro” y le hace compañero de camino en la búsqueda de la verdad. Con su ejemplo, el testigo nos desafía, nos reanima, nos acompaña, nos deja caminar, equivocarnos e incluso repetir el error, para que crezcamos. Educar […] exigirá de vosotros, queridos profesores, […] “saber dar razones”, pero no sólo con explicaciones conceptuales y contenidos aislados, sino con comportamientos y juicios encarnados. […] 
Todo se vuelve interesante, atractivo, y finalmente suenan las campanas que 
despiertan la sana “inquietud” en el corazón de los jóvenes. El caso paradigmático del maestro-testigo es el mismo Jesús». Y Recalcati añade: «Para volverse humana, la vida necesita de la presencia presente del Otro. […] Si este encuentro no se verifica, la vida está expuesta a la disociación del sentido, aparece como vida sin sentido».
 De hecho, «¿cómo se produce la transmisión del deseo de una generación a otra? A través de un testimonio encarnado de cómo se puede vivir la vida con deseo». Por eso el testimonio no es posible si los educadores no se toman en serio ante todo su propia inquietud: «Educar es de por sí un acto de esperanza. […] Queridos educadores, […] os deseo que la inquietud, imagen del deseo que mueve toda la existencia del hombre, abra vuestro corazón y os dirija hacia la esperanza que no traiciona. Y que, como educadores, os transforméis en testigos auténticos, cercanos y próximos a todos».
El sábado pasado el Papa dijo en Roma: «Los muchachos lo perciben, tienen “olfato”, y son atraídos por los profesores que tienen un pensamiento abierto, “inconcluso”, que buscan “algo más”, y así contagian esta actitud a los estudiantes»
De aquí nace nuestra responsabilidad. Para poder responder a ella es preciso no sucumbir a la tentación de desesperar, como nos recuerda de nuevo el papa Francisco: «La tentación es una invitación a detener la marcha, a desesperar. ¿Cómo se puede no caer, cuando han caído ya tantas utopías? […] La tentación es seria, y su poder real es bien conocido por cualquiera que haya seguido con valor su propio corazón. […] Sólo estos conocen la dificultad y la problemática profunda de su deseo. […] En este contexto […] cada educador sufre la tentación de la desesperación». 
Nosotros, adultos, debemos reconocer que no siempre hemos estado a la altura de esa exigencia. «Miremos a los jóvenes. […] ¿Les preparamos para grandes horizontes o para el horizonte que está a la vuelta de la esquina? Queremos pedir perdón a los jóvenes porque no siempre les hemos tomado en serio. Porque no siempre les damos los instrumentos necesarios para que su horizonte no se agote a la vuelta de la esquina, porque muchas veces no somos capaces de entusiasmarles con horizontes más amplios que les permitan apreciar lo que han recibido y que deben trasmitir. ¡Porque muchas veces no hemos sabido hacerles soñar! […] Y cuando los chicos ven en nosotros, que somos los responsables, un testimonio de bajeza, entonces no tienen el valor para soñar, no tienen el valor para crecer. […] Si no somos capaces de testimoniar esta capacidad de horizonte y de trabajo, nuestra vida terminará en un rincón de la existencia, llorando lágrimas amargas por nuestro fracaso como educadores y como hombres y mujeres»

Concluyo con las palabras del papa Francisco, que suenan como un llamamiento urgente a la responsabilidad: «Que ellos [los jóvenes] puedan aprender de nuestro testimonio – porque se enseña más con el ejemplo que con las palabras – la fecunda cultura de la vida. […] Las drogas no son lo único que matan, que generan una cultura de muerte; lo hace también el egoísmo de corazón de todos nosotros, que tenemos la responsabilidad de educar, lo hace nuestra cerrazón, el desinterés con el que pasamos cerca de alguien que se ha quedado bloqueado al borde de la vida, sin enseñarle a salir de su inmovilidad para acercarse a la vida».



Presentación del libro de Jorge Mario Bergoglio / Francisco LA BELLEZA EDUCARÁ AL MUNDO EMI 2014 Por Julián Carrón Presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación.