domingo, 27 de julio de 2014

Quienes me llaman inútil ?


Meditación del Papa Francisco

En particular me detengo en el juicio final. ¡No tengáis miedo! Escuchemos lo que dice la Palabra de Dios. Al respecto, leemos en el evangelio de Mateo: Entonces Cristo "vendrá en su gloria, con todos sus ángeles... Y todas las gentes se reunirán delante de él, y él separará a unos de otros, como separa el pastor las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda… Aquéllos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna"[...] 
Si nos cerramos al amor de Jesús, somos nosotros mismos los que nos condenamos, somos condenados por nosotros mismos. La salvación es abrirnos a Jesús y él nos salva. 
Y si somos pecadores, todos somos pecadores, todos lo somos, todos, y pedimos perdón, y vamos con el deseo de ser buenos, el Señor nos perdona, pero para esto debemos abrirnos, abrirnos al amor de Jesús, que es más fuerte que todas las demás cosas, el amor de Jesús es grande. El amor de Jesús es misericordioso, el amor de Jesús perdona, pero debes abrirte, y abrirse significa arrepentirse, lamentarse de las cosas que hemos hecho que no son buenas. (S.S. Francisco, 11 de diciembre de 2013).. 

Reflexión 

Cuando vemos que la sociedad vive cada vez más descristianizada, nos lamentamos y vemos lo poco que podemos hacer. Ese sentimiento de impotencia es natural. Sin embargo, los mecanismos del Reino de los Cielos funcionan de manera diferente. ¿Por qué? Porque el verdadero actor es Dios, y como Él es Todopoderoso puede hacer que cambie hasta lo más difícil. 

Al contemplar la vida de los santos, como la de S. Francisco de Asís, vemos cómo se realiza una gran obra a través de ese "pequeño instrumento". Esto es lo que Jesús quiere decirnos: "no te preocupes si sólo eres una semilla diminuta. Siémbrate en mi Corazón y verás hasta dónde puedes". 

Así lo hicieron un grupo de gente sencilla que siguió a Jesús: sus apóstoles. ¿Quién les iba a decir que después de dos mil años la Iglesia estaría presente en tantos lugares y atendería las necesidades materiales y espirituales de millones de personas? Esto se debe a que la fuerza de la Iglesia no está en lo que pueda hacer cada uno por su cuenta, sino en el poder de Dios con las personas que se entregan a fondo. 

El secreto consiste en cambiar el propio corazón por el de Jesús, pareciéndonos a Él en todo lo posible. Así se transforma también nuestra familia y las personas de nuestro entorno. Y entre todos, impulsados por Cristo, podemos traer a este mundo la civilización del amor. 

Propósito 

Sembrar amor al escribir un correo electrónico o una nota a quien se ha alejado de Cristo. 

Diálogo con Cristo 

Señor, gracias por la semilla de la fe que recibí el día de mi bautismo. Quiero que ésta crezca para que pueda convertir, con tu gracia, mi vida en tierra buena, sin obstáculos ni cizaña que detengan los frutos de amor que Tú produces. 
P.Clemente González

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«Así dice el Señor: De este modo consumiré la soberbia de Judá, la gran soberbia de Jerusalén. Este pueblo malvado que se niega a escuchar mis palabras, que se comporta con corazón obstinado y sigue a dioses extranjeros, para rendirles culto y adoración, será como ese cinturón, que ya no sirve para nada. Como se adhiere el cinturón a la cintura del hombre, así me adherí la casa de Judá y la casa de Israel -oráculo del Señor-, para que ellas fueran mi pueblo, mi fama, mi alabanza, mi ornamento; pero no me escucharon.» Siempre son interesantes esto que cuando estudiaba el profesor llamaba “parábolas en acción,” (aunque siempre pensé que era una acción que era una parábola, pero bueno). El pobre Jeremías perdió un buen cinturón, que quedo inservible, para expresar lo que el Señor quería. El pueblo de Judá se había hecho poderoso y se olvidó de Dios, se dedicó a servir a otros dioses y, por lo tanto, cuanto más poderoso era más inútil se hacía. Había pueblos mucho más grandes que ellos, mejor armados y organizados, con historia más intensa y mayor sabiduría, pero no tenían al único Dios. Los muy obtusos se olvidaron de lo que les hacía grandes y se creyeron algo, pero sin Dios no eran nada, se convertían en un pueblo completamente inútil.

“En aquel tiempo, Jesús propuso esta otra parábola a la gente: -«El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.»” no sé si esto es una parábola en acción, pero al menos es una parábola. Es lo contrario de la primera. La más pequeña de las semillas, cuando la planta el Señor, se convierte en la más alta del huerto- Puede parecer que no vale nada, pero si se deja cuidar por Dios recibe su grandeza.

La conclusión es bien sencilla, cada uno tenemos que decidir ser útiles como la mostaza o la levadura o inútiles como el cinturón de Jeremías. Tendremos que decidirlo personalmente, pero también como nación. Parece que España y otros países se han creído algo, pueden prescindir de Dios y entregarse en manos de los ídolos. Claro que siempre llega una crisis económica y san euro no viene en nuestro rescate. Y cuando pasen algunos años más y el drama de tantas familias destrozadas, de tantas personas que nunca han aprendido a amar, de los niños que nunca llegaron a nacer y de los ancianos que hemos quitado de en medio como estorbo, alzaremos nuestros brazos al… ¿parlamento? Pero allí no nos dirán que somos “su pueblo, su fama, su alabanza, su ornamento,” mirarán para otro lado y le echarán la culpa a los Estados Unidos, a la Unión Europea o a las olimpiadas de Pekín. Pero si les llaman inútiles se enfadan.

Prefiero no ser un inútil. Nunca gobernaré la nación, tal vez no mande ni en mi parroquia pero procuraré dejar que Dios me cuide, no separarme de Él ni lanzarme en brazos del mundo que es tan mal pagador. Para eso más oración, más entrega, más mortificación. Algunos me dicen que eso es inútil, pero ¿por qué será que siempre me lo dicen los inútiles?.

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I que et creies que és la teva consciència? segur que el teu veritable refugi, no t'enganyis ..... no hi ha un altre.

 
Ante las dificultades, mientras llega el cansancio de la vida, cuando aumentan los dolores del cuerpo o del alma, buscamos refugios de paz, de alegría, tal vez de olvido. 

Los refugios pueden ser variados. Hay quienes simplemente buscan su refugio en el sueño, como una especie de bálsamo para olvidar las penas y las angustias de cada día. Otros se refugian en un cuarto de su casa, o entre libros, o en el bar donde encontrar amigos y ambientes diferentes. Otros anhelan ese refugio en el trabajo, o en el coche, o en la televisión, o en la computadora, o en la música. Algunos, por desgracia, se crean un mundo artificial de sensaciones con la droga o con el alcohol, para consolar (falsamente) penas y dolores del alma. 

Muchos de los refugios son simplemente un engaño, como un espejismo que enciende ilusiones pasajeras en el corazón, para luego dejarnos indefensos y cansados frente a los problemas que ahí siguen, con su peso de amenazas y con su martilleo obsesivo. 

Existen, sin embargo, otro tipo de refugios que pueden ser sanos, que restablecen las fuerzas del alma para reemprender la lucha. Un rato de deporte, un diálogo con un amigo sincero, un libro bueno, devuelven serenidad al alma, abren horizontes de esperanza, nos preparan para volver con más bríos al combate de cada día. Pero en muchas ocasiones esos refugios también son insuficientes. 

Por eso hace falta reconocer que sólo existe un refugio realmente bueno para cada corazón humano. Es el que se alcanza desde el encuentro sincero con Dios. Porque Dios da sentido a la vida, nos ha creado, nos tiende la mano como Salvador, nos espera cada día y tras la hora definitiva de la muerte. 

A Dios nos acercamos en esos momentos de oración sincera, cuando le abrimos el alma, cuando le pedimos ayuda, cuando nos ponemos llenos de confianza entre sus manos. A Dios lo tocamos cuando podemos recibir los sacramentos, especialmente el gran regalo de la misericordia (la confesión) y el inmenso abrazo que es posible en cada Eucaristía. A Dios lo escuchamos con el espíritu abierto cuando leemos su Palabra, cuando creamos en nuestro interior espacios de silencio que nos permiten escuchar sus susurros cotidianos. 

Es Dios el verdadero refugio que anhelamos. Porque sólo Dios conoce plenamente lo que hay en cada corazón humano. Porque sólo Él puede ofrecer consuelos verdaderos y palabras de ternura que curan y que lanzan a vivir desde una fe intensa, una esperanza alegre y un amor hecho servicio a quienes recorren a nuestro lado el mismo camino del existir terreno. 
P. Fernando Pascual

El Tesoro es la Palabra...lo fue lo es y lo será.

Avui, l'Evangeli ens vol ajudar a mirar endins, a trobar quelcom amagat: «Amb el Regne del cel passa com amb un tresor amagat en un camp» (Mt 13,44). Quan parlem de tresor ens referim a quelcom d'un valor excepcional, de la màxima vàlua, no a coses o situacions que, encara que estimades, no deixen d'ésser fugisseres i quincalla barata, com són les satisfaccions i plaers temporals: allò que tanta gent s'extenua cercant al defora, i es desencisa un cop trobat i experimentat.

El tresor que proposa Jesús és colgat al més pregon de la nostra ànima, al nucli mateix del nostre ésser. És el Regne de Déu. Consisteix a trobar-nos amorosament, de manera misteriosa, amb la Font de la vida, de la bellesa, de la veritat i del bé, i a romandre units a la mateixa Font fins que, acomplert el temps del nostre pelegrinatge, i lliures de tota bijuteria inútil, el Regne del cel que hem buscat al nostre cor i hem conreat en la fe i en l'amor, s'esbadelli com una flor i aparegui la lluïssor del tresor amagat.

Alguns, com sant Pau o el mateix bon lladre, s'han topat amb el Regne de Déu sobtadament o de manera impensada, perquè els camins del Senyor són infinits, però normalment, per arribar a descobrir el tresor, cal buscar-lo intencionadament: «També passa amb el Regne del cel com amb un mercader que busca perles fines» (Mt 13,45). Potser aquest tresor només és trobat per aquells que no es donen fàcilment per satisfets, pels qui no s'acontenten amb poca cosa, pels idealistes, pels aventurers.

En l'ordre temporal, dels inquiets i inconformistes en diem persones ambicioses, i en el món de l'esperit, són els sants. Ells estan disposats a vendre-ho tot per tal de comprar el camp, com ho diu sant Joan de la Creu: «Per a venir a posseir-ho tot, no vulguis posseir quelcom en res».

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La Palabra..... ese es el Tesoro, lo fue lo es y lo será.

¡Qué buena pregunta la que hace Jesús en esta predicación! Me parece que esta pregunta habría que escribirla en las puertas de los templos, de los salones de catequesis, de las aulas de religión en los colegios, y seguramente, en muchos otros sitios.
Ustedes tengan la gentileza de imaginarse, que a la puerta de esta iglesia, ahora que salgan, está escrita la Palabra de Jesús que hemos escuchado; esta pregunta: "¿Entendisteis todo esto?" San Mateo 13,51.
"¿Entendisteis todo esto?" San Mateo 13,51. Sería muy bueno preguntarle a los cristianos al salir de la iglesia: "¿Entendisteis, vosotros, lo que pasó allí en el altar? ¿Entendisteis lo que pasó aquí en el ambón, donde se predica la Palabra? ¿Entendisteis lo que estaba haciendo ese señor con su ruana de color, que casulla llaman? ¿Entendisteis? ¿Entendisteis lo que sucedió? ¿Entendisteis todo?"
"Ellos respondieron que sí" San Mateo 13,51, dice el evangelio. Y Jesús añadió: "Todo escriba que se ha hecho discípulo, se parece a un dueño de casa, que va sacando de sus cofres cosas nuevas y cosas viejas" San Mateo 13,52.
Porque, efectivamente, cuando venimos a la iglesia, aquí se nos ofrecen cosas nuevas y viejas. El Evangelio es al mismo tiempo, vetusto y novísimo.
El Evangelio es como pan sacado del horno, hoy, ya, para ti, pero es también el pan de toda la eternidad. Es el mismo alimento que recibieron los Apóstoles, es el mismo alimento que recibieron los Santos, es la misma Palabra que transformó el corazón de muchos.
¿Cuántas personas han escuchado este evangelio? "Con el Reino de los Cielos sucede como con un tesoro bajo tierra" San Mateo 13,44. ¿Usted no sabe que esta frase ha hecho llorar de alegría a tantos? ¿Usted no sabe que hay gente que al escuchar estas palabras, ha sentido en su corazón?: "¡Eh! ¡Yo soy! ¡Yo soy ése que ha encontrado ese tesoro!"
Y cuando Jesús nos habla "de la perla fina y de aquel comerciante que deja el comercio por comprar su perla" San Mateo 13,45-46.
¿usted no sabe que algunas veces, cuando se ha leído este texto, a lo largo de los siglos, en todas las lenguas, en multitud de culturas, despreciando las fronteras, atravesando los corazones, con señorío y majestad, muchas personas han sentido: "¡Eh! ¡Ése soy yo! Está hablando de mí. ¡Usted está hablando de mí!"?
Efectivamente, esa es la Palabra de Dios. Es la Palabra de Dios y es la Palabra del Hijo de Dios que se llamó a sí mismo Hijo del Hombre. Es una Palabra de Dios dicha en lenguaje humano. Es una Palabra tan profundamente humana, tan capaz de retratar la realidad humana, que sólo Dios puede pronunciarla, porque sólo Dios sabe, qué significa eso de ser humano.
Pues, esta Palabra que es tan antigua y que es tan nueva, se nos presenta así, con toda la humildad de una lectura. Mire, nos vamos a ir en esta noche de este templo; acabada la celebración, ustedes y yo nos iremos, apagaremos las luces y volverá el silencio a arroparlo todo.
Y así, retornaremos quizá algún día a esta iglesia o a otra, y tal vez, en una oportunidad distinta, volvamos a escuchar estas lecturas.
¿Pero usted sabe una cosa? Primero se va usted de la tierra que esta Palabra. Usted, con todas sus alegrías y tristezas, con todas sus soberbias y humildades, con todos sus defectos y virtudes, un día tendrá que irse de esta tierra.
Cuando usted se haya ido de esta tierra y yo me haya ido de este Convento, aquí se estará predicando todavía: "Dijo Jesús a la multitud: Con el Reino de los Cielos sucede..." San Mateo 13,44-45; San Mateo 13,47.
Es impresionante la vitalidad de esta Palabra. Es impresionante comprobar que esta Palabra educó a los Doctores, fortaleció a los Mártires. Es impresionante saber que esta Palabra tiene poder para perdonar pecados. Es impresionante saber que tiene poder para iluminar la mente de quien se deja iluminar. Es maravilloso reconocer que de esta Palabra, ha nacido la esperanza para muchas personas.
Y por eso, aunque sea dicha con toda humildad y como una palabra más que aparece y desaparece, esta Palabra es más fuerte que todas las noticias de hoy. Se imprime en papel como cualquier otra noticia. Usted la puede despreciar, se puede distraer, como si estuviera leyendo el periódico, o como si estuviera leyendo un libro de Biología, o la última noticia sobre el último programa de software.
Usted puede despreciar esta Palabra. Está escrita en papel como cualquier otra. Pero, dígame, ¿a usted qué le van a importar de aquí a un mes, las noticias del periódico de hoy? Es posible que le interesen, es posible que usted sea un historiador, un politólogo, un economista.
Mas, dentro de cien años, ¿a quién le importarán las noticias de hoy?

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Meditación del Papa Francisco 

Pero alguno puede decirme: Padre, pero yo trabajo, tengo familia, para mí la realidad más importante es sacar adelante mi familia, el trabajo. Cierto, es verdad, es importante ¿pero cuál es la fuerza que mantiene unida la familia? Es precisamente el amor, ¿y quién siembra el amor en nuestros corazones? Dios, el amor de Dios. Es precisamente el amor de Dios que da sentido a los pequeños compromisos cotidianos y también ayuda a afrontar las grandes pruebas. 
Esto es el verdadero tesoro del hombre. Ir adelante en la vida con amor, con ese amor que el Señor ha sembrado en el corazón, con el amor de Dios. Y esto es el verdadero tesoro. Pero, ¿el amor de Dios qué es? No es algo vago, un sentimiento genérico; el amor de Dios tiene un nombre y un rostro: Jesucristo. Jesús. (S.S. Francisco, 11 de agosto de 2013). 

Reflexión 

En una ocasión, un gran rey cruzaba el desierto. Lo seguían sus ministros. De pronto, uno de los camellos se desplomó a tierra y se rompió el baúl que cargaba en su joroba. Una lluvia de joyas, perlas preciosas y diamantes se desparramó sobre la ardiente arena. El rey dijo a sus ministros: 

– "Señores, yo sigo adelante. Ustedes, si quieren, pueden quedarse aquí. Todo lo que recojan, será suyo". Y continuó su viaje sin parpadear, pensando que ya nadie lo seguiría. Al cabo de un rato, se da cuenta de que alguien viene detrás de él. Vuelve la mirada hacia atrás y ve que es uno de sus ministros. El rey le pregunta: 

– "¿Qué no te importan las perlas y diamantes de tu rey? Podrías ser rico toda tu vida..." 

Y el ministro replica: 

– "Me importa más mi rey que todas las perlas de mi rey". 

Esta bella historia del poeta persa Firdusi podríamos aplicarla perfectamente al Evangelio que hoy nos ofrece el Señor para nuestra meditación: "El Reino de los cielos –nos dice– se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra aquel campo". 

Entre ambos relatos hay algunas diferencias: en la primera narración el ministro "deja" los tesoros de su amo; mientras que en la segunda, el hombre de la parábola "compra" el campo para adquirir el tesoro que ha encontrado. Parecería, según esto, que ambas narraciones resultan contrapuestas entre sí. Pero, no obstante estas variantes, el contenido de fondo es bastante semejante. Trataré de explicarme. 

Lo que nuestro Señor quiere resaltar con la parábola del tesoro escondido –como también con la otra parábola que viene a continuación, la del mercader de perlas finas– no es tanto el objeto material del tesoro escondido, sino la decisión fundamental de estos dos hombres de dejar todo para llegar a poseer ese tesoro de incalculable valor que han encontrado. “Va a vender todo lo que tiene –nos dice Cristo– para comprar aquel campo”. Este es el mensaje esencial de la parábola: vender todo para poder comprar todo. Aquí está precisamente el punto de convergencia con el cuento persa: también el ministro deja sus perlas para quedarse con lo verdaderamente importante, que es su rey. 

A la luz de esta última historia comprendemos que el tesoro escondido de nuestra parábola no es algo material, sino que es Cristo mismo, nuestro Rey supremo: importa infinitamente más el Señor de las cosas que las cosas del Señor. En efecto, todos los teólogos y biblistas católicos afirman con unanimidad que el Reino de los cielos del que Cristo nos está hablando en estas parábolas es ÉL mismo. El centro de su mensaje es su Persona. ¡Él es el único y verdadero tesoro de nuestro corazón! 

Bernal Díaz del Castillo, en su "Historia de la conquista de la Nueva España", nos narra que el capitán Hernán Cortés, cuando desembarcó con sus hombres y puso pie en el continente americano, quemó todas las naves. El mensaje era clarísimo: había que acabar con todo lo que significara una huida, un retorno al pasado o la posibilidad de una marcha atrás. No había escapatorias. La única opción posible era ir hacia adelante. 

Es el mismo mensaje que Cristo nos da en el Evangelio de hoy: no hay marcha atrás. Hay que "quemar" todo, "vender" todo para comprar ese tesoro escondido. Desafortunadamente, hoy en día son muy pocos los cristianos que están dispuestos a "quemar" las naves de sus seguridades personales o a "vender" todas sus posesiones con tal de alcanzar a Cristo. 

¡Cuántos hoy en día se llaman "buenos cristianos", pero siguen aferrados como lapas a su propio egoísmo y vanidad, y no quieren prescindir de sus frenéticos apegos a las riquezas, a las comodidades, a la vida fácil y a los placeres mundanos! Es mil veces más sencillo arrancar una concha o un erizo de un acantilado marino que mover su voluntad de sus apegos desordenados. Y lo peor de todo es que muchas veces estas cosas conducen al hombre al pecado, no porque sean malas en sí mismas, sino porque es tal la ambición con la que se vive que le impiden acercarse a Dios y abrir el alma a su gracia redentora. 

Es ésta la lógica "paradójica" del Evangelio: llorar para reír, sufrir para ser feliz, dejar que te persigan para entrar en el Reino de los cielos, morir para vivir, vender todo para poseerlo todo... ¡Así es el Evangelio: una paradoja que conduce a la felicidad y a la vida eterna! San Pablo, que bien sabía de estas cosas, y no por oídas sino por experiencia personal, así lo expresa: "lo que tenía por ganancia, lo considero ahora por Cristo como pérdida, y aun todo lo tengo por pérdida a causa del sublime conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por cuyo amor todo lo sacrifiqué y lo tengo por basura con tal de ganar a Cristo" (Fil 3, 7-8). Ésta es la ley cristiana del "perder todo para ganarlo todo"."El que pierda su vida por mí, la encontrará". 

Hoy Cristo también está hablando con el mismo amor a tu alma. No le cierres tus entrañas. Escúchalo. Déjalo entrar en tu corazón y dale una respuesta pronta y generosa. No tengas miedo. Él está contigo y te da las fuerzas necesarias para responder con amor a su llamada. 

Propósito 

¿Qué es lo que tú tienes que vender? ¡Ve, pues, lleno de alegría, a vender todo lo que tienes –aquello que te impida acercarte a Cristo– y compra ese campo que esconde el maravilloso tesoro, que es Jesucristo mismo! 
P.Sergio Córdova

sábado, 26 de julio de 2014

Indulgencias

 
No todos los católicos conocen a fondo esa obra maestra de cuidado maternal, que la Iglesia tiene con cada uno de sus hijos
 
 

Cierto día, Santa Teresa la Grande vio, llena de júbilo, que el alma de una religiosa que acababa de fallecer subía radiante al Cielo. No dejó de sorprenderse, puesto que era una monja de vida muy sencilla.
 
Después, en uno de sus coloquios místicos, Nuestro Señor Jesucristo le explicó el motivo de semejante privilegio: “Ella tuvo siempre una gran confianza en las indulgencias concedidas por la Iglesia; y siempre se esforzó por ganar el mayor número posible.”
 
Aquella carmelita siempre se había esforzado por ganar el mayor número posible de indulgencias…¡por eso se fue al Cielo tan pronto murió, sin pasar por el terrible fuego del Purgatorio!
 
¿No es acaso lo que todos queremos? Entonces, imitemos el buen ejemplo de esa religiosa.
 
 
El Purgatorio, lugar de expiación
 
En esta vida terrenal todos los hombres cometen pecados. “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” , dice el Apóstol San Juan (I Jn 1, 8).
 
Por lo tanto, todos tienen penas que pagar, ya sea en este mundo o en el otro.
 
El hombre, al pecar, contrae culpas y merece penas. Cuando el pecado es grave (mortal), la pena debida es la condenación eterna al fuego del infierno. Una buena confesión no solamente borra la ofensa hecha a Dios (la culpa), sino también libra al pecador de la pena eterna.
 
Sin embargo, el penitente aún tiene que purificar su alma de las secuelas del pecado, reparar la gloria de Dios ofendida y restaurar los daños a la sociedad y a la integridad del orden universal.
 
Esto se logra mediante una expiación llamada pena temporal (porque se limita a un tiempo, no es eterna), la que el pecador cumplirá ya sea voluntariamente en esta tierra, gracias a penitencias y buenas obras, o en los sufrimientos purificadores del Purgatorio, establecidos para cada alma según la justísima y santísima Sabiduría divina.
 
La existencia de un lugar de purificación luego de la muerte llamado Purgatorio, es un dogma de Fe definido en varios concilios, sobre todo en los de Florencia y de Trento. El Catecismo de la Iglesia Católica ofrece una enseñanza clara y precisa sobre este punto: “Los que mueren en la gracia y en la amistad con Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo. (…)
 
Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia a favor de los difuntos” (nos. 1030 y 1032).
 
 
Perdón de la pena temporal
 

Aquí surge la importancia de las indulgencias, que redimen, es decir, borran la pena temporal debida por los pecados ya perdonados en la confesión, sean graves o leves.
 
La persona que muere en estado de gracia y gana una indulgencia plenaria, se va al Cielo sin pasar por el Purgatorio.
 
Las indulgencias constituyen, pues, un don de Dios en que se manifiesta la plenitud de su misericordia. Basta con hallarse en estado de gracia para que la Iglesia, nuestra Madre, nos confíe esta llave de su tesoro, llamada indulgencia.
 
Con ella, por así decir podemos “retirar” desde los depósitos de los méritos infinitos de Jesucristo –a los que se acrecientan los de la Santísima Virgen y de todos los Santos– para pagar no sólo nuestras propias deudas en relación con Dios, sino también las de las almas del Purgatorio.
 
Existen dos categorías de indulgencia: la plenaria , que redime la totalidad de las penas temporales debidas por un alma; y la parcial , que salda solamente una parte de esa deuda.
 
¿Cuál es el tamaño de esa parte ? Depende de la piedad de cada alma en cuestión.
 
Cuando alguien realiza un acto piadoso o reza una oración, Dios le concede la remisión de una parte de sus penas temporales. Si la Iglesia enriquece ese acto o esa oración con una indulgencia parcial, Dios duplica el valor de la remisión ya concedida.
 
Así entonces, cuanto más fervor se tenga en la oración, tanto mayor será la porción de la pena redimida.
 
 
Cuidados maternales de la Iglesia
 
Colocando a disposición de los fieles el tesoro inagotable de las indulgencias, la Santa Iglesia tiene por objetivo facilitar a todos la entrada al Reino de los Cielos, donde puedan vivir eternamente felices en la intimidad con la Virgen María, los Ángeles y los Santos.
 
Lo hace con cuidado y sabiduría divina. Por un lado, ofrece innumerables recursos para disminuir el plazo de la pena temporal. Por otro, para obtener las indulgencias, hace que los fieles practiquen actos de Fe, Esperanza y Caridad, que recen, frecuenten los Sacramentos, socorran a los menesterosos y desposeídos de bienes materiales y espirituales.
 
Todas éstas son obras que hacen avanzar al hombre en la senda de la santificación personal, y le acumulan un tesoro en el Cielo. Por ello, las indulgencias son una obra maestra de la Iglesia hacia todos sus hijos.
 
¡Que cada uno sepa sacar el provecho de este cariño de madre, tanto para su propia salvación como para la de sus seres queridos!
 
No olvidemos, portanto, a nuestros hermanos de la Iglesia Purgante 2 . Por la Comunión de los Santos, cualquier indulgencia puede aplicarse a beneficio de las ánimas del Purgatorio; y nadie como ellas sabe practicar la virtud del agradecimiento.
 
Si rezamos o hacemos sacrificios por esas almas, ellas intercederán después por nosotros, empeñosamente, ante el trono de Dios.
 
 
Condiciones para ganar indulgencias
 
Para poder ganar cualquier indulgencia –plenaria o parcial– es indispensable estar bautizado y hallarse en estado de gracia.
 
También es preciso: tener la intención a lo menos genérica de ganarla; excluir todo afecto al pecado, incluso venial, con el firme propósito de esforzarse por no cometerlos otra vez; y practicar el acto indulgenciado.
 
Madre extremadamente dadivosa, la Santa Iglesia pone a disposición de los fieles un gran número de actos enriquecidos por indulgencias, tanto plenarias como parciales. Más adelante hay una relación de los más comunes, los más fáciles de practicar en la vida diaria de cualquier persona. El lector interesado en una relación completa puede consultar el Manual de Indulgencias , disponible en librerías católicas.
 
 
Plenaria
 

Puede ganarse solamente una cada día, salvo en peligro de muerte (“in articulo mortis”), cuando es posible recibir más de una el mismo día.
 
Para recibir una indulgencia plenaria, además de las condiciones generales antes señaladas, es necesario confesarse, comulgar y rezar por las intenciones del Papa (un Padrenuestro y un Avemaría).
 
Una confesión vale para varias indulgencias en diferentes días; en cambio, cada comunión vale para ganar una sola. La comunión y la oración pueden ser en días diferentes, tanto antes como después de cumplir con la obra prescrita, pero conviene que sean el mismo día.
 
Las siguientes son las obras prescritas más comunes:
 
1 – Adoración al Santísimo Sacramento, a lo menos por media hora.
 
2 – Lectura espiritual de la Sagrada Escritura, a lo menos por media hora.
 
3 – Hacer piadosamente el Vía Crucis, recorriendo las estaciones legítimamente erigidas.
 
4 – Rezar el Santo Rosario de la Virgen en una iglesia, un oratorio, en familia, en una comunidad religiosa o una asociación pía.
 
5 – Recibir piadosa y devotamente la bendición impartida por el Sumo Pontífice a Roma y el mundo (“Urbi et orbi”); es válida la que se recibe por radio o televisión.
 
Junto a esos, hay más de veinte otros actos enriquecidos con indulgencia plenaria cuando se los realiza en determinados días o circunstancias. Por ejemplo, el día de Difuntos, en la primera Misa de un sacerdote, etc.
 
 
Parcial
 
Dentro de las condiciones generales descritas arriba, el fiel ganará indulgencia parcial cada vez que rece la oración o lleve a cabo la obra prescrita, con corazón contrito.
 
Por lo tanto, puede ganársela un indefinido número de veces al día, dependiendo solamente de su empeño.
 
Recibe indulgencia parcial:
 
1 – Quien, en el cumplimiento de sus deberes y en la tolerancia de las aflicciones de la vida, eleva su corazón a Dios con humilde confianza y añade una piadosa invocación, aun breve y mentalmente.
 
Por ejemplo, “Creo” – “Dios mío” – “En Vos confío”. Cualquiera puede repetir una invocación como esa más de mil veces en un solo día…
 
2 – Quien, con espíritu de fe y corazón misericordioso, hace un sacrificio al servicio de los hermanos que sufren por la falta de lo necesario. Así, darle alimento o ropa a un pobre, visitar a un enfermo, consolar a los que sufren, enseñarle a rezar a alguien, llevar de vuelta a las actividades parroquiales a algún católico no-practicante, etc., son ejemplos de buenas obras al servicio de los hermanos necesitados.
 
3 – Quien se abstiene de algo lícito y agradable con espontáneo espíritu de penitencia. Pueden ser actos muy sencillos, como dejar de comer una fruta, etc.
 
4 – Hay también un gran número de oraciones y actos enriquecidos con indulgencia parcial: todas las letanías aprobadas por la autoridad competente, el Credo, el Magnificat, la Salve, el Acordaos, el Salmo 50 (Señor, ten piedad), la señal de la cruz, la comunión espiritual, etc.
 
Recibe también indulgencia parcial el fiel que usa objetos de piedad (rosario, crucifijo, escapulario, medalla) benditos por cualquier sacerdote o diácono.
 
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Las tres Avemarias

En rezar tres veces el Avemaría a la Santísima Virgen, Madre de Dios y Señora nuestra, bien para honrarla o bien para alcanzar algún favor por su mediación.
¿Cuál es el fin de esta devoción?

Honrar los tres principales atributos de María Santísima, que son:

1.- El poder que le otorgó Dios Padre por ser su Hija predilecta.
2.- La sabiduría con que la adornó Dios Hijo, al elegirla como su Madre.
3.- La misericordia con que la llenó Dios Espíritu Santo, al escogerla por su Inmaculada Esposa.
De ahí viene que sean tres las Avemarías a rezar y no otro número diferente.

¿Cuál es la forma de rezar las tres Avemarías? 

“María Madre mía, líbrame de caer en pecado mortal.

1. Por el poder que te concedió el Padre Eterno

Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

2. Por la sabiduría que te concedió el Hijo.

Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

3. Por el Amor que te concedió el Espíritu Santo

Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

¡Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre por los
siglos de los siglos. Amén!”

¿Cuál es el origen de la devoción de las tres Avemarías?

Santa Matilde, religiosa benedictina, suplicó a la Santísima Virgen que la asistiera en la hora de la muerte. La Virgen María le dijo lo siguiente: “Sí que lo haré; pero quiero que por tu parte me reces diariamente tres Avemarías. La primera, pidiendo que así como Dios Padre me encumbró a un trono de gloria sin igual, haciéndome la más poderosa en el cielo y en la tierra, así también yo te asista en la tierra para fortificarte y apartar de ti toda potestad enemiga. Por la segunda Avemaría me pedirás que así como el Hijo de Dios me llenó de sabiduría, en tal extremo que tengo más conocimiento de la Santísima Trinidad que todos los Santos, así te asista yo en el trance de la muerte para llenar tu alma de las luces de la fe y de la verdadera sabiduría, para que no la oscurezcan las tinieblas del error e ignorancia. Por la tercera, pedirás que así como el Espíritu Santo me ha llenado de las dulzuras de su amor, y me ha hecho tan amable que después de Dios soy la más dulce y misericordiosa, así yo te asista en la muerte llenando tu alma de tal suavidad de amor divino, que toda pena y amargura de muerte se cambie para ti en delicias.”

Y esta promesa se extendió en beneficio de todos cuantos ponen en práctica ese rezo diario de las tres Avemarías.

¿Cuáles son las promesas de la Virgen a quienes rezasen diariamente las tres avemarías?

Nuestra Señora prometió a Santa Matilde y a otras almas piadosas que quien rezara diariamente tres avemarías, tendría su auxilio durante la vida y su especial asistencia a la hora de la muerte, presentándose en esa hora final con el brillo de una belleza tal que con sólo verla la consolaría y le transmitiría las alegrías del Cielo.

María renueva su promesa de protección:

Cuando Sor María Villani, religiosa dominica (siglo XVI), rezaba un día las tres Avemarías, oyó de labios de la Virgen estas estimulantes palabras:

“No sólo alcanzarás las gracias que me pides, sino que en la vida y en la muerte prometo ser especial protectora tuya y de cuantos como tú PRACTIQUEN ESTA DEVOCIÓN”

También dijo la Santísima Virgen: “La devoción de las tres Avemarías siempre me fue muy grata… No dejéis de rezarlas y de hacerlas rezar cuanto podáis. Cada día tendréis pruebas de su eficacia…”

Fue la misma Santísima Virgen la que dijo a Santa Gertrudis que “quien la venerase en su relación con la Beatísima Trinidad, experimentaría el poder que le ha comunicado la Omnipotencia del Padre como Madre de Dios; admiraría los ingeniosos medios que le inspira la sabiduría del Hijo para la salvación de los hombres, y contemplaría la ardiente caridad encendida en su corazón por el Espíritu Santo”.

Refiriéndose a todo aquel que la haya invocado diariamente conmemorando el poder, la sabiduría y el amor que le fueron comunicados por la Augusta Trinidad, dijo María a Santa Gertrudis que, “a la hora de su muerte me mostraré a él con el brillo de una belleza tan grande, que mi vista le consolará y le comunicará las alegrías celestiales”.

¿Cuál es el fundamento de esta devoción?
La afirmación católica de que la Santísima Virgen poseyó, en el más alto grado posible a una criatura, los atributos de poder, sabiduría y misericordia.

Esto es lo que enseña la Iglesia al invocar a María como Virgen Poderosa, Madre de Misericordia y Trono de Sabiduría.

PARA REFORZAR ESTA DEVOCIÓN CONTAMOS UN BELLO TESTIMONIO DE FE 

En un país situado detrás del «telón de acero», en el que, en los primeros meses del año 1968, se recrudeció la persecución religiosa, uno de los Obispos allí radicados recibió una misiva comunicándole confidencialmente que se preparaba un atentado contra su vida, por lo cual debía huir sin pérdida de tiempo y ocultarse.

Obedeciendo la consigna recibida, el aludido señor Obispo salió de su residencia vestido de aldeano y huyó a campo traviesa, caminando durante todo un día, alcanzándole la noche, divisando una amplia vega.

Aprovechando la oscuridad, se aproximó a una casa que vio poco distante y pidió a sus habitantes le permitiesen descansar unas horas sentado en una silla.

Los ocupantes de la casa -un matrimonio con varios hijos pequeños- acogieron la petición de hospedaje del que consideraron labriego viajero, pero no sólo le ofrecieron silla, sino que le hicieron cenar con ellos y luego le acomodaron en una habitación con buena cama.

Durante la cena, como notase el huésped gran preocupación y visible tristeza en el matrimonio, no pudo silenciar su observación y preguntó el motivo de tal inquietud y congoja; informándosele entonces de que el anciano padre de uno de ellos no había podido sentarse a la mesa porque estaba enfermo de mucha gravedad desde hacía unos días, y aunque le insistían cariñosamente para que hiciera conveniente preparación para la muerte, por si el momento de ésta sobreviniera, él les contestaba que todavía no iba a morirse, y, por tanto, no se preparaba…

Hubo unos breves comentarios del caso, pero ninguno se atrevió a hacer mención del aspecto religioso del asunto.

Retirados a descansar todos y transcurrida la noche, se dispuso el visitante y huésped a proseguir su camino; y al despedirse y dar gracias a quienes con tanta amabilidad le habían tratado, preguntó si le permitían saludar al viejecito enfermo, para comprobar el estado actual de su dolencia, a lo que, gustosamente, se accedió y le acompañaron.

Una vez el labriego junto al anciano, y luego de una corta conversación afectuosa, éste último, adoptando un gesto y tono decidido, dijo: «Mire usted, yo sé que estoy muy malo y que ya no me restableceré; pero, también sé que por ahora no moriré».

Al oírle hablar tan seguro, todos sonrieron al enfermo. Y ante aquellas sonrisas, añadió éste: «Se ríen porque he dicho que tengo la seguridad de que no voy a morir por ahora… Pues bien; lo repito. ¿Y sabe usted por qué?… Mire, yo no sé quién es usted, ni cómo piensa, pero como en la situación en que estoy ya no temo a nadie, le voy a decir la verdad: Mi seguridad se apoya en que soy católico; los años de persecución religiosa no me han quitado la fe; y todos los días he rezado, y rezo, las Tres Avemarías, pidiéndole a la Virgen María que, a la hora de la muerte, esté asistido por un sacerdote que prepare mi alma para el tránsito, y usted comprenderá que habiéndole rogado tantas veces a la Santísima Virgen eso, la Virgen no consentirá que yo muera sin un sacerdote a mi lado; y como no lo tengo, por eso estoy tan seguro de que por ahora no me muero».

Emocionado el labriego por aquella declaración del ancianito, le tomó la mano y le dijo: «Esa gran fe que ha conservado, y esa súplica diaria a la Madre de Dios, rezándole las tres Avemarías, han atraído el favor del Cielo y ha sido la Providencia la que me dirigió hasta aquí… No es un sacerdote lo que la Virgen le manda, sino a su Obispo de usted… Porque yo soy el Obispo de esta Diócesis, que va hacia el exilio»

La impresión, y al propio tiempo el gozo, del anciano y sus hijos fue enorme. Tan grande, que no sabían cómo expresar su asombro y su reverencia…

Seguidamente, el señor Obispo realizó las confesiones, ofició la Santa Misa en la habitación del enfermo, y les dio a todos la comunión; dejando al viejecito espiritualmente dispuesto para emprender su postrer viaje con término en el Cielo…

Viaje que tuvo lugar dos días después de aquella Misa excepcional.”

Joaquin y Ana

Tribulaciones de Pablo y exhortación a la santidad
2Co 6,1-7,1
Hermanos: Secundando su obra, os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios, porque él dice: «En tiempo favorable te escuché, en día de salvación vine en tu ayuda»; pues mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación. 
Para no poner en ridículo nuestro ministerio, nunca damos a nadie motivo de escándalo; al contrario, continuamente damos prueba de que somos ministros de Dios con lo mucho que pasamos: luchas, infortunios, apuros, golpes, cárceles, motines, fatigas, noches sin dormir y días sin comer; procedemos con limpieza, saber, paciencia y amabilidad, con dones del Espíritu y amor sincero, llevando la palabra de la verdad y la fuerza de Dios. Con la derecha y con la izquierda empuñamos las armas de la justicia, a través de honra y afrenta, de mala y buena fama. Somos los impostores que dicen la verdad, los desconocidos conocidos de sobra, los moribundos que están bien vivos, los penados nunca ajusticiados, los afligidos siempre alegres, los pobretones que enriquecen a muchos, los necesitados que todo lo poseen. 
Nos hemos desahogado con vosotros, corintios, sentimos el corazón ensanchado. Dentro de nosotros no estáis encogidos, sois vosotros los que estáis encogidos por dentro. Pagadnos con la misma moneda, os hablo como a hijos, y ensanchaos también vosotros. 
No os unzáis al mismo yugo con los infieles: ¿qué tiene que ver la justicia con la maldad?, ¿puede unirse la luz con las tinieblas?, ¿pueden estar de acuerdo Cristo y el diablo?, ¿van a medias el fiel y el infiel?, ¿son compatibles el templo de Dios y los ídolos? Porque nosotros somos templo del Dios vivo; así lo dijo él: «Habitaré y caminaré con ellos; seré su Dios y ellos serán mi pueblo.» Por eso, salid de en medio de esa gente, apartaos, dice el Señor. No toquéis lo impuro, y yo os acogeré. Seré un padre para vosotros, y vosotros para mí hijos e hijas, dice el Señor omnipotente. 
Estas promesas tenemos, queridos hermanos; por eso, limpiemos toda suciedad de cuerpo o de espíritu, para ir completando nuestra consagración en el temor de Dios.

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Por sus frutos los conoceréis

San Juan Damasceno, obispo
(Sermón 6, Sobre la natividad de la Virgen María, 2.4.5.6 PG 96,663.667.670)
Ya que estaba determinado que la Virgen Madre de Dios nacería de Ana, la naturaleza no se atrevió a adelantarse al germen de la gracia, sino que esperó a dar su fruto hasta que la gracia hubo dado el suyo. Convenía, en efecto, que naciese como primogénita aquella de la había de nacer el primogénito de toda la creación, en el cual todo se mantiene. 
¡Oh bienaventurados esposos Joaquín y Ana! Toda la creación os está obligada, ya que por vosotros ofreció al Creador el más excelente de todos los dones, a saber, aquella madre casta, la única digna del Creador. 
Alégrate, Ana, la estéril, que no dabas a luz, cantar de júbilo, la que no tenías dolores. Salta de gozo, Joaquín, porque de tu hija un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado, y será llamado: «Ángel del gran de designio» de la salvación universal, «Dios guerrero». Este niño es Dios. 
¡Oh bienaventurados esposos Joaquín y Ana, totalmente inmaculados! Sois conocidos por el fruto de vuestro vientre, tal como dice el Señor: Por sus frutos los conoceréis. Vosotros os esforzasteis en vivir siempre de una manera agradable a Dios y digna de aquella que tuvo en vosotros su origen. Con vuestra conducta casta y santa, ofrecisteis al mundo la joya de la virginidad, aquella que había de permanecer virgen antes del parto en el parto y después del parto; aquella que, de un modo único y excepcional, cultivaría siempre la virginidad en su mente, en su alma y en su cuerpo. 
¡Oh castísimos esposos Joaquín y Ana! Vosotros, guardando la castidad prescrita por la ley natural, conseguisteis, por la gracia de Dios, un fruto superior a la ley natural, ya que engendrasteis para el mundo a la que fue madre de Dios sin conocer varón. Vosotros, comportándoos en vuestras relaciones humanas de un modo piadoso y santo, engendrasteis una hija superior a los ángeles, que es ahora la reina de los ángeles. ¡Oh bellísima niña, sumamente amable! ¡Oh hija de Adán y madre de Dios! ¡Bienaventuradas las entrañas y el vientre de los que saliste! ¡Bienaventurados los brazos que te llevaron, los labios que tuvieron el privilegio de besarte castamente, es decir, únicamente los de tus padres, para que siempre y en todo guardaras intacta tu virginidad! 
Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad. Alzad fuerte la voz, alzadla, no temáis.

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Avui considerem una paràbola que és ocasió per a referir-nos a la vida de la comunitat on s'hi barregen, contínuament, el bé i el mal, l'Evangeli i el pecat. L'actitud lògica seria liquidar aquesta situació, tal com ho pretenen els servents: «¿Vols que anem a arrencar el jull?» (Mt 13,28). Però la paciència de Déu és infinita, espera fins al darrer moment —com un pare bo— la possibilitat del canvi: «Deixeu que creixin junts fins al temps de la sega» (Mt 13,30).

Una realitat ambigua i mediocre, però en ella hi creix el Regne. Es tracta de sentir-nos cridats a descobrir els senyals del Regne de Déu per tal de potenciar-lo. I, d'una altra banda, no afavorir res que ajudi a conformar-nos en la mediocritat. Nogensmenys, el fet de viure en una barreja de bé i mal no ha d'impedir l'avenç en la nostra vida espiritual; el contrari seria convertir el nostre blat en jull. «Senyor, ¿no vas sembrar bona llavor en el teu camp? D'on ha sortit, doncs, el jull?» (Mt 13,27). És impossible créixer d'una altra manera, ni podem cercar el Regne en cap altre lloc que no sigui en aquesta societat en la que vivim. La nostra tasca serà fer que neixi el Regne de Déu.

L'Evangeli ens convida a no atorgar crèdit als “purs”, a superar els aspectes de puritanisme i d'intolerància que hi puguin haver en la comunitat cristiana. Fàcilment es donen actituds d'aquest tarannà en totes les col·lectivitats, per més sanes que intentin ser. Abocats a un ideal, tots tenim la temptació de pensar que uns ja l'hem assolit, i que d'altres es troben lluny. Jesús constata que tots estem en camí, absolutament tots.

Vigilem per a no deixar que el maligne es fiqui en les nostres vides, cosa que succeeix quan ens acomodem al món. Deia santa Àngela de la Creu que «no s'ha de donar oïda a les veus del món, que arreu es fa això o allò; nosaltres sempre el mateix, sense inventar variacions, i seguint la manera de fer les coses, que són com un tresor amagat; són les que ens obriran les portes del cel». Que la Mare de Déu ens concedeixi acomodar-nos només a l'amor.
P.Manuel Sánchez Sánchez

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“Mirad: Vosotros os fiáis de palabras engañosas que no sirven de nada”. Hablaba ayer con un amigo que me confesaba su falta de fe. En un primer momento intenté persuadirle de que ese tipo de consideraciones se debían al cansancio y a la necesidad de unas buenas vacaciones. Él volvió a insistir, hasta el punto que empezaron a asomarse unas lágrimas en sus ojos, que me hablaban de lo sincero de su convencimiento. Intentando “escarbar” en las verdaderas motivaciones le insinué que, en ocasiones, nos dejamos engañar por las apariencias de determinaciones éxitos humanos hasta que llega la hora de la contradicción. Llegados a este punto, mi amigo se puso serio y me dijo: “¿Es que acaso me estás sugiriendo que hago las cosas por motivos egoístas?”.

 

Recuerdo a un sacerdote anciano, años atrás, que asegurándome de la inexistencia de recetas para ser santo, me dijo que, ante momentos de oscuridad de no ver claramente si Dios era el sentido auténtico de su ministerio, tenía un sabio remedio: “Pepe (se decía así mismo), cuando seas bueno hablaremos”… y las dudas se alejaban en ese preciso instante. Esto recordaba teniendo frente a mí a ese amigo con sus “grandes” problemas de fe. Echamos la culpa a Dios de lo que corresponde únicamente a nuestro comportamiento. Hacemos fuente de nuestras creencias lo que baratamente nos ofrecen: “Eres un tipo extraordinario… lástima que malgastes tu tiempo con tantos hijos”, “Tienes todo un futuro por delante… lástima que te ate tanto tu familia”, “Tu poder de convicción podría ser mucho más útil y provechosa si no estuvieras condicionado por tu moral cristiana”… Etc.

 

Todas estas palabras engañosas “embadurnan” nuestros pensamientos, y llegamos a actuar en contra del más elemental sentido común. ¿Cuál es el problema?: que en el interior de toda mentira anida un aspecto de la verdad… pero sólo un aspecto, no toda la verdad. Y lo que más nos duele es que, confesándonos pobres, miserables y faltos de fe, nos digan que somos unos soberbios. ¡Cuánta autocompasión nos reclamamos! ¿No recuerdas las palabras de Jesús al joven rico?: “¿Por qué me llamas bueno?… sólo Dios es bueno”. Si no logramos ver en Cristo al Hijo de Dios, simplemente nos quedaremos con el “ajuar”: las flores del campo, lo espectacular de sus milagros…

 

“Dejadlos crecer juntos hasta la siega”. Decidir en aquellas cosas que sólo le corresponden a Dios tiene muchos riesgos: “no tengo fe”, “que mal me tratan”, “no hay remedio”… Nos cuesta una enormidad dejar que el tiempo de Dios actúe en nosotros. Olvidamos que la santidad no es incompatible con nuestros defectos y pecados, y nos empeñamos en construir castillos en el aire. Dios cuenta con lo que eres, y de esa manera te quiere. ¡Por supuesto que es necesaria la lucha ascética! Pero no puedes cifrar el camino hacia Dios como una realización meramente personal. Escucha: Menos autocompasión, y más acudir al sacramento de la confesión, que es donde Dios abre los brazos de su amor para que te vuelques sin temor alguno. Ya vendrá el tiempo de la siega… Mientras tanto: a ti, ¿qué?

 

La Virgen siente un respeto reverencial por la hora de Dios. Ese entrar lo divino en la historia es un misterio que nos supera, y del que no podemos apropiarnos como si fuera una golosina. Y cuando te vengan dudas de fe, respóndete como aquel anciano sacerdote: “Cuando seas bueno hablaremos”.



jueves, 24 de julio de 2014

Amor y dolor constituyen dos términos de una misma realidad

Santiago, hijo de Zebedeo y Salomé (Mc 15,40), hermano del Apóstol Juan, fue uno de los tres discípulos más cercanos a Jesús: testigo de la curación de la suegra de Pedro (Mc 1,29-31), de la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5,37-43), de la transfiguración de Cristo (Mc 9,2-8) y de la agonía de Getsemaní (Mt 26,37). 

La vocación de Santiago está relatada de forma precisa: "Caminando adelante vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y a su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando las redes, y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron" (Mt 4, 21-22). Era de temperamento fuerte, pues enfadado por el rechazo de los pueblos samaritanos a Cristo, le proponen hacer bajar fuego del cielo (Lc 9,54-56). Cristo, ante la petición materna por sus hijos, le anuncia el martirio (Mt 20,21-28). 

Vamos a contemplar en la figura del Apóstol Santiago cómo el amor verdadero se curte en el dolor y el la cruz. Sin duda, la cruz de Cristo es para nosotros el signo más evidente y claro del amor loco de Dios al hombre. 

Amor y dolor constituyen dos términos de una misma realidad. Más aún, no puede existir el uno sin el otro. Un amor que no comportara sufrimiento, renuncia, sacrificio ya de entrada sería sospechoso. Un dolor que no se viviera con amor sería asimismo estéril e inútil. Justamente o el amor abre la puerta al dolor para demostrarse auténtico y el dolor se funde en el amor para vivirse en paz, o todo suena a patraña y a mentira. De hecho, cuando levantamos los ojos a la Cruz de Cristo, es cierto que vemos a un crucificado, pero sobre todo vemos en la Cruz el amor loco de Dios por nosotros. A través del dolor de Cristo comprendemos ese amor personal e infinito que nos tiene. Si en la cruz no hubiera amor, sería simplemente una estupidez. Por eso, como dice S. Pablo, la cruz es Aescándalo para los judíos , necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios@ (1 Cor 1, 23-24). 


Al hombre de hoy de siempre la Cruz se le presenta como una realidad que inspira temor y rechazo. La sociedad siempre nos está prometiendo una vida fácil, cómoda, agradable, en la medida de lo posible ajena al sacrificio, al esfuerzo, al dolor. Por eso nos resulta tan difícil escoger el camino de Dios, y tan fácil seguir el derrotero del mundo. Sin embargo, la realidad es que nadie puede escapar a la presencia de la cruz y del dolor. Hay mucho tipo de cruces: cruces de todos los tamaños y de todos los colores, cruces más sangrantes y más profundas, cruces más llamativas y más calladas. El destino del hombre sobre la tierra pasa por la cruz en su camino hacia Dios. Si es inútil el querer escapar de su presencia; es todavía más bochornoso el vivir la cruz sin esperanza, sin amor, porque entonces la cruz amarga la vida y produce rebeldía. 

El amor se convierte, por ello, en la única respuesta válida a todos los sacrificios, sufrimientos, luchas y trabajos del hombre. No se puede evitar la cruz en cualquiera de sus formas, pero siempre se puede vivirla con amor para darle sentido. Si esto se entendiera, los seres humanos verían en las dificultades de la vida, cualquiera de ellas, una forma de amor. Los problemas cotidianos de un matrimonio son ocasiones maravillosas para demostrarse un amor genuino y auténtico; los sufrimientos por los hijos se transforman en modos de amor más profundos que el simple cariño; los esfuerzos que exige la fe adquieren para ella el brillo de la autenticidad y de la verdad; el sacrificio en el seguimiento de Dios nos demuestra que Dios es demasiado grande y maravilloso para nosotros. Hay que sospechar generalmente de realidades que no cuestan, de matrimonios que no cuestan, de evangelios que no cuestan, de pertenencias a la Iglesia que no cuestan, de amores que no cuestan. 

El dolor es, pues, la garantía del verdadero amor. Sólo es capaz de sufrir el que ama. Contemplamos así la vida de tantas personas que en el silencio de sus vidas, día a día, es el amor el que las impulsa a ir adelante, a pesar de todo y contra todo. Van adelante en su vida espiritual, aunque les atenace la sequedad; se humillan en el matrimonio esperando mejores momentos para solucionar las crisis; rezan con confianza a Dios cuando los hijos están pasando por momentos especialmente complicados; perseveran en las decisiones buenas, aunque a veces parezca que carecen de fuerza para seguir adelante. Sería extrañísimo e incluso desilusionador el amar sin tener que sufrir. Mas aun, el que ama se complace en el sufrir por aquél a quien ama. Hay santos que del cielo lo único que no les gusta es el no poder sufrir ya. 

El Evangelio a través de dos evangelistas nos refiere de forma parecida, pero con matices diversos, una simpática escena en la que se pide para Santiago y Juan, su hermano, un lugar privilegiado en el Reino de Cristo. En Mt 20,21-28 es la madre de éstos, Salomé, quien eleva esta petición a Cristo. Y en Mc 10, 35-45 son ellos mismos directamente quienes hacen esta petición. Jesús en ambos relatos les dice que no saben lo que están pidiendo y les lanza esa misteriosa pregunta si pueden beber del cáliz que él va a beber. Ellos afirman que sí. Pero Jesús les anuncia que efectivamente van a beber el cáliz, pero respecto al sitio a su derecha e izquierda es para aquellos para quienes esté preparado. 

"Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda" (Mc 10, 37). No hay duda de que es el amor el que impulsa a estos dos hermanos a pedirle a Cristo un privilegio tan extraordinario. Por el carácter apasionado, al menos de Santiago, suena lógico que quisiera estar cerca del Maestro en su gloria. El amor empuja hacia el amado de una forma irresistible. Sin embargo, para Santiago en este momento todavía el amor es un sentimiento, un impulso, una inclinación. 

Es bello, pero no ha sido probado por el dolor. Aunque posteriormente se enfaden los demás por esta petición tan osada, no hay que quitarle valor a este deseo de los dos hermanos. Y Cristo la comprende. ¿Quién de los Apóstoles no desearía algo tan maravilloso? A Santiago no le bastaba la cercanía; quería la intimidad, la posesión, la totalidad. 

"¿Podéis beber la copa que yo voy a beber o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?" (Mc 10, 38). Cristo enseguida trata de hacerle comprender con esta dura pregunta que para poder decir que se ama es necesario decirlo con el dolor. Si quiere de veras amarlo a Él, estar cerca de Él, compartir todo con Él, tendrá que beber su cáliz, cáliz que es Getsemaní, cáliz que es la muerte en la Cruz, cáliz que es la renuncia total a sí mismo. De esta forma Cristo toca la verdad más hermosa del amor: no se puede amar, cuando el amor no cuesta, o también el dolor es el modo más genuino y auténtico de amar. Seguramente en la vida es así: hasta que el amor no ha sido purificado por el dolor, no se puede decir que se ama en serio. 

"Sí, podemos" (Mc 10,39). Del corazón decidido y generoso de Santiago salen estas palabras que confirman por un lado que ha entendido lo que el Maestro le ha enseñado acerca del amor a él y por otro que está dispuesto a seguir la suerte del Maestro hasta donde sea necesario, incluida la muerte. Jesús le confirma que efectivamente va a beber la copa que él va a beber y a ser bautizado con ese bautismo de sangre que será su muerte, pero le anuncia que sentarse a su derecha o a su izquierda no puede él concederlo. De alguna manera, todavía Cristo le orienta hacia un amor desprendido. El premio del que ama sólo es amar. Así el amor llega a su plenitud. Si se muere por él, no es para conseguir un lugar privilegiado en su Reino, sino simplemente para poder demostrar el grado de amor que invade su corazón, pues "no hay mayor amor que dar la vida por los amigos". 

Para nosotros cristianos se convierte en una prioridad absoluta el aceptar la cruz y el dolor como la expresión más auténtica y genuina de nuestro amor a Dios, de nuestro amor a los demás y de nuestro amor a nosotros mismos. En todos estos campos se sigue realizando aquel camino de "a la luz por la cruz". Queremos que nuestro amor a Dios no se quede en meras palabras, deseamos que nuestro amor a los demás no se convierta simplemente en uso de los demás para nuestro egoísmo, pretendemos crecer como personas en el bien auténtico, tenemos que aceptar la cruz, amarla intensamente y vivirla en todas sus exigencias. 


Nos tenemos que convencer de que el amor a Dios no son simplemente palabras, como nos enseña Cristo. El amor a Dios nos tiene que doler, es decir, tiene que vivirse en los momentos más difíciles para nosotros: cuando sentimos la oscuridad en la fe, cuando sentimos la desgana ante las cosas espirituales, cuando nos cuesta especialmente alguna exigencia del Evangelio como el perdón o la humildad, cuando tenemos que renunciar a nosotros mismos para aceptar el misterio de Dios, cuando tenemos que doblegar nuestro racionalismo ante la evidencia de la fe, cuando tenemos que aceptar el hecho de que el perdón de los pecados se confiera a través del sacramento del perdón, cuando en la persona del Vicario de Cristo tenemos que ver a Cristo mismo, cuando en el Magisterio de la Iglesia tenemos que reconocer a Cristo Maestro que nos habla por medio de sus representantes. Cuando me cueste amar a Dios, entonces estaré afirmando que mi amor a él es auténtico. Por el contrario, tenemos que sospechar cuando el amor a Dios nos resulte fácil, cómodo, tranquilo. Entonces no estaremos amando a Dios, sino buscándonos a nosotros mismos. 

Y, ¿qué decir del amor a los demás? La esencia del amor es darse y entregarse, lo cual va en contra necesariamente de esa tendencia tan habitual en el hombre que es el egoísmo. Cada acto de amor es como una renuncia a uno mismo, lo cual se experimenta como dolor, aunque el amor sea capaz de darle un hermoso sentido. Por ello, tenemos que decidirnos a pasar por encima de nuestro egoísmo, aunque nos duela, cuando en casa nos resulte complicado sacrificarnos por los hijos o salir de nuestro mundo para entrar en contacto con el mundo de la mujer, cuando en el mundo profesional sintamos ganas o deseos de complicar la vida a cualquier precio a quienes compiten contra nosotros, cuando en la vida diaria sentimos que otros han pisoteado nuestros sentimientos y nos encontramos dolidos, cuando tenemos que mortificar nuestra lengua o nuestro pensamiento para no caer en el juicio temerario o en la crítica frívola, cuando hay que levantarse de la comodidad para servir y colaborar. Es natural que el amor a los demás esté hecho de renuncias propias, es decir, de gotas de dolor que, en este caso, sólo embellecen la propia vida. 

Y finalmente, el amor verdadero a uno mismo tiene que aliarse con el dolor. Generalmente, porque nos atenaza la comodidad y no queremos sufrir, nos privamos a nosotros mismos de grandes posibilidades. No cultivamos nuestra mente, porque nos cuesta leer y formarnos, no desarrollamos los talentos que Dios ha depositado en nosotros, porque afirmamos que la vida en sí misma es ya muy complicada, no cuidamos muchas veces hasta nuestra misma salud porque no queremos renunciar a nuestros gustos y caprichos. Amarse correctamente a uno mismo es disponerse a luchar y a sufrir con el objetivo de crecer como persona, pasando por encima de criterios de comodidad y de pereza. En cambio, el amor a nosotros mismos, que nos destruye, es ese amor que nos lleva a buscar en cada momento lo fácil, lo barato, lo vulgar, en todo lo cual no hay renuncia, sacrificio, esfuerzo. 


La Cruz de Cristo se ha convertido a lo largo de los siglos en ese monumento, visible desde todas partes, del amor loco de Dios al hombre. Pero sería triste que la Cruz sólo suscitara en nosotros admiración. La Cruz debe inspirar seguimiento. La Cruz con Cristo para nosotros se convierte en camino de salvación y de progreso espiritual. La Cruz nos es necesaria en la vida para poder autentificar el amor a Dios. La Cruz nos es fundamental en la vida para poder demostrar a los demás la sinceridad de nuestro amor. La Cruz nos es clave en la vida para poder salvarnos y ser felices en nuestro peregrinar por la tierra. Dígamosle a Cristo con las palabras de Santiago Apóstol que queremos bebe el cáliz que él va a beber y ser bautizados con el bautismo que él va a ser bautizado. 
P.juan.j.ferrán


1. Historia y Leyenda de Santiago en España

1.1 ¿Por qué se asocia el apóstol Santiago, llamado en la Biblia "el mayor" con España? Hay una página (http://www.red2000.com/spain/santiago/1histor.html) que nos lo explica.

1.2 En el Noroeste de España, en la céltica y verde Galicia, a la que los romanos llamaron "Finis Terrae", por ser el extremo más occidental del mundo hasta entonces conocido, cuenta la tradición que estuvo el Apóstol Santiago, como llaman los españoles a Jacob el hijo de Zebedeo y hermano de Juan el Evangelista.

1.3 Cuentan las confusas narraciones de los primeros años de la cristiandad que a él le fueron adjudicadas las tierras españolas para predicar el Evangelio, y que en esta tarea llegó hasta la desembocadura del río Ulla. Sin embargo con poco éxito y escaso número de discípulos, decidió su vuelta a Jerusalén.

1.4 Cuando regresó a Palestina, en el año 44, fue torturado y decapitado por Herodes Agripa, y se prohibió que fuese enterrado. Sin embargo sus discípulos, en secreto, durante la noche trasladaron su cuerpo hasta la orilla del mar, donde encontraron una barca preparada para navegar pero sin tripulación. Allí depositaron en un sepulcro de mármol el cuerpo del apóstol que llegaría tras la travesía marítima, remontando el río Ulla hasta el puerto romano, en la costa Gallega, de Iria Flavia, la capital de la Galicia romana. Allí enterraron su cuerpo en un compostum o cementerio en el cercano bosque de Liberum Donum, donde levantaron un altar sobre el arca de mármol.

1.5 Tras las persecuciones y prohibiciones de visitar el lugar, se olvidó la existencia del mismo, hasta que en el año 813 el eremita Pelayo observó resplandores y cánticos en el lugar. En base a este suceso se llamaría al lugar Campus Stellae, o Campo de la Estrella, de donde derivaría al actual nombre de Compostela.

1.6 El eremita advirtió al obispo de Iria Flavia, Teodomiro, quien después de apartar la maleza descubrió los restos del apóstol identificados por la inscripción en la lápida. Informado el Rey Alfonso II del hallazgo, acudió al lugar y proclamó al apóstol Santiago patrono del reino, edificando allí un santuario que más tarde llegaría a ser la Catedral. A partir de esta declaración oficial los milagros y apariciones se repetirían en el lugar, dando lugar a numerosas historias y leyendas destinadas a infundir valor a los guerreros que luchaban contra los avances del Al-Andalus y a los peregrinos que poco a poco iban trazando el Camino de Santiago.

1.7 Una de ellas narra como Ramiro I, en la batalla de Clavijo, venció a las tropas de Abderramán II ayudado por un jinete sobre un caballo blanco que luchaba a su lado y que resultó ser el Apóstol. A partir de entonces surgió el mito que lo convirtió en patrón de la reconquista.

1.8 A partir del s. XI Santiago ejerció una fuerte atracción sobre el cristianismo europeo y fue centro de peregrinación multitudinaria, al que acudieron reyes, príncipes y santos.

1.9 En los s. XII y XIII, época en que se escribió el "Códice Calixtino"; primera guia del peregrino, la ciudad alcanzó su máximo esplendor. El Papa Calixto II concedió a la Iglesia Compostelana el "Jubileo Pleno de del Año Santo" y Alejandro III lo declaró perpetuo, convirtiendose Santiago de Compostela en Ciudad Santa junto a Jerusalén y Roma. El Año Santo se celebra cada vez que la festividad del Apóstol, el 25 de Julio, cae en Domingo.

2. ¿Quién era Santiago, el Mayor?

2.1 El apóstol que la tradición cristiana llama Santiago el Mayor era uno de los dos hijos de Zebedeo y Salomé; su hermano fue Juan el Evangelista, también apóstol.

2.2 Invitado por Jesús "junto a su hermano e inmediatamente después de Pedro y Andrés- a hacerse “pescador de hombres", fue uno de los apóstoles que tuvo una relación más íntima y cercana con el hijo de Dios.

2.3 Le acompañó en los primeros días de la difusión de la palabra; estuvo presente en el Monte de los Olivos recibiendo de los labios de Jesús el anuncio de la destrucción del templo de Jerusalén, de la completa ruina de la ciudad y de las catástrofes que precederán al final de los tiempos; y fue testigo de la última aparición de Jesús en Galilea tras su resurrección.

2.4 Murió, entre los años 41 y 44, decapitado por orden de Herodes Agripa I, cuando el rey de los judíos, en un intento postrero e inútil de conseguir la confianza de Roma, intensificó la persecución de las primeras comunidades cristianas.

2.5 Según la tradición, a la muerte de Jesús los apóstoles se repartieron los lugares en que debían predicar, correspondiéndole a Santiago España y las regiones occidentales.

3. Significado de la vida y martirio de Santiago

3.1 La arquidiócesis de Compostela nos regala esta reflexión en el día de la solemnidad de Santiago (http://www.archicompostela.org).

3.2 Esta celebración es un momento providencial para recordar que estamos edificados sobre el cimiento de los apóstoles, que Cristo es la piedra angular y que la Iglesia. fundada por Él, iluminadora de la entraña del hombre y de la esperanza de los mortales, recibe la misión de anunciar, afirmando sin reducciones el mensaje del cristianismo, para que el hombre descubra con claridad la verdad íntima sobre el significado de su vida, de su actividad y de su muerte, y alcance la vida eterna. Es una llamada a vivir con altura espiritual y recordar el destino trascendente de nuestra naturaleza original que nos urge a buscar el porqué último de la existencia en todos los entresijos de la vida y en todas sus implicaciones, trabajando para que la sociedad sea un espacio de sincero diálogo, de pacífica convivencia, de verdadera fraternidad y de solidaridad humana.

3.3 Este esfuerzo de reflexión sobre el misterio del hombre define nuestra cultura en el intento de concretar el sentido de la vida humana y lograr el acercamiento al más grande de los misterios: el misterio de Dios. Cristo, respuesta a los interrogantes en nuestro peregrinar, nos pregunta también si somos capaces de beber su cáliz, y nos alienta a decirle: "Lo somos", porque "una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros".

3.4 Sólo la conciencia atenta y apasionada de nosotros mismos puede abrirnos de par en par la puerta para conocer, admirar, y seguir a Cristo que se ha solidarizado con la suerte y situación de cada hombre. Reconocer la presencia divina en el hombre cierra toda posibilidad a una falsa absolutización o divinización de lo humano, y a cualquier forma de pensamiento, de cultura o de política que reduzca al hombre a un medio para otros fines, obligándolo a adorar a los ídolos de este mundo.
3.5 El apóstol Santiago acreditó su compromiso con el Señor en el martirio, que sigue siendo una posibilidad en sus diferentes formas.
@fraynelson

Newton Gawkins: los diez mandamientos


Newton Gawkins: los diez mandamientos

Por lo interesante del tema, transcribimos a continuación la traducción de una conferencia del famoso pensador ateo británico N. Gawkins, pronunciada en una de las sesiones vespertinas habituales de la Asociación de Librepensadores Ateos de Charing Cross.

El profesor Gawkins es catedrático titular de Pensamiento Crítico y Enología en la Universidad de Nothingham y doctor honoris causa en Materialismo Sinestésico por la Universidad de Anchorage. Además, es el autor de la conocida trilogía de libros El fontanero sordo, Los ateos siempre tienen razón y No me creo nada, que ha contribuido enormemente a popularizar el ateísmo en la sociedad británica.
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El tema de hoy, estimados colegas y amigos, resulta particularmente relevante en nuestra lucha, casi podría decir nuestra cruzada [risas], contra la superstición cristiana.
Durante siglos, milenios incluso, los cristianos han asumido un aire de superioridad moral, una insufrible suficiencia y una vomitiva actitud de soy-más-santo-que-tú, basada, precisamente, en los diez mandamientos. Como sí, de alguna forma, hubiesen inventado ellos la moral o sólo siendo cristiano fuera posible comportarse decentemente. Y, además, tienen la desfachatez de decir que la validez de esos diez mandamientos es universal y que se encuentran en el corazón de todos los hombres, como si ellos pudieran saber lo que hay en nuestro interior y como si en nuestro interior hubiera algo que no sean vísceras, huesos y sangre.
Pues bien, es hora de decir ¡basta! [Voces de “¡Sí!” y “Eso, eso”]. Las cosas no pueden y no deben seguir así. No podemos soportar ni un momento más que los cristianos sigan monopolizando la moral. ¡No pasarán! [en español en el original].
Debemos dejar claro, por un lado, que un ateo puede ser tan decente, respetable y moralmente ejemplar como un cristiano, aunque nosotros no vayamos pregonándolo por ahí como hacen otros. Y a la vez, debemos explicar al mundo que no existe una moral de validez universal que permita juzgar el comportamiento de los demás seres humanos. Sobre estos dos sólidos pilares se basa nuestro pensamiento moral.
Una vez que hemos dejado clara nuestra postura como ateos, vamos a analizar la pretensión de los cristianos. De forma racional, por supuesto, sin dogmatismos. Así pues, ¿qué valor pueden tener esos diez mandamientos?
En primer lugar, es absurdo hablar de “mandamientos”. No sólo porque el Dios que manda esos mandamientos no existe, sino también porque no tiene ningún valor hacer algo por miedo al infierno. Ya Kant demostró que una moral basada en la heterotropía no tiene ningún sentido y es propia de sociedades atrasadas, agropecuniarias y ancladas en el pasado.
El actuar moral debe salir de dentro del ser humano, espontáneamente y sin esfuerzo. Una moral basada en la obligación no tiene ningún mérito, de modo que tenemos que deducir necesariamente que todas las supuestas “buenas acciones” cometidas por los “santos” a lo largo de los siglos carecen de valor, ya que únicamente las realizaban por un interesado deseo del premio del cielo o por un cobarde miedo al castigo del infierno. Así pues, podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que no hay una sola acción de la que puedan enorgullecerse los cristianos en toda la historia de la Humanidad. Más aún, la lógica más elemental nos indica que sólo los ateos pueden considerarse verdaderas personas morales.
Además, resulta tremendamente sospechoso que los mandamientos cristianos sean justamente diez. ¿Por qué diez? ¿Por qué no siete, quinientos veinticinco o π/2? Un número tan redondo como el diez huele a algo falso y compuesto ad hoc para engañar a las masas. Cualquiera que haya contado con el beneficio de una educación moderna sabe que la verdad nunca es tan concreta y tan clara, sino más bien algo difuso, que nunca llega a entenderse bien y que cambia a cada momento. Sólo a los cristianos podría ocurrírseles hablar de la luz de la verdad, cuando más bien habría que hablar de la penumbra de la verdad o incluso de la oscuridad de la verdad.
No podemos olvidar, por supuesto, la antigüedad de los diez mandamientos. Existen, parece ser, desde hace más de tres mil años (cuando ese supuesto Moisés, que probablemente no es más que un personaje literario, supuestamente los recibió de Dios). Una antigüedad así arroja serias dudas sobre su validez. En una época de cambios vertiginosos, como la nuestra, es imposible tomarse en serio la pretensión de que una norma moral dure un centenar de años y mucho menos miles de ellos.
¿Quién va a defender que unos pastores nómadas semianalfabetos y supersticiosos de hace tres milenios pueden tener la misma moral que un hombre culto actual? ¿Acaso hay algo en común entre un ignorante israelita primitivo y un moderno experto en sinestesia materialista como yo, por ejemplo? La moral tiene que ser cambiante, de manera que pueda adaptarse a los nuevos paradigmas de cada época, a la vez que nos permite mirar a las épocas pasadas con una satisfactoria sensación de superioridad.
Otro día trataremos en detalle cada una de esas normas morales arbitrarias, absolutistas e irrefragables con detalle. Sin embargo, basta un mero vistazo rápido para que resulte evidente su falta de sustancia y su inadecuación para nuestro tiempo. “Amarás a Dios sobre todas las cosas”. Je, Je. Un mandamiento dado por un Dios que no existe, a una persona que nunca existió, para mandarle amar a ese Dios que no existía. Es decir, una receta perfecta para vivir fuera de la realidad y, por lo tanto, para condenar a la extinción a cualquier grupo que la practique, según la supervivencia darwiniana del más apto. Además de ser, como hemos dicho, algo vetusto y anticuado, con miles de años de antigüedad.
¿Y qué decir de “No tomarás el nombre de Dios en vano”? Un mandamiento ininteligible. Tuve que estudiarlo durante mucho tiempo hasta encontrar su significado: parece ser que se refiere a la comunión, porque las pequeñas galletas que los católicos toman al comulgar tienen escrito el supuesto “nombre secreto” de Dios, con propiedades mágicas, que no debe recibirse en vano, ya que sus sacerdotes les cobran por él abundantes cantidades de dinero.
“Sacralizarás las fiestas” es, evidentemente, una referencia al carácter fiestero y poco trabajador de los cristianos, sobre todo de los católicos. Personalmente, tengo la teoría de que la significativa similitud entre las palabras “fiesta” y “siesta” en latín (fiestharum y siestharum) no es casual, sino una muestra de que la holgazanería es, en realidad, el valor fundamental del catolicismo, que origina y explica todo lo demás.
Tampoco “Honrarás a tu padre y a tu madre” puede ser un mandamiento válido para nuestra época. Ya Freud, ese maestro y hombre ejemplar, descubrió que, precisamente, el fundamento del progreso y de la madurez es “matar al padre”, así que el verdadero mandamiento debería ser “Matarás a tu padre y a tu madre”. Dejemos claro, estimados compañeros, que no nos referimos a matar literalmente al padre y a la madre, aunque seguro que los católicos nos lo echarán en cara [risas]. Les aseguro que mi padre está vivito y coleando, en un confortable asilo de ancianos de las afueras. Matar al padre en el sentido freudiano consiste, simplemente, en ir más allá de lo antiguo, ya sea la sujeción al padre, a la autoridad de la tradición o a una supuesta verdad absoluta, para avanzar siempre más allá, hacia lo que me gusta imaginar como “el inimaginable y penumbroso espacio sin fin del futuro último para el ser transhumano”.
Resulta ridículo, por otra parte, que la Iglesia Católica se atreva a proclamar “No matarás” como un mandamiento, cuando todo el mundo sabe que los católicos han sido los causantes de la inmensa mayoría de los crímenes y masacres de la historia, como la aniquilación de los mayas, la brutal agresión de la Reconquista española, el genocidio armenio o las guerras del opio en China. Un historial de aniquilación que se extiende incluso a los animales, como muestra el caso de la extinción del tigre de Tasmania, cuyo último ejemplar fue sacrificado para usar su codiciada piel en las vestimentas del papa Gerardo XI. [Gritos de “¡Y quemaron a Galileo!”, ¡Abajo la inquisición!”, “¡¡¡Nazis!!!”].
Confieso que tengo cierta simpatía por los mandamientos sexto y noveno, según la numeración católica: “No cometerás actos impuros” y “No consentirás pensamientos ni deseos impuros”. No porque esté de acuerdo con ellos ciertamente, sino porque son quizá nuestro mejor aliado en la lucha contra el cristianismo. Hoy en día, nuestras filas aumentan cada segundo con cristianos que no pueden o no quieren cumplir la moral sexual cristiana y enriquecen nuestro bando con lo mejor de la sociedad actual.
¿Y qué diremos de “No codiciar los bienes ajenos”? Valiente tontería. Codiciar los bienes ajenos es la base tanto del sistema capitalista como del sistema marxista y, por lo tanto, de cualquier comprensión posible de la sociedad y la economía. Claro que tampoco podía esperarse que supiera mucho de economía un pastor judeo-egipcio de hace tres mil años, ¿no? Yo no digo que no fuera un experto en esquilar ovejas, pero en economía… [risas]. Lo mismo podríamos decir de las prohibiciones de dos actividades inofensivas como robar o mentir, que con el nombre más exacto de “contabilidad creativa” y “publicidad”, han demostrado ser tremendamente beneficiosas para la sociedad.
En fin, creo que está claro que la reputación de moralidad que los cristianos han intentado crearse es exagerada y no responde en absoluto a la realidad. Como es lógico, a lo largo de los milenios puede haber habido cristianos particulares que se hayan comportado de forma ejemplar, aunque también podemos dudarlo razonablemente, pero es innegable que la moral cristiana resulta arbitraria, difusa, dogmática, oscura, opresora, demasiado concreta y, en general, inmoral.
La verdadera moral es más complicada y, a la vez, mucho más sencilla. Me atrevo a sugerir, como ejemplo, mi propia versión del imperativo catatónico de Kant: Actúa siempre de manera que el universo impersonal y puramente material esté contento contigo. ¿Es que este imperativo racional y lógico no vale mucho más que todos los mandamientos judeocristianos, supuestamente divinos y generalmente inhumanos?
No quiero cansarles, así que voy a terminar por hoy. Nos esperan unas buenas pintas de cerveza en The pig & the pearls [“¡Sí!”, “Eso, eso”]. Sólo diré una cosa más: Los cristianos se creen importantes, ¡pero no lo son! Son como hormigas ante la apisonadora de la historia, insignificantes insectos sin ninguna relevancia. Y no descansaremos ni un segundo de nuestras vidas hasta que sus doctrinas hayan sido erradicadas de la faz de la tierra.
[Aplausos]
Bruno Moreno

Con fe no te aburrirás

Quién tiene fe nunca se aburre ! A Cristo hay que entenderle con el corazón.


Meditación del Papa Francisco 

Recordemos algunos recursos prácticos, que pueden enriquecer una predicación y volverla más atractiva. Uno de los esfuerzos más necesarios es aprender a usar imágenes en la predicación, es decir, a hablar con imágenes. A veces se utilizan ejemplos para hacer más comprensible algo que se quiere explicar, pero esos ejemplos suelen apuntar sólo al entendimiento; las imágenes, en cambio, ayudan a valorar y aceptar el mensaje que se quiere transmitir. Una imagen atractiva hace que el mensaje se sienta como algo familiar, cercano, posible, conectado con la propia vida. Una imagen bien lograda puede llevar a gustar el mensaje que se quiere transmitir, despierta un deseo y motiva a la voluntad en la dirección del Evangelio. Una buena homilía, como me decía un viejo maestro, debe contener "una idea, un sentimiento, una imagen" (S.S. Francisco, exhortación apostólica Evangelii gaudium, n. 157). 

¿Quiénes somos nosotros para que podamos conocer los misterios del Reino de Dios? Todo es don, todo es gracia, nosotros no merecemos nada por nuestras obras, es Dios el que se ha fijado en nosotros y ha querido darnos el don de la fe y de la experiencia de su amor. No podemos quedar indiferentes ante tal predilección, debemos corresponder al amor de Dios mediante el cumplimiento incondicional de su voluntad en nuestra vida ordinaria. Si nos ha hecho sus predilectos, es para que al menos nosotros podamos corresponder y amar. 

No es injusto, en efecto, que Dios regale a quien quiera. Lo que es regalo, no es debido. Si fuera debido, no sería regalo. Goce, pues, quien recibe en lo que recibe, pero no se queje de lo que no reciba.

RESPONDER .....significa eesponsabilidad !


Queridos Hermanos:
Quizá no es necesario repetir aquí, lo que hemos dicho en otras ocasiones sobre la soledad y el dolor que tuvo que vivir el Profeta Jeremías.
Verdaderamente, pocos personajes en el Antiguo Testamento reflejan con tanta claridad ese dolor de amor, que luego veremos perfectamente retratado en el Corazón de Jesucristo en su Pasión. Dolor de amor, lo llamo, porque tiene su origen exactamente en éso, en el amor, amor a Dios y amor al pueblo.
Y porque es un amor a Dios, porque es un amor tan grande a Dios, pues es también una gran ocasión de dolor, ya que cuanto mayor es el amor, mayor es el dolor. Duele ver al pueblo de Dios dándole la espalda a su Creador y Redentor.
Ese es el dolor que experimenta Jeremías. Lo describe con muchas imágenes, de muchas maneras, en ese libro que lleva su nombre. Por ejemplo, en el día de hoy: "Han dejado la fuente viva y se han cavado fuentes o cisternas secas, cisternas agrietadas, fuentes sin agua" Jeremías 2,13.
Lo mismo podríamos decir nosotros. En el documento del Sínodo de los Obispos para Europa, -ese documento que se llama "Ecclesia in Europa"-, precisamente se habla de éso, de cómo masas inmensas, poblaciones enteras, un porcentaje abrumador de cristianos, en realidad está dándole la espalda a su Creador, está dándole la espalda a Dios, está desertando. Ese documento habla de una apostasía silenciosa: el pueblo de Dios, dándole la espalda a Dios.
Por eso, si en nosotros queda algo del amor de los Profetas, si en nosotros queda algo del corazón palpitante de Jeremías, yo estoy seguro, mis hermanos, que también nosotros sentiremos dolor de ver lo que está sucediendo en Europa, y de ver lo que está sucediendo en muchas partes del mundo.
Porque, lamentablemente, este no es un problema, o este no es un asunto solamente de Europa. En varios lugares de la tierra se está dando esa misma circunstancia, esa apostasía, ese darle la espalda a Dios, ese rechazar a veces con buenas maneras, -pero qué importan las buenas maneras-, ese rechazar el amor, darle la espalda al Creador.
Pero el Profeta Jeremías nos enseña de dónde viene esta circunstancia. Esto no se da porque sí. Esta apostasía del pueblo tiene primero una responsabilidad en los jefes o líderes del pueblo. ¡Cómo me golpean esas palabras de Jeremías en el día de hoy! Cuando dice: "¡Es que los sacerdotes no preguntaban dónde está el Señor! Y los que estudian la Ley, no se preguntaban por la voluntad, por el querer, por la enseñanza de Dios" Jeremías 2,8.
Es decir, los maestros de la Ley, los sacerdotes, los profetas, los jefes, los líderes, le dieron la espalda al Señor.
Aunque vivimos en un tiempo en el que se predica tanto la grandeza del individuo, tanta gente cree que puede hacer con su vida más o menos lo que le parezca, cada quien sigue el camino que quiere, toma las decisiones y se habla tanto de autonomía, hermanos míos, el ser humano es social por naturaleza.
Vivir con otros seres humanos significa en buena parte, seguir los pasos, los ejemplos, los estilos, los modelos de otros. Ya se trate de una estrella del rock, o ya se trate de un santo predicador, siempre estamos siguiendo la voz de alguien, siempre estamos atentos a lo que otros hacen.
De ahí que corresponde, sobre todo a los que van adelante, corresponde sobre todo a los líderes, corresponde sobre todo a aquellos que atraen la atención y el amor de la gente, corresponde sobre todo a ellos, la responsabilidad y también el mérito, el premio, cuando hacen las cosas bien.
Si nosotros, que de alguna manera tenemos una voz, o tenemos una capacidad para invitar, o para convocar, utilizamos esa gracia para llevar a la gente hacia el Señor, pues eso tiene un mérito grande y además tiene un esfuerzo grande.
Pero si por el contrario, -y Dios nos libre-, ese liderazgo se convierte en comodidad, se convierte en egoísmo, -como diría el Profeta Ezequiel-, "si nos volvemos pastores que se apacientan a sí mismos y nos olvidamos del rebaño" Ezequiel 34,2;Ezequiel 34,8.
O si los líderes de la nación, o si los literatos que tienen pluma inspirada, o si los filósofos profundos, si éstos que tienen una palabra que decir al pueblo, le dan la espalda a Dios, inevitablemente, muchos que van detrás de ellos, harán también lo propio y de ahí vendrá la apostasía.
Por tanto, hermanos, el texto de Jeremías a todos nos sacude, a todos nos conmueve y a todos nos implica. Pidamos al Señor, que seamos conscientes de nuestras responsabilidades y que cada quien desde su lugar, el padre de familia en su casa, el maestro en el salón, el legislador allá en el Senado, el presidente en su despacho, sea consciente de lo que significa responder. ¡Responder! De ahí viene responsabilidad.
Tener una responsabilidad, es tener que responder. No olvidemos que hubo uno que se llamó Caín, que no quiso responder. Eludió su responsabilidad: "¿Soy yo acaso guardián de mi hermano?" Génesis 4,9. Eludió responder, eludió la responsabilidad y Dios le dijo: "La sangre de tu hermano está clamando contra ti" Génesis 4,10. De manera que lo llamó nuevamente a responder.
Y ante Dios, muchos de los líderes, políticos, sacerdotes, artistas, filósofos, escritores, tendrán que responder por mucha sangre, por mucho engaño, por mucha mentira que se ha regado en esta tierra.
Dios tenga compasión de nosotros y a todos nos mueva a conversión, por los méritos del Santo Profeta Jeremías.
Amén.
@fraynelson