viernes, 12 de septiembre de 2014

débil fuerte

2Co 12,9b-10
Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.


La grandeza de la mision del evangelizador es que se vea que que evangeliza por puro amor a Dios



Queridos Amigos:

No son muchos los textos en los que un evangelizador, de la talla de San Pablo, hable de sí mismo. Precisamente, por evangelizador, su atención y su predicación casi siempre se dirigen al mensaje, a lo que quiere comunicar, a lo que quiere difundir.

Y por eso, Jesús habla muy poquito de sí mismo, Pablo habla muy poquito de sí mismo, y lo mismo podríamos decir en general de la Sagrada Escritura. La Biblia habla muy poco de ese pueblo del que viene la salvación, porque todo lo que dice de ese pueblo es cómo lo miró Dios.

Por eso hay que aprovechar un texto, como el de hoy, en el que un evangelizador, como San Pablo, nos abre una rendija de su corazón y nos dice algo de lo que él sentía, de lo que a él le preocupaba, de lo que a él le alegraba o le cansaba, de lo que le motivaba.

Siente que evangelizar es una tarea, siente que es un oficio, que es un encargo, incluso un encargo penoso: "No tengo más remedio" 1 Corintios 9,16, esa expresión la dice uno cuando le llega una tarea de la que no hay escapatoria, un mal que no puede eludir: "No tengo más remedio, me tocó evangelizar" 1 Corintios 9,16.

"Si yo lo hiciera por mi propio gusto, esa sería mi paga" 1 Corintios 9,17, entonces no es el gusto, y antes ha dicho: "El hecho de predicar no es para mí motivo de soberbia" 1 Corintios 9,16.

El Evangelio no es motivo, ni de soberbia ni de gusto. Uno se ensoberbece de los logros de uno, o de las riquezas de uno, o de los éxitos de uno, o cosas parecidas; y uno siente gusto en aquello que le halaga, o en aquello que satisface sus sentidos, o cosas parecidas.

O sea que en realidad aquí nos está diciendo San Pablo que el Evangelio no es ni una cosa ni la otra. ¿Qué es el Evangelio? ¿Cómo puede ser buena noticia el Evangelio si no halaga, ni da gusto, ni es un logro de uno? Es misterioso, y tan misterioso como el Evangelio se va volviendo el evangelizador.

Si nosotros, que estamos hoy reunidos aquí, nos preguntamos por qué estamos aquí, seguramente caemos en la cuenta de que tal vez deberíamos estar en otros sitios. Quien nos hubiera conocido hace unos años, hubiera dicho: "Bueno, ¿pero qué le pasa a esta gente? ¿Qué es eso, qué es eso? ¿Qué está pasando? Te veo mal, estás grave. ¿Por qué en estas? ¿Por qué estás en esto?"

Y yo creo, por lo menos mirando la cara de ustedes, yo creo que ustedes están diciendo: "Fray, si fuera por mi gusto, yo no estaría aquí, estaría en otra cosa que me diera más gusto; si fuera por mi gusto, estaría en otro lado, y si fuera por soberbia, estaría en otro lado".

O sea que la pregunta que nos hacemos sobre nosotros mismos, es la misma pregunta que hacemos sobre la vida de Pablo: "Bueno, Pablo, si el Evangelio no es para ti motivo de soberbia ni motivo de gusto, ¿por qué evangelizas? Y Pablo nos devolvería la pregunta, y entonces diría: "Bueno, Mauricio, Patricia, Dora, si fuera por tu gusto, tú no estarías aquí".

¿Qué clase de fuerza es la del Evangelio? ¿Cómo es una buena noticia? ¿Y qué es esto de evangelizador? Dice el Apóstol: "Lo hago a pesar mío, porque me han encargado el oficio" 1 Corintios 9,17. Yo veo aquí una plena justificación a ese esquema de evangelización de tareas, proyectos, programas, ministerios.

¿Qué es un ministerio, un programa, un proyecto, una tarea de evangelización? Es un oficio que se le encarga a una persona, y luego pregunta el Apóstol: "¿Y cuál es la paga? La paga es dar a conocer el Evangelio anunciándolo de balde" 1 Corintios 9,18.

En eso también coincidimos plenamente, porque también nosotros, cada uno de nosotros tiene otras responsabilidades. A mí no me asignaron esta responsabilidad, yo tengo otras responsabilidades, digamos, más directas. Y cada uno de ustedes tiene su propio trabajos y sus propias ocupaciones.

Pero sacamos de nuestras ocupaciones un tiempito y de nuestros descansos un tiempito, para cumplir con este oficio, y por eso no pedimos nada, lo anunciamos de balde.

¿Qué clase de gente somos nosotros? Razón que algunos digan que somos como especies de esclavos, que estamos ahí como haciendo tarea sin sueldo, el empleado tiene sueldo, nosotros no tenemos sueldo. La paga es dar a conocer el Evangelio.

¿Qué es esto tan misterioso de un Evangelio que no es motivo de soberbia, que no es motivo de gusto, y que la paga es darlo a conocer? Pero la paga no es sólo darlo a conocer, es darlo a conocer anunciándolo de balde, darlo a conocer gratis, ¿y por qué eso es paga?

Además no es fácil, porque si fuera una tarea fácil, entonces diría uno: "Bueno, no es para que se ensoberbezca, no es para que le guste, es gratis, pero además le va a costar trabajo, porque aquí dice, mire: "En las carreras del estadio todos corren. Corred, de modo que lo consigáis" 1 Corintios 9,24.

"Los atletas se privan de todo" 1 Corintios 9,25. "Así también yo corro, ejerzo el pugilato, sometiendo mi propio cuerpo, no sea que, habiendo predicado a otros, yo quede descalificado" 1 Corintios 9,27.

Este Evangelio es muy raro: un Evangelio que no es un éxito de uno, porque no sirve para ensoberbecerse, un Evangelio que no le da gusto a uno, un Evangelio que le quita tiempo a uno, un Evangelio por el que uno no puede reclamar nada, un Evangelio por el que toca esforzarse tanto.

¿Por qué el Evangelio se ha vuelto tan importante en nuestras vidas? Esa es una pregunta que tenemos que hacernos. Cuando uno llega a esto, uno es un evangelizador; si le falta una de esas características, uno no es un evangelizador.

Me explico. Si uno evangeliza, pero siente los éxitos y se llena de soberbia por ellos, o evangeliza y le saca un gusto a la evangelización; o uno evangeliza, pero cobra; o uno evangeliza, pero es que a uno no le cuesta trabajo, si cualquiera de esas cosas pasan, uno no es un evangelizador.

Ser evangelizador es ser esto, ¿y qué es esto? Si nosotros miramos a una persona que trabaja, y además con esferzo, porque es un oficio que le han encargado, no es por gusto, ni por soberbia, ni por sueldo, si nosotros vemos a una persona así, ¿qué impresión nos produce? Que esa persona es un loco, es una locura lo que está haciendo.

Bueno, ahora miremos la vida de Jesucristo, esa es otra locura; mejor dicho, esa es la primera locura. Jesucristo no estaba ni por gusto, ni por soberbia, ni por sueldo, y sí le costó harto trabajo.

¿Para qué sirve eso? ¿Para qué sirven esas vidas así? Empezando por la de Cristo, siguiendo por la de San Pablo, y nosotros ya vamos ahí detrás, haciendo la escuelita, ¿para qué sirven esas vidas así?

Lo que sucede es esto: Cuando uno ve que una persona trabaja por la paga, o por gusto, o por soberbia, o que no le cuesta trabajo, uno dice: "¡Ah, pues lo está haciendo por eso!" Pero cuando uno ve que la persona trabaja, y no se ve por qué lo está haciendo, entonces se descubre la gracia, entonces se descubre que es por puro amor.

La grandeza de la misión del evangelizador, empezando por Nuestro Señor Jesucristo, es que se vea que es por puro amor; la grandeza del evangelizador, la perfección del evangelizador es que no se le encuentre ninguna razón, que no aparezca por qué evangeliza.

Si él evangeliza, pero es amiguísimo de los demás, y se encuentra a gusto con ellos, ah, pues entonces, él no está evangelizando, él esta es consiguiendo casa, está consiguiendo afecto, entonces no es un testimonio del Evangelio, sino es un testimonio de cómo conseguir afecto.

Si él evangeliza pero los sueldazos que se pone no son cualquier cosa, ah, entonces él está consiguiendo plata; si él evangeliza, pero es un desocupado, eso no le cuesta ningún trabajo, ah, pues él está llenando sus ratos de ocio.

Pero cuando la persona evangeliza, y uno ve que no tiene tiempo, que sí se cansa, que no cobra nada, que no se ensoberbece, que no es por gusto, ¿Uno qué dice? ¿Entonces por qué lo hace? Por una locura, ¿y es una locura para destruir? No, es una locura para construir, ¿es una locura para matar? No, es para dar vida, ¿es para herir? No, es para sanar.

¿Y qué predica? Predica con toda pureza y con toda generosidad el amor de Dios. ¿Qué es un evangelizador? Un evangelizador es aquel que manifiesta, con su vida, ese amor.

Entonces, llegar a la perfección en el servicio al Evangelio, es vivir de tal manera, que el que lo conozca a uno tenga que decir: "Uuy, tiene que ser por Dios que lo está haciendo, tiene que ser por amor a Dios, porque es que no veo por qué más lo está haciendo".

Mientras la gente pueda ver en nosotros alguna otra motivación, siempre dirá es por eso. "Ah, es que es por los amigos, es por la plata, por lo que sea". Pero cuando lo conocen a uno, y cuando no encuentran ninguna otra motivación, lo miran de arriba a abajo, y se rascan la cabeza, y dicen: "¿Por qué, por qué esa vida, por qué? ¿Por qué vive así? ¿Por qué?"

Es lo mismo que encontrarse con la Cruz de Cristo: "Por qué? ¿Por qué hasta allá? ¿Por qué tanto? ¿Por qué? Cuando se llega ahí, entonces uno dice: " Tiene que ser porque ama mucho, punto. Porque eso es una locura", pero es una locura para el bien, el Evangelio es una locura para el bien.

"Tiene que ser porque ama mucho, porque es que no se ve nada más". Que digamos, que consiguió los grandes amigos, no, no ha conseguido los grandes amigos; mejoró de condición social, tampoco, no ha sacado nada, ¿qué ha sacado entonces? La gracia: dar a conocer el Evangelio sin hacer uso de los derechos que me concederían.

Esto es una maravilla de evangelizador, este es un evangelizador, esto es ser un apóstol: obrar de tal manera, que la persona que nos conozca tenga que decir: "Dios existe, el amor existe, esta persona está haciendo eso por amor, sólo por amor. Es increíble que esa persona se gaste así, eso tiene que ser por amor, tiene que ser que ama muchísimo a Dios".

O sea que al evangelizador le toca hacer dos tareas: una es, lo que le pasó a Jeremías, una es devastar y otra es construir. La labor de devastar es quitarle a la gente cualquier escondrijo, y los escondrijos son: "Ah, es que usted lo hace por esto, es que usted lo hace por esto otro".

Devastar es quitarle a la gente cualquier disculpa, quitarle a las personas cualquier disculpa, vivir de tal manera que nadie tenga ninguna disculpa, eso es arrasar, pero luego hay que construir, que desde luego es lo más importante.

¿Y construir qué es? Presentar de tal modo ese amor de Dios, que las personas digan: "Yo me estaba escondiendo detrás de disculpas, yo no conocía el amor; pero ahora que te he conocido a ti, evangelizador, ahora sé que el amor de Dios existe".

Roguemos al Señor en esta Santa Misa que infunda en nosotros ese amor, que haga de nosotros evangelizadores. Entonces nosotros pensamos: "¿Pero yo a qué hora llegaré allá? ¿Yo cuándo llegaré ahí? ¿Cómo voy a alcanzar esa generosidad?"

El amor te irá haciendo libre; a medida que vayas sintiendo más y más amor, descubrirás que, aunque no te guste, aunque no te salgan las cosas bien, aunque no te puedas enorgullecer de tus resultados, aunque no te paguen, aunque tengas que esforzarte, aunque tengas a veces que luchar incluso contra ti mismo, descubrirás que ya no puedes dejar el Evangelio, porque el Evangelio no te deja a ti.

Señor Dios, infúndenos ese Espíritu de amor que nos haga libres de cualquier otra motivación, de manera que cualquier persona que nos conozca tenga que decir: "Lo que está haciendo, lo está haciendo por amor, debe estar muy enamorado de Dios para hacer lo que hace. Dios existe y está amando, y yo le he visto".@fraynelson

jueves, 11 de septiembre de 2014

Amor de familia

 Invitados a no falsificar los sentimientos y a salir de nuestros propios intereses

Jesucristo, Nuestro Señor, habla al mismo tiempo con el realismo del que conoce esta tierra y las cosas de esta tierra, y con el ideal del que conoce el Cielo y las cosas del Cielo.
Consideremos nada más esa sencilla exclamación: "¡Amad a vuestros enemigos!" San Lucas 6,27. Nos recuerda que tenemos enemistades, que tenemos enemigos, así como después nos dirá que, "hay quien nos odia, quien nos maldice, quien nos injuria" San Lucas 6,27-28.
Ese es el realismo de quien sabe cómo es el ser humano. Ese es el realismo de la vida nuestra, donde le caemos bien a unas personas y mal a otras. Ese es el realismo de esta tierra, donde no es posible avanzar sin nunca pisarle los intereses a otro, o a otra. Y por consiguiente, esa es la vida nuestra.
Pero, cuando nos pide, "que amemos a nuestros enemigos y que oremos por los que nos injurian" San Lucas 6,27-28, entonces ese mismo realismo se convierte en maravilloso ideal, ideal vivido en primer lugar por el mismo Cristo que, "amó hasta el extremo", -como nos dice la Escritura-, "a sus propios verdugos" San Juan 13,1.
Muchas veces, en la experiencia como sacerdote, que sé que no es muy larga, pero tampoco será despreciable, he tenido que decirle a las personas: "¡No falsifiquen sus sentimientos!"
Por ejemplo, un caso concreto: una mujer que sufre por la infidelidad del esposo y siente odio hacia su rival, siente rencor, resentimiento hacia esa mujer que está a punto de destruir, o que incluso ha destruido ya el hogar que con tanto esfuerzo, con tanta ilusión y con tantos años, se estaba edificando.
Es ridículo decirle a esa mujer: "¡No! Usted no sienta lo que está sintiendo. Procure no sentir lo que está sintiendo. Haga de cuenta que no". Si hay alguien real en esta tierra, es Jesucristo. "Esa persona es una enemiga suya, y eso tiene todas las letras, "enemiga". ¡Es una enemiga suya!"
"Y ahora que sabe que es una enemiga, que además, seguramente habrá practicado brujería, o lo que sea que es equivalente a este género de maldición, usted, de acuerdo a la enseñanza de Jesucristo, sin dejar de pensar y de caer en la cuenta de que se trata de una enemiga, ore por esa persona". "-Bueno, ¿y cómo voy a orar por mi enemiga, por la persona que me está destruyendo?"
Es que nosotros algunas veces creemos que la oración es solamente como el efluvio del sentimiento, es como lo que brote del sentimiento, es la idea protestante de oración que se nos ha entrado mucho. ¡Hombre! Esa oración tiene su lugar, esa oración espontánea que nace así como del alma, que es como decirle a Dios: "Estos son mis sentimientos", éso tiene mucho valor.
Pero, lo más importante en la oración, como nos recuerda el Papa Juan Pablo Segundo en su obra, "Cruzando el Umbral de la Esperanza", es saber que es Dios el que tiene la iniciativa. Entonces, he aquí cómo puede orar una mujer por su rival, por su enemiga; porque es una enemiga.
Puede decir palabras como éstas: "Tú eres el único Creador y Dueño de todas las vidas. De ti sólo te pido que tu voluntad se cumpla en la vida de esta persona. Te imploro, Señor, que sea tu querer y tu voluntad, no el mío, ni el de nadie, ni el de ella, que sea tu voluntad y tu querer, el que se realice en esa persona".
Fíjate, cómo no hay que falsificar los sentimientos, no hay que ponerse a decir: "Dale bendiciones, conviértela,..." ¡No! Muchas veces, la única oración que uno puede hacer al principio, pero que es la más útil hasta el final, es pedirle a Dios que se cumpla su voluntad en la persona.
De este modo, nosotros no pecamos. No pecamos, porque no decimos mentiras sobre lo que estamos sintiendo. Y no pecamos, porque tampoco damos curso libre a nuestro odio, que en últimas nos destruye primero a nosotros antes que destruir a cualquier otro.
Una enseñanza más que nos trae esta lectura de hoy, está en aquello que nos dice Jesucristo: en salir de la lógica de la transacción. En alguna predicación decíamos, que el amor propio de la familia es muy bello, pero no es el amor más alto ni el amor más grande.
El amor de familia es hermoso. ¡Hermoso! Nos humaniza, es el nido del que hemos salido todos. Pero, el amor de familia no es el amor más alto. El amor de familia es un amor en la carne y en la sangre, y por lo tanto, es un amor con retroalimentación, es un amor con pacto de retroventa, es un amor de intercambio. No es el amor más alto.
Por eso, quienes transcurren su vida, sobre todo en las cosas de la familia, los niños, los nietos, el esposo, los vecinos, esas personas necesitan, -y eso es lo que nos ofrece Jesucristo hoy-, el llamado a un amor más grande.
Porque resulta que el amor de familia, la vida de familia y la vida del ama de casa, que no le hace mal a nadie, sino que le ha hecho mucho bien a sus hijos, es una vida muy meritoria, pero es una vida que puede estar marcada también por graves egoísmos.
Precisamente, una reunión, una fundación, un instituto como el que tienen ustedes, es un llamado a superar el egoísmo colectivo. Porque, existe el egoísmo unipersonal, el egoísmo de una persona, y existe el egoísmo de una pareja, existe el egoísmo de una familia, existe el egoísmo de una clase social y existe el egoísmo de un país.
En "La Liturgia de las Horas", por ejemplo, hay una petición muy bella, en la cual se le ruega a Dios que los que están en naciones más beneficiadas, más desarrolladas, no piensen sólo en el bienestar de su nación, sino piensen también en las naciones más pobres.
O sea, que hay un egoísmo de nación y hay un egoísmo de raza como el que se vive en muchas partes de Europa. ¡Hay un racismo y una xenofobia terribles!
Mas, no yéndonos a esos ejemplos sino volviendo a nuestro pequeño mundo, pensemos cuántos egoísmos son egoísmos de familia. ¡Egoísmos de familia! ¡Tal cual! Es decir, personas que nacen, viven, se reproducen y mueren, pensando en su familia.
Yo no voy a decir que eso esté mal; voy a decir que eso es insuficiente. Porque la lógica del amor de familia es una lógica con pacto de retroventa, es una lógica de intercambio.
¡Qué hermosa misión hace un instituto como "Las fieles Siervas de Jesús", cuando reúne precisamente corazones de las familias! Porque el corazón de la familia, indudablemente, es la mujer. Aquí hay corazones de familia.
Aquí hay familias que han enviado a sus embajadoras más preciosas, sus corazones que son bellos, corazones palpitantes de amor, pero corazones que están llamados a ir más allá del egoísmo de familia.
Esta es la grandeza que tiene un instituto secular: que hace que la persona se dé cuenta de que el mundo es más grande que las cuatro paredes de su casa, que se dé cuenta que la Iglesia tiene necesidades que no quedan satisfechas simplemente con educar bien a unos hijos.
Que nos demos cuenta de que hay pobres que no tienen ni papá ni mamá, ni tío ni tía, ni hermano ni hermana, ni nadie que ayude. Y que si cada uno de nosotros cuida solamente los intereses de su casa, jamás daremos vida.
Como quien dice, un instituto como "Las fieles Siervas de Jesús", está recordándole a cada una de ustedes, que hay que aprender a ser fecundos, no sólo en el amor que tiene intercambio, no sólo en el amor que tiene retribución, no sólo en el amor que queda pagado: "Yo doy y tú me das". Hay que aprender a ser fecundos en el amor generoso, en el amor dadivoso, en el amor de gracia.
Y ese amor de gracia, ése es el amor que salvó al mundo, ése es el amor que cambia radicalmente la sociedad y ése es el amor que en últimas, le da su más preciosa fecundidad a la familia.
Cristo, extendido en la Cruz, Cristo, sangrante en la Cruz, Cristo, amoroso en la Cruz, preside esta celebración. Es el mismo Cristo el que nos recuerda a todos nosotros, que tenemos que aprender a salir de nuestros intereses. Más claro no podía decirlo el evangelio: "Si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?" San Lucas 6,32.
Estas palabras tiene que aplicárselas seriamente toda ama de casa y pensar si los nichos de su amor, son las paredes de su casa.
Porque si es así, aquí está la Palabra de Cristo, que con toda la delicadeza y la belleza femenina que tú puedas tener, te está diciendo: "¿Y qué mérito tiene tu vida?" No está diciendo que sea una vida mala, sino está diciendo que es una vida que tiene que ser llamada a una generosidad más alta.
Y eso es lo que recuerda un instituto como éste. Eso es lo que te está diciendo: que estás llamado a un amor más grande, que no todo amor tiene que tener retribución, que hay otras maneras de ser fecundos.
¡Sal un poco de la estrechez de esos pequeños intereses, de esas cinco o seis personas, tres, las que sean! Desde luego, ellas tendrán que tener el primer lugar en tu vida.
Y por esta razón, hemos hablado también de la importancia del amor al esposo y de lo que se construye en la casa. Pero aún después de eso, aquí está la Palabra del Señor: "Si haces bien sólo a los que te hacen bien, ¿qué mérito tienes?" San Lucas 6,33. "Y si prestas sólo cuando esperas cobrar, ¿qué mérito tienes?" San Lucas 6,34.
¿Dónde se realizará éso? ¿Dónde vamos a encontrar esos espacios para dar sin esperar nada? ¿Para prestar sin cobrar nada? ¿Para invitar sin esperar a que nos inviten? Esa es la maravilla que nos ofrecen los grupos, los movimientos apostólicos, los institutos seculares.
Ofrecen esos espacios, para que cada persona diga: "¡Un momento! Yo puedo estar cayendo en el egoísmo de familia. Puedo estarme recostando en la comunidad, de que ahora recibo, porque un día di. O, porque ahora doy, espero un día recibir".
"¡No! Cristo, el Señor, que me amó hasta el extremo, que ofreció su Sangre por mí de una manera gratuita y maravillosa transformando el universo entero, Cristo me llama para que yo ame también más allá de las fronteras de mi hogar".@fraynelson

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Evangelizar Europa



Magisterio: sobre la evangelización (XX)

La evangelización de Europa es un tema muy querido y repetido en el Magisterio. Tal vez porque Europa nació cristiana, fue una gran evangelizadora, y hoy se encuentra descristianizada y con una secularización galopante y agresiva.

Europa -el Occidente en sentido amplio- ha renegado de sus raíces siguiendo diversas ideologías, y se encuentra perdida, sin referentes. Las crisis económicas, aun siendo tan graves, no son lo peor, sino el reflejo de crisis mayores en el ámbito moral, social, cultural, espiritual. 
"¡Europa necesita a Cristo! !Necesita entrar en contacto con Él, apropiarse de su mensaje, de su amor, de su vida, de su perdón, de sus certezas eternas y exaltantes! Necesita comprender que la Iglesia querida por Él fue fundada con el único fin de transmitir y garantizar la Verdad revelada por Él, y mantener vivos y actuales los medios de salvación instituidos por Él mismo, es decir, los Sacramentos y la oración. Esto lo comprendieron espíritus elegidos y pensantes, como Pascal, Newman, Rosmini, Soloviev, Norwid.
Nos encontramos con una Europa en la que se hace cada vez más fuerte la tentación del ateísmo y del escepticismo; en la que prospera una penosa incertidumbre moral, con la disgregación de la familia y la degeneración de las costumbres; en la que domina un peligroso conflicto de ideas y de movimientos. La crisis de la civilización (Huizinga) y el ocaso de Occidente (Spengler) quieren significar solamente la extrema actualidad y necesidad de Cristo y del Evangelio. El sentido cristiano del hombre, imagen de Dios, según la teología griega tan querida por Cirilo y Metodio y profundizada por san Agustín, es la raíz de los pueblos de Europa y por ello hay que recordarlo con amor y buena voluntad para dar paz y serenidad a nuestra época: sólo así se descubre el sentido humano de la historia, que es en realidad "Historia de salvación"" (Juan Pablo II, Discurso sobre las comunes raíces de las Naciones de Europa, 6-noviembre-1981).

Constatamos, sin duda, la necesidad de emprender una nueva evangelización amplia, pensada a gran escala -siempre mayor que lo local, mayor que el propio campanario-. Se juega el bien de Europa:


"Europa necesita de Cristo y del Evangelio porque aquí están las raíces de todos sus pueblos" (ibíd.).

La nueva evangelización en Europa le hará redescubrir su propio ser e identidad, lo mejor de sí misma. Iluminará su pasado cristiano, lo hará resurgir, y es lo que puede purificar el presente para construir el futuro de Europa.
"Como ya hizo el cristianismo en el primer milenio de Europa, integrando la herencia greco-romana, la cultura de los pueblos germánicos y la de las gentes eslavas, dando vida, de la variedad étnica y cultural, a un común espíritu europeo, así vosotros, sin nostalgias por el pasado, sino con plena convicción en la intrínseca fuerza unificante del cristianismo y en su papel histórico, comprometeos colegialmente a hacer nacer de la variedad de las experiencias locales y nacionales una nueva y común civilización europea.Debéis comunicar a la Europa de hoy esta esperanza que está en vosotros. Ciertamente, no queréis construir una Europa paralela a la existente, sino quelo que queréis hacer es revelar a Europa a sí misma. Mostrad a Europa su alma y su identidad, ofreced a Europa la clave de interpretación de su vocación" (Juan Pablo II, Discurso al Simposio del Consejo de las Conferencias Episcopales europeas, 5-octubre-1982).

Ésta, que es una tarea evangelizadora y espiritual, ¿no debería ir acompañada por la tarea también de historiadores católicos serios que muestren la verdad de Europa? ¿Por filósofos católicos que muestren las grandes líneas de pensamiento de Europa y su matriz?

La Iglesia y Europa han sido una realidad fecunda cuando han estado unidas.

"Son dos realidades íntimamente ligadas en su ser y en su destino. Juntas hicieron un recorrido de siglos y permanecen marcadas por la misma historia. Europa fue bautizada por el cristianismo; y las naciones europeas, en su diversidad, dieron cuerpo a la existencia cristiana. En su encuentro se enriquecieron mutuamente de valores que no sólo se convirtieron en el alma de la civilización europea, sino también en patrimonio de toda la humanidad. Si en el transcurso de las crisis sucesivas la cultura europea intentó marcar sus distancias de la fe y de la Iglesia, esto que entonces se proclamó como una voluntad de emancipación y de autonomía, en realidad era una crisis interior en la misma conciencia europea, llevada a la prueba y tentada en su identidad profunda, en sus elecciones fundamentales y en su destino histórico.
Europa no podría abandonar el cristianismo como un compañero de viaje que se le convierte en un extraño, así como un hombre no puede abandonar sus razones para vivir y esperar sin caer en una crisis dramática. Y es por esto que las transformaciones de la conciencia europea empujadas hasta las más radicales negaciones de la herencia cristiana permanecen plenamente comprensibles sólo en referencia esencial al cristianismo. Las crisis del hombre europeo son las crisis del hombre cristiano. Las crisis de la cultura europea son las crisis de la cultura cristiana" (ibíd.).

Este discurso no tiene desperdicio. Lo que le pasa a Europa, sus crisis, le pasan también al Cristianismo y a la misma Iglesia, son sus propias crisis.

Pero, ¿qué crisis son éstas? ¿Cuáles los desafíos?

"Aún más profundamente, podemos afirmar que estas pruebas, estas tentaciones y este éxito del drama europeo no sólo interpelan al Cristianismo y a la Iglesia desde fuera como una dificultad o un obstáculo externo que superar en la tarea de la evangelización, sino en un sentido verdadero son interiores al Cristianismo y a la Iglesia. El ateísmo europeo es un desafío que se comprende en el horizonte de una conciencia cristiana; es más una rebelión contra Dios y una infidelidad a Dios que una simple negación de Dios. El secularismo que Europa ha difundido en el mundo con el peligro de marchitar fecundas culturas de pueblos de otros continentes, se ha alimentado y se alimenta de la concepción bíblica de la creación y de la relación hombre-cosmos.
La empresa científico-técnica de someter el mundo, ¿no está tal vez en la línea bíblica de la tarea que Dios confió al hombre? ¿Y la voluntad de poder y de poseer no es la tentación del hombre y del pueblo bajo el signo de la alianza con Dios?
Podríamos continuar con nuestro análisis. Y descubriremos, quizás no sin maravillarnos, que la crisis y la tentación del hombre europeo y de Europa son crisis y tentaciones del Cristianismo y de la Iglesia en Europa. Pero si es verdad que las dificultades y los obstáculos a la evangelización en Europa encuentran un punto de apoyo en la misma Iglesia y en el Cristianismo, los remedios y la soluciones habrá que buscarlas en el interior de la Iglesia y del Cristianismo, es decir en la verdad y en la gracia de Cristo, Redentor del hombre, Centro del cosmos y de la historia" (ibíd.).
Prosigue Juan Pablo II. Todas las crisis, las preguntas y tentaciones, son puntos recibidos de la cultura cristiana, que han evolucionado solos y aislados del conjunto, convirtiéndose en una "idea loca", girando sobre sí misma. Es lo que decía Chesterton: la herejía era una verdad cristiana que se había vuelto loca.

Esas ideas deben volver a tomar su medida y proporción dentro del conjunto. La Iglesia, evangelizando, deberá responder y situar las cosas en el conjunto.

"La Iglesia misma debe entonces auto-evangelizarse para responder a los desafíos del hombre de hoy.
Si el ateísmo es una tentación de la fe, será con la profundización y la purificación de la fe como será vencido.

Si el secularismo pone en duda la concepción del hombre en el mundo y la utilización del universo, la evangelización deberá proponer de nuevo la teología y espiritualidad cósmica que, fundada bíblicamente y presente en la liturgia, ha recibido perspectivas luminosas con el Concilio Vaticano II (cf. Gaudium et spes, 37).

Si la revolución industrial, nacida en Europa, dio origen a un tipo de economía, de relaciones sociales y de movimientos que parecen oponerse a la Iglesia y obstaculizar la evangelización, será viviendo, anunciando y encarnando el Evangelio de la justicia, de la fraternidad y del trabajo, como restituiremos el mundo del trabajo a un mundo humano y cristiano.

Podríamos continuar aplicando estos conceptos a realidades tan importantes como la familia, la juventud, las zonas de pobreza y los "nuevos pobres" en Europa, las minorías étnicas y religiosas, las relaciones entre Europa y el Tercer Mundo.

Apelar a la fe y a la santidad de la Iglesia para responder a estos problemas y a estos desafíos no es una voluntad de conquista o de restauración, sino que es el camino obligado que va hasta el fondo de los retos y de los problemas. 
La Iglesia para responder a su misión hoy en Europa debe tomar conciencia de que, lejos de ser extraña al hombre europeo o por lo menos de sentirse inútil e impotente para resolver las crisis y los problemas de Europa, lleva en cambio en sí misma los remedios a las dificultades y a las esperanzas del mañana.

Y será con el ser fiel hasta el final a Cristo y siéndolo cada vez más, con la santidad de vida y con las virtudes evangélicas, transparencia de Cristo, como la Iglesia entrará en el ánimo y en el corazón de Europa" (ibíd.).

Es un discurso largo y así de largo ha salido esta catequesis. Una síntesis de algunas ideas principales:

1) Europa necesita de Cristo para ser fiel a sí misma

2) Evangelizar responderá a los retos y desafíos de la crisis cultural europea

3) Muchos de los principios del ateísmo y de la secularización (trabajo, antropología, etc.) partieron de principios cristianos que evolucionaron fuera del conjunto y se convirtieron en principios aislados, perdiendo su verdad.

4) Las crisis de Europa son, pues, crisis del Cristianismo y de la propia Iglesia.

¿Nos damos cuenta entonces de dónde estamos y a dónde vamos? ¿Nos damos cuenta de la solidez formativa que necesitamos todos para responder a estos retos; nos damos cuenta de la necesidad de evangelizar Europa? ¿Nos damos cuenta de cómo nuestra mirada debe ser más amplia, más integradora, para abarcar estas situaciones y no contentarnos con mínimas respuestas caseras en nuestro campanario?


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martes, 9 de septiembre de 2014

Él elige

“ En aquel tiempo, subió Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles.” En alguna ocasión podemos pensar que la vocación -ya sea al sacerdocio, a la vida religiosa o al matrimonio-, es cosa nuestra. Somos capaces de apropiarnos de cualquier cosa y ponerle delante el posesivo “mi.” Mi matrimonio, mi sacerdocio, mi vocación, mi vida,… Sin embargo cada día me convenzo más que todo depende de Dios. Jesús hace lo que quiere y llama a quien quiere. Tal vez no sean los mejores, los más preparados, los mas estupendos, pero son los que Él ha querido y con eso basta.

“ Sabéis muy bien que la gente injusta no heredará el reino de Dios. No os llaméis a engaño: los inmorales, idólatras, adúlteros, afeminados, invertidos, ladrones, codiciosos, borrachos, difamadores o estafadores no heredarán el reino de Dios. Así erais algunos antes. Pero os lavaron, os consagraron, os perdonaron en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y por Espíritu de nuestro Dios.” San Pablo conocía bien a los pecadores, no estaba en Babia, pero también sabía que Dios podía cambiar a quien quisiera. La grandeza del cristianismo es que cualquiera, cuando se da cuenta de la misericordia de Dios en su vida, puede convertirse. No vivimos de un pasado impoluto sino de un futuro preñado de esperanza que hace cambiar nuestro presente. El Señor llama a quien quiere y, desde ese momento, podemos comenzar una vida nueva. Esa es la maravilla de Dios y la grandeza del hombre, siempre hay lugar para la conversión.

La Virgen es buena enfermera del alma, nunca nos desahucia, siempre nos presenta a Jesús que es la vida.

El gran secreto de la vida es sabernos amados por Dios !

Jesucristo, enséñame a orar. Haz que te ame a tal punto, que me sea imposible no seguirte.

Meditación del Papa Francisco

¡Sean siempre hombres y mujeres de oración! Sin la relación constante con Dios la misión se convierte en función. Pero, ¿en qué trabajas tú? ¿Eres sastre, cocinera, sacerdote, trabajas como sacerdote, trabajas como religiosa? No. No es un oficio, es otra cosa. El riesgo del activismo, de confiar demasiado en las estructuras, está siempre al acecho. Si miramos a Jesús, vemos que la víspera de cada decisión y acontecimiento importante, se recogía en oración intensa y prolongada. Cultivemos la dimensión contemplativa, incluso en la vorágine de los compromisos más urgentes y duros. Cuanto más les llame la misión a ir a las periferias existenciales, más unido ha de estar su corazón a Cristo, lleno de misericordia y de amor. ¡Aquí reside el secreto de la fecundidad pastoral, de la fecundidad de un discípulo del Señor! (S.S. Francisco, 7 de julio de 2013).

En nuestra sociedad donde todo se hace para usar y tirar, las cosas salen en serie, sin características propias: los mismos modelos de zapatos, el mismo estilo de vestir, las mismas comidas, el mismo diseño de construcción, las mismas expresiones de vocabulario... queremos igualarnos tanto que perdemos hasta la identidad. La sociedad nos masifica, nos despersonaliza, nos hace iguales.

Con Dios no es así; para Él cada uno es único, singular e irrepetible: Dios no hace las cosas en serie. Dios nos conoce y nos llama por nuestro propio nombre y al identificarnos nos da el ser que nos autentifica. Su amor nos crea en cada momento porque su Palabra llega directa al corazón y desde esta interpelación nos potencia y dinamiza para la misión que cada uno trae a la vida. El gran secreto de la vida es sabernos amados. Con esta certeza nuestra vida se llena de sentido, basta que Él susurre mi nombre al oído para que todo se llene de emoción. Es la confianza de sabernos amados con un único amor, grande y fuerte.





Queridos Hermanos:
Me ha impresionado siempre aquella expresión que hoy escuchamos en el evangelio, eso que nos dice el Evangelista Lucas, "que de Cristo, el Señor, salía una fuerza que curaba a todos" San Lucas 6,19.
Esa expresión me atrae muchísimo porque veo en ella como un elogio, como una alabanza al Espíritu Santo. Especialmente Lucas hace énfasis en la acción del Espíritu Santo en Jesucristo; y luego, en los cristianos.
Y aquí vemos, casi podemos decir, palpamos la acción del Espíritu Santo, una fuerza que los cura a todos. Jesucristo, el Ungido, que en el capítulo cuarto de este evangelio de Lucas ha dicho que Dios precisamente lo ha ungido para sanar, aquí lo vemos sanando, aquí vemos esparcirse esa fuerza maravillosa causando, despertando la salud, despertando la vida en todos los que se acercan a Jesucristo.
Y por eso, este es un texto para amar mucho a Jesús, pero también un texto para enamorarnos del Espíritu Santo.
Pero hay algo bien interesante, la Iglesia ha querido que leamos este pasaje, donde se habla de esa acción del Espíritu en Jesucristo y de esa fuerza que sale de Cristo, pero también es el texto en el que se habla de la escogencia que Cristo hace de sus Apóstoles.
Y entonces vemos cómo, de la oración de Cristo proviene esa efusión sanadora del Espíritu; pero de la oración de Cristo proviene también la elección de estos hombres, los Apóstoles, que van a llevar el mensaje y van a llevar la presencia y van a llevar la acción de Jesús por todas partes.
Y por eso hay que saber relacionar las dos cosas: el mismo Cristo que nos regala con abundancia la acción del Espíritu Santo, es el Cristo que nos regala con abundancia el don de los Apóstoles. De Cristo viene ese grupo de hombres nacidos de su oración, y de Cristo viene esa abundancia de Espíritu que trae salud a todos.
Es fácil digamos que es comparativamente fácil experimentar la acción del Espíritu pensando en la santidad de Jesucristo, pensando en la bondad, la pureza, la verdad, todo eso grande que está en Jesucristo. Pero hoy tenemos que pensar que esa acción del Espíritu que está en Jesús, es la misma acción del Espíritu que está en los Apóstoles.
De manera que, esos hombres indudablemente imperfectos, esos hombres que no tienen la calidad, ni sombra de la calidad, la pureza, la verdad y la santidad de Jesús, son sin embargo nacidos de la oración de Jesús, y son sin embargo instrumentos del mismo Espíritu de Jesús.
Y así ha querido Jesús que su Iglesia esté "fundamentada, -como nos dice Pablo en la Carta a los Efesios-, esté fundamentada sobre el cimiento de los Apóstoles" Carta a los Efesios 2,20.
de manera que nosotros, recogiendo las palabras de Cristo y aceptando la unción del Espíritu de Cristo, con el mismo cariño y con la misma gratitud, tenemos que aceptar, recibir la acción de Cristo a través de sus Apóstoles.
No separemos, la presencia y la acción de Cristo en sus Apóstoles, de la presencia y la acción del Espíritu en Jesucristo; no separemos, la eficacia de la oración de Cristo cuando cura enfermos, de la eficacia de la oración de Cristo cuando elige hombres imperfectos, pero suyos, para que sean sus instrumentos y su lenguaje entre los hombres; no separemos la santidad de Jesucristo, con la voluntad con la que Él ha querido elegir a estos Apóstoles.
Que Dios, el Señor, nos permita recibir el regalo interior del Espíritu, pero también el regalo exterior, palpable de los Apóstoles y de los sucesores e los Apóstoles.
Amén.@fraynelson


lunes, 8 de septiembre de 2014

Apreciar lo pequeño

“ El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.” Hoy es la natividad de la Santísima Virgen. ¡Felicidades Madre!. Este es un claro ejemplo de que las proporciones de Dios no son las nuestras. María y José no eran gente famosa, nunca habrían aparecido en el “Jerusalem Post” de la época y nadie les conocería fuera de su pueblo. Pero es ahí, en la humildad de esa familia donde Dios quiere encarnarse. Ya podría Dios haber nacido en Bilbao, ser cuñado de Nefertiti o primo hermano de Cesar, D. Julio. Pero no. Elige lo pequeño, lo que no cuenta, lo humilde, para humillar a los sabios y poderosos. Dios suele elegir lo pequeño para hacer las cosas más grandes. Escoge a María y ella, responde generosamente su sí. Se guarda en su corazón lo que se va gestando en sus entrañas, en silencio, en humildad. Ya será tiempo de crecer.

Si podemos llamar a María Madre nuestra, podemos aprender de ella. Muchas veces esperamos que Dios haga cosas grandes, y no nos damos cuenta de las grandes cosas que hace en lo pequeño. Ahora que en España van a cambiar (a peor, si cabe), la ley del aborto podríamos pensar que Dios debería enviar un rayo divino sobre el Ministerio de la Igualdad (ese que se distingue de todos los demás), y, esperando el rayo, no miraremos el milagro de cada vida que nazca a pesar de las dificultades, en el sacrificio de tantos padres por sus hijos, en la labor callada de tantos que apoyan la vida llenando el mundo de vida. Habrá que protestar por las leyes injustas, sin duda, pero también habrá que hacer un gran movimiento de enamorarse de la vida, que sea valorada y los hijos no sean una “opción” sino un don. Y en cada pequeña criatura se muestra la grandeza de Dios.

Un día como hoy, hace unos cuantos siglos, Joaquín y Ana contemplarían a una pequeña mujer, sin sospechar siquiera que estaban mirando a la Mujer, la que pisotearía con su talón la cabeza de la serpiente y con su obediencia restauraría la desobediencia de Eva. Una simple personita, pero que en manos de Dios se convierte en la nueva madre de toda la humanidad redimida en Cristo. ¿Podía haber hecho Dios cosas más grandes? Creo que no, aunque lo hiciera en tan poco espacio. Por eso hoy es un día para apreciar lo pequeño.

Hagámosle un regalo a María, ser fiel en lo pequeño de hoy para que Dios siga haciendo cosas grandes.

sábado, 6 de septiembre de 2014

El sufrimiento


Autor: P. Ángel Peña O. A. R. | Fuente: Libro Más allá del Sufrimiento 
El sufrimiento nos lleva a Dios
Un instrumento de Dios para acercarnos más a Él, si sabemos aceptarlo con amor. No hay nadie que, tarde o temprano, no participe de él.
 
 
El sufrimiento nos lleva a Dios


Hay quienes, ante el sufrimiento de la vida, se rebelan contra Dios y le echan las culpas de todas sus desgracias. Le dicen: ¿Por qué me has hecho esto? Prefiero morir a vivir. Quiero suicidarme, así no vale la pena vivir. Algunos le exigen la salud, como si fuera un derecho adquirido, y dicen: Si no tuviera hijos que cuidar... Si estuviese solo, pero tengo una familia que alimentar y tengo muchos problemas que resolver y muchos planes que realizar. Pareciera que le dicen a Dios que ellos son seres indispensables en el mundo.

Algunos gritan, diciendo: ¿Por qué? Yo soy bueno. ¿Por qué me castigas? Oh Dios, mátame si quieres, pero que no dé pena a los demás, que no haga gastar dinero a mis familiares, que no sea un cacharro inútil para los demás… Y Dios no responde, y calla y perdona y aguanta con paciencia todos los insultos e incomprensiones.

Pero Dios no se divierte ni se lo pasa en grande viéndote sufrir, como si tu dolor y tu enfermedad fueran caprichos de su entretenimiento para los ratos libres. En cambio, se siente muy contento, cuanto ve que tú te realizas a través del dolor y maduras y llegas a ser mejor y más feliz. La peor desgracia que le puede pasar a un hombre no es estar enfermo, sino ser un inútil que no sirve para "nada" y que, al morir, se sienta vacío por dentro por haber desperdiciado su vida. Pero si ama y ofrece su dolor, aunque esté en una silla de ruedas, su vida estará plena de sentido y se realizará como persona y será feliz.

Decía Nicolás Wolterstorff: "Dios es amor y nos ama. Por eso, "sufre" al ver nuestro mundo pecaminoso lleno de sufrimiento. Amar es sufrir. De ahí que podemos decir que las lágrimas de Dios son el secreto de la historia humana".

Hay una leyenda china que cuenta el caso de una pareja de ancianos, que deseaban ardientemente tener un hijo. Después de varios años de esterilidad, por fin tuvieron un hijo. El día después de su nacimiento, los visitó un ángel de Dios y les dijo que podían pedirle cualquier cosa, que Dios se la concedería. Después de mucho pensarlo, le pidieron para su hijo que nunca tuviera sufrimientos ni enfermedades en la vida. El ángel les dijo que Dios podía concedérselo, pero que lo pensaran bien, porque, en su opinión, no era lo más conveniente para él. Pero ellos insistieron tanto que, al fin, Dios se lo concedió.

Y dice la leyenda que, felizmente, estos ancianos esposos no vivieron el tiempo suficiente para ver crecer a su hijo, que llegó a ser el más grande tirano que existió en toda la comarca.

¿Por qué? Porque el sufrimiento nos lleva a Dios, que es amor. Nos hace más sensibles ante el sufrimiento de los demás y nos ayuda a madurar personalmente. El hombre que no ha sufrido, no tendrá la madurez suficiente para amar de verdad y será más duro e insensible ante el dolor de los demás. Por eso, dice un dicho antiguo: "quien no sabe de dolores, no sabe de amores".

El sufrimiento es un tesoro de Dios, un instrumento de Dios para acercarnos más a Él, si sabemos aceptarlo con amor. De otro modo, puede ser un medio de desesperación para el que no tiene fe y sólo piensa en terminar con todo cuanto antes y suicidarse.

Dice Luis Gastón de Segur que, de mil personas que hay en el infierno, probablemente novecientas noventa estarían ahora en el cielo o, al menos, en el purgatorio, si hubiesen sido ciegas, paralíticas, sordomudas o afligidas por alguna enfermedad. Y de los mil que hay en el purgatorio, probablemente estarían novecientas noventa ya en el cielo, si hubiesen tenido alguna enfermedad, que los hubiera hecho más humildes y maduros en la fe y en el amor.

Alguien ha dicho que los buenos enfermos son como las estaciones de gasolina, a donde acuden los que quieren llenar su corazón vacío de amor. Hablar con buenos enfermos ayuda a los sanos a ver la vida en otra perspectiva, porque todos, tarde o temprano, pasaremos por la enfermedad. Los buenos enfermos son bienhechores de la humanidad y ayudan como misioneros en la gran tarea de la salvación del mundo.

En 1928 Margarita Godet quería ser apóstol misionera, pero estaba inmovilizada por la enfermedad y se ofreció como enferma misionera por los seminaristas de las Misiones extranjeras de París. Así comenzó la Unión de los enfermos misioneros, que se compromete a ofrecer diariamente su dolor por las misiones.

También existe la Fraternidad cristiana de enfermos, fundada por el sacerdote Henry François en Verdún (Francia), en 1942, para enfermos, ancianos o minusválidos para fomentar la unión y fraternidad entre ellos y enseñarles a aceptar su dolor y ofrecerlo por la salvación del mundo.


OFRECIMIENTO DEL DOLOR

El sufrimiento es parte integrante de la vida humana. No hay nadie que, tarde o temprano, no participe de él. Por eso, debemos aprender a llevar nuestra cruz de cada día, como nos dice Jesús, y saber ofrecerla para darle un valor sobrenatural. De ahí que sea importante aprender a tener espíritu de sacrificio y no buscar siempre el placer por el placer.

Nuestra Madre la Virgen, en muchas de sus apariciones, nos habla de ofrecer sacrificios voluntarios por la conversión de los pecadores. En Fátima le decía a Lucía: "Orad y haced sacrificios por los pecadores, porque van muchas almas al infierno, porque no hay quien se sacrifique ni ore por ellas" (13 de agosto de 1917).

Este espíritu de sacrificio por la conversión de los pecadores, lo aprendieron muy bien los tres pastorcitos. A veces, daban su comida a las ovejas o a niños pobres o comían bellotas amargas o no bebían agua en pleno calor y decían: "Oh Jesús, es por tu amor y por la conversión de los pecadores".

Evidentemente, el sufrimiento por sí mismo no vale nada, si es que no se ofrece con amor y por amor. Pero, cuando se ofrece a Dios con amor, tiene un gran valor redentor en unión con los méritos de Jesús. 
Por eso, debemos pensar en tantas personas que están alejadas de Dios y que están en peligro de condenación eterna por sus propios pecados. Pero, si nosotros ofrecemos por ellos nuestras oraciones y sacrificios, Dios les puede conceder gracias extraordinarias, que pueden conseguirles su conversión y salvación.

Si san Agustín no hubiera tenido una madre tan santa como santa Mónica, quizás nunca se hubiera convertido ni hubiera llegado a ser el gran santo que todos conocemos. Si tú fueras más generoso con Dios y ofrecieras todos tus sufrimientos y enfermedades por la salvación de tu familia, quizás Dios podía haber salvado hace muchos años algún antepasado tuyo o algún familiar actual que va por mal camino. La oración traspasa las fronteras del tiempo o del espacio. Ora por todos tus antepasados y familiares, presentes y futuros. Hay motivos más que suficientes para ofrecer todo lo que sufres. Y ¡cuántos podrán salvarse por tu generosidad! Pero ¡cuántos también podrán condenarse por su culpa, pero porque no han tenido familiares generosos, que los han encomendado al Señor! ¡Ofrece tu dolor a Dios y Él te bendecirá a ti y a tu familia!

No puedes imaginar todo lo que vale el sufrimiento, ofrecido con amor. Sólo en el cielo lo comprenderás. Allí encontrarás miles y miles de hijos espirituales, a quienes has salvado con tu dolor amoroso o con tu amor doloroso.

Cuando tengas mucho que sufrir, celebra tu propia misa y di como el sacerdote: "Esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros". Sí, este cuerpo tuyo ofrécelo y entrégalo como ofrenda a Jesús para que, en unión con Él, puedas ofrecer tus sufrimientos al Padre por la salvación del mundo. Así tu vida será una misa permanente, en unión con Jesús.

Nos los dice Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los focolares:

"Si sufres mucho y tu sufrir te impide cualquier otra actividad, acuérdate de la misa. En la misa, Jesús, ahora como entonces, no trabaja ni predica, Jesús se sacrifica por amor. En la vida se pueden hacer muchas cosas, decir muchas palabras, pero la voz del dolor, aunque sea sorda y desconocida a los otros, es la palabra más fuerte, aquélla que penetra el cielo. Si sufres, mete tu corazón en el Corazón de Jesús. Di tu misa. Ofrécete con Jesús por la salvación del mundo. Y, si el mundo no te comprende, no te turbes, basta que lo comprendan Jesús y María, los ángeles y los santos. Vive con ellos y deja correr tu sangre en beneficio de la humanidad. La misa es un misterio demasiado grande para poder comprenderla. Su misa y tu misa, Jesús y tú, su amor y tu amor, podéis salvar al mundo".

Por eso, decía Susana Fouché: "Yo he tomado mis dolores en mis manos como un instrumento de trabajo para la salvación del mundo". ¿Estás tú también dispuesto a ofrecer tu vida por la salvación de tus hermanos? Jesús está esperando tu respuesta y cuenta contigo. No lo defraudes. Jesús podría decirte:





"Yo soy tu Dios y pienso en ti. Dispongo todas las cosas para tu bien, aunque no lo comprendas. Acepta con serenidad y paz todo lo que disponga para ti y ofréceme con amor tus sufrimientos. Sólo así podremos estar unidos y tener un solo corazón. Si experimentas cansancio, échate en mis brazos. Si estás triste, ven a Mí y duérmete tranquilo entre mis brazos.

Hijo mío, ayer por la mañana te vi triste y pensé que querías hablar conmigo. Al llegar la tarde, te di una hermosa puesta de sol y esperé, pero nada… Te vi dormir en la noche y te envié rayos de luna para besar tu frente y esperé hasta la mañana; pero tú, con tu prisa, tampoco me hablaste. Entonces, tus lagrimas se mezclaron con las mías que caían con la lluvia del día. Hoy sigues triste y quisiera consolarte con mis rayos de sol, con mi cielo azul, con mis hermosas flores. Quisiera gritarte que te amo, que no tengas miedo de acercarte a Mí para pedirme ayuda, que me dejes entrar en tu corazón y que me entregues todo el peso de tus problemas y todo lo que te hace sufrir.

¿No escuchas mi voz en el fondo de tu alma? Ya sé que estás muy ocupado, puedo seguir esperándote, porque te amo. Pero no olvides que te espero, porque quiero verte contento y feliz".


Sobre el tema del sufrimiento, siempre queremos saber más, meditar más...por eso te recomendamos leer completo el libro "Más allá del Sufrimiento del P. Ángel Peña O. A. R. aquí





viernes, 5 de septiembre de 2014

El don de orar

Te pido el don de la humildad, para disponerme a recibir gratuitamente el don de la oración.

Meditación del Papa Francisco

La Palabra de Dios es viva y por eso viene y dice lo que quiere decir: no lo que yo espero que diga o lo que me gustaría que dijera. Nuestro Dios es un Dios de las sorpresas.
El Evangelio es novedad. La Revelación es novedad. Nuestro Dios es un Dios que siempre hace las cosas nuevas y nos pide esta docilidad a su novedad. En el Evangelio Jesús es claro en esto, es muy claro: vino nuevo en odres nuevos. El vino lo lleva Dios, pero debe ser recibido con esta apertura a la novedad. Y esto se llama docilidad. Nosotros podemos preguntarnos: ¿yo soy una persona dócil a la Palabra de Dios? ¿Hago pasar la Palabra de Dios por un alambique y al final es otra cosa respecto a lo que Dios quiere hacer". Si hago esto, termino como el trozo de tela nuevo en un vestido viejo, y deja el roto peor.
Cuando yo quiero coger electricidad de la fuente eléctrica, si el aparato que tengo no funciona, busco un adaptador. Nosotros debemos buscar siempre adaptarnos, adecuarnos a esta novedad de la Palabra de Dios, estar abiertos a la novedad. (Cf. S.S. Francisco, de julio de 2013, en Santa Marta).

jueves, 4 de septiembre de 2014

Nuestra celda interior....

Nuestros pecados son el lugar privilegiado para el encuentro con Jesús, dijo el Papa en su homilía matutina

(RV).- (Con audio) La fuerza de la vida cristiana está en el encuentro entre nuestros pecados y Cristo que nos salva. Si no se produce este encuentro, las iglesias son decadentes y los cristianos tibios. Lo dijo el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina en la Casa de Santa Marta.

Pedro y Pablo nos hacen comprender que un cristiano se puede jactar de dos cosas: “De sus propios pecados y de Cristo crucificado”. La fuerza transformadora de la Palabra de Dios – explicó el Pontífice – parte de tener conciencia de esto. Y Pablo, en su primera Carta a los Corintios, invita a quien se cree sabio a “volverse necio para llegar a ser docto, porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios”:

“Pablo nos dice que la fuerza de la Palabra de Dios, esa que cambia el corazón, que cambia el mundo, que nos da esperanza, que nos da vida, no está en la sabiduría humana: no está en hablar bien y en decir las cosas con inteligencia humana. No. Eso es necedad, dice él. La fuerza de la Palabra de Dios viene de otra parte. También la fuerza de la Palabra de Dios pasa por el corazón del predicador, y por esto dice a aquellos que predican la Palabra de Dios: ‘Vuélvanse necios, es decir, no pongan su seguridad en su sabiduría, en la sabiduría del mundo”.



El Apóstol Pablo no se vanagloria de sus estudios – “había estudiado con los profesores más importantes de su tiempo” – sino “sólo de dos cosas”:

“Él mismo dice: ‘yo sólo me glorío de mis pecados’. Esto escandaliza. Además, en otro pasaje dice: ‘Yo sólo me glorío en Cristo, este Crucificado. La fuerza de la Palabra de Dios está en aquel encuentro entre mis pecados y la sangre de Cristo, que me salva. Y cuando no existe este encuentro, el corazón no tiene fuerza. Cuando se olvida ese encuentro que hemos tenido en la vida, nos volvemos mundanos, queremos hablar de las cosas de Dios con lenguaje humano, y no sirve: no da vida”.



También Pedro – en el Evangelio de la pesca milagrosa – experimenta el encuentro con Cristo viendo su propio pecado: ve la fuerza de Jesús y se ve a sí mismo. Se inclina a sus pies diciendo: “Señor, aléjate de mí, porque soy un pecador”. En este encuentro entre Cristo y mis pecados está la salvación, dijo el Papa:

“El lugar privilegiado para el encuentro con Jesucristo son los propios pecados. Si un cristiano no es capaz de sentirse precisamente pecador y salvado por la sangre de Cristo, de este Crucificado, es un cristiano a mitad de camino, es un cristiano tibio. Y cuando nosotros encontramos Iglesias decadentes, cuando encontramos parroquias decadentes, instituciones decadentes, seguramente los cristianos que están allí no han encontrado jamás a Jesucristo o se han olvidado de aquel encuentro con Jesucristo. La fuerza de la vida cristiana y la fuerza de la Palabra de Dios está precisamente en aquel momento donde yo, pecador, encuentro a Jesucristo y aquel encuentro da un vuelco a la vida, cambia la vida… Y te da la fuerza para anunciar la salvación a los demás”.



El Papa Francisco invita a hacerse algunas preguntas, dijo también el Papa: “¿Soy capaz de decir al Señor: ‘Soy pecador?’”. No en teoría, ¿sino confesando “el pecado concreto? ¿Y soy capaz de creer que precisamente Él, con su Sangre, me ha salvado del pecado y me ha dado una vida nueva? ¿Tengo confianza en Cristo?”. Y concluyó: “¿De qué cosas puede jactarse un cristiano? De dos cosas: de los propios pecados y de Cristo crucificado”.


Esto es importante: la valentía de confiarme a la misericordia de Jesús, de confiar en su paciencia, de refugiarme siempre en las heridas de su amor. San Bernardo llega a afirmar: "Y, aunque tengo conciencia de mis muchos pecados, si creció el pecado, más desbordante fue la gracia". Tal vez alguno de nosotros puede pensar: mi pecado es tan grande, mi lejanía de Dios es como la del hijo menor de la parábola, mi incredulidad es como la de Tomás; no tengo las agallas para volver, para pensar que Dios pueda acogerme y que me esté esperando precisamente a mí. Pero Dios te espera precisamente a ti, te pide sólo el valor de regresar a Él. Cuántas veces en mi ministerio pastoral me han repetido: "Padre, tengo muchos pecados"; y la invitación que he hecho siempre es: "No temas, ve con Él, te está esperando, Él hará todo". Cuántas propuestas mundanas sentimos a nuestro alrededor. Dejémonos sin embargo aferrar por la propuesta de Dios, la suya es una caricia de amor. Para Dios no somos números, somos importantes, es más somos lo más importante que tiene; aun siendo pecadores, somos lo que más le importa. (S.S. Francisco, 7 de abril de 2013). 





Es fácil coger los peces cuando la palabra de Cristo los ha atraído. Jesús, sentado en la barca de Pedro, atraía a la gente que estaba en la orilla, pero atraía también a los peces que estaban en el agua.

San Francisco de Asís, en alguna ocasión, se puso a predicar en el bosque a cientos y cientos de avecillas, que vinieron ahí, para oírle. La palabra de Cristo atrae a los peces. Él ha dicho en otro lugar que “sus ovejas reconocen su voz” San Juan 10,14.

Así como esos peces son como atraídos por Cristo, así también las ovejas del rebaño de Cristo reconocen, reconocemos, su voz. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que Dios nos hizo de tal manera, que hay en nosotros un hambre que queda satisfecha sólo cuando encontramos a Jesucristo.

Hay en nosotros por creación algo que nos dispone para la redención; estamos creados para ser redimidos, y esta redención que llega por la gracia de Cristo, que es el don del Espíritu Santo, tiene ya su lugar en nosotros.

Estamos hechos para ser santos; estamos pensados para ser santos, y amados para ser santos. Desde el principio de nuestra existencia, nuestro corazón tiene un lugar muy especial que nadie lo podrá ocupar, que no se saciará con nada, que no descansará hasta que encuentre a Jesucristo.

Y por eso, cuando llega Cristo y habla, nosotros, como estos peces o como las ovejitas de su rebaño, sabemos que es Él, y vamos tras de Él; ese lugar es muy importante, ese lugar del corazón.

Ese lugar del corazón ha recibido muchos nombres en la historia de la mística y todos son bellos; se le ha llamado, por ejemplo, cintilla ánime, centella del alma, recámara, celda interior, tálamo, santuario.

Es maravilloso pensar que en nosotros hay un lugar; así “¿Qué templo podréis construirme?” Isaías 66,1, decía Dios por boca del Profeta Isaías; "¿qué templo podréis construirme? ¿O qué lugar para mi descanso?" Todo eso, lo hicieron mis manos” Isaías 66,1-2.

Si tuviéramos que abrirle espacio a Dios en nuestra vida, no habría ni las fuerzas, ni los arquitectos, ni los albañiles que pudieran hacerlo; pero es que Dios, cuando nos hizo, ya dejó el sitio para Él mismo.

Ya que hay un lugar para Él, y ese santuario que hay en nosotros y que está para Él, entonces, puede existir, o vacío, o lleno de su presencia, porque nadie más llegará allá; puede existir, o santificado por Él o profanado, porque Él no ha llegado.

Pero eso tampoco es del todo correcto; no es bueno decir que ese lugar se profana; es más sano, y parece que es más recto, decir que hay un lugar en el corazón que nunca puede ser profanado.

Aunque es verdad que todo nuestro ser es templo del Espíritu Santo, hay algo en nosotros, esa centella del alma, ese tálamo, esa recámara nupcial, que de algún modo no puede ser nunca profanada.

Esto es una verdad muy bella y muy consoladora, especialmente cuando nuestra vida, lamentablemente, ha tenido la visita del pecado, porque llegamos a Dios como pecadores arrepentidos, no como inocentes agradecidos.

A veces sentimos que ya no será posible la inocencia, pero las cosas más bellas de la vida espiritual están para los inocentes; por ejemplo, la gozosa amistad con los Santos y con los Ángeles, es propio de las almas inocentes.

Y a veces uno siente que los pecados de uno le han alejado tanto de Dios y de los espíritus amigos de Dios, que la relación con ellos, para ser buena, hubiera tenido que ser inocente.

Entonces, es muy importante saber que hay algo en el corazón que permanece inocente, hay algo en el corazón que sólo podría ser lleno por Dios, y por consiguiente, hay algo en el alma que no es profanado nunca.

Bueno, ¿significa eso, entonces, que aún en los casos más graves de pecado mortal, y extrememos las cosas, incluso sacrilegios, yo no sé, cosas espantosas, aún en esos casos hay algo bueno? Es eso exactamente lo que estoy diciendo: hay una semilla de bien, hay una Centella por eso lo llamaban cintilla, hay una centella en el alma que permanece buena.

Esa centella la describe Santo Tomás de Aquino de esta manera, dice: “La voluntad humana está hecha de tal modo que sólo puede radicalmente querer el bien; puede equivocarse escogiendo el bien, pero sólo puede, en últimas, querer el bien”.

Bueno, pero el que peca, el que peca está buscando un bien, lo que sucede es que lo busca donde no está. El que peca porque roba, por ejemplo, el que insulta, el que humilla a otro, ¿qué bien está buscando? Está buscando un bien que es la afirmación de su propio ser.

Bueno, ¿y el que reniega de Dios, -Dios nos libre-, el que blasfema, el que se opone y se rebela altanera y groseramente contra Dios, qué bien puede estar buscando? Todavía, ése está buscando un bien.

El bien que está buscando es afirmarse, lo que pasa es que lo busca como no es; el mismo Satanás, en su acto rebelde contra Dios, estaba buscando un bien, estaba buscando ser; sólo que buscaba ser sin ser en Dios; desde luego, esto es absurdo.

De manera que las creaturas racionales, los Santos Ángeles, los Ángeles caídos, y nosotros, sólo podemos radicalmente querer el bien, aunque lo busquemos mal; esta con naturalidad con el bien permanece como un acto bueno, como la posibilidad, digamos mejor, como una potencia hacia el bien, como una posibilidad continua del bien.

Precisamente, una de las realidades más graves, yo no me atrevería a decir la tristeza más grande, pero una de las realidades más grandes de la condenación es, precisamente, que ese acto bueno queda perpetuamente frustrado en la condenación de los Ángeles caídos.

En la condenación de las personas humanas no es que desaparezca ese lugar que Dios hizo para sí, sino que queda eternamente vació, eternamente frustrado; y precisamente, diríamos que en cierto modo, esa es la condenación: un bien frustrado, ya que nos sentimos más seguros en la palabra de Santo Tomás, en que sí existe ese lugar del alma.

Pensemos en lo que eso significa para nosotros. Significa que hay una posibilidad de reconstruir la inocencia, y los bienes que tienen que ver con la inocencia pueden suceder también en nosotros, los pecadores.

Los bienes propios de la inocencia son, por ejemplo, la sencillez, la transparencia, la alegría, la virginidad. Estos bienes, que son propios de la inocencia, pueden suceder en nuestras vidas a partir de ese centro que se llama centella del alma, o que se llama tálamo, o que se llama celda interior, como decía Catalina de Siena.

Ese centro del alma, esa última y definitiva morada, en la expresión de Santa Teresa de Jesús, esa celda interior, es el lugar de Dios en nosotros.