jueves, 4 de septiembre de 2014

La sabiduria mundana es idiolatria

1. La Ignorancia como Camino de la Sabiduría

1.1 Parece una contradicción lo que nos sugiere el apóstol san Pablo en la primera lectura de hoy. La sabiduría de este mundo es ignorancia ante Dios; sólo "haciéndonos" ignorantes llegaremos a ser sabios. ¿Cómo entender estas palabras?

1.2 Pablo no está hablando de aparentar, desde luego. No se trata de "hacerse el ignorante," como quien oculta algo que sigue creyendo que tiene. Se trata de volverse ignorante, o como se suele decir hoy, de "desaprender." Porque así como es importante aprender es igualmente importante desaprender. Así como hay que conocer cómo se deben hacer las cosas, hay también que olvidar y dejar de lado los vicios o malos hábitos que nos conducen a obrar como no se debe. De modo que la propuesta del apóstol, puesta en lenguaje actual, es: "Necesitas desaprender los caminos del orgullo y la vanidad para empezar a aprender los caminos de la humildad, la fe y la verdadera sabiduría."

1.3 ¿Y por qué dice él que la sabiduría del mundo es inútil y perniciosa? Por una razón: lo que se aprende en el mundo y para el mundo es idolatría, de una forma o de otra. La sabiduría del mundo es ante todo sagacidad, capacidad de lograr las propias metas, astucia para conseguir lo que se quiere. Y ese es el problema: si el énfasis está todo en los métodos y procedimientos, mientras que los fines no son cuestionados, pronto tendremos un mundo de gente que se ataca y destruye con refinamiento y artimaña, un mundo donde el disimulo y la traición están a la orden del día.

1.4 La sabiduría de lo alto, la sabiduría divina, es otra cosa. Es entrar en el plan de Dios, que es salvación para el hombre. Es recuperar el designio original, que supone que las cosas son para nosotros y no nosotros para ellas. Es encontrarnos, en fin, con el corazón de Dios Padre y con la posibilidad real de ser hermanos que comparten, no enemigos que se destruyen.@fraynelson

miércoles, 3 de septiembre de 2014

No perdamos nuestro tiempo


Memoria de san Gregorio Magno, papa y doctor de la Iglesia, que siendo monje ejerció ya de legado pontificio en Constantinopla, y después, en tal día, fue elegido Romano Pontífice. Resolvió problemas temporales y, como siervo de los siervos, atendió a los valores espirituales, mostrándose como verdadero pastor en el gobierno de la Iglesia, ayudando sobre manera a los necesitados, fomentando la vida monástica y propagando y reafirmando la fe por doquier, para lo cual escribió muchas y célebres obras sobre temas morales y pastorales. Murió el doce de marzo.






Autor: P. Clemente González 
Curación de la suegra de Pedro
Lucas 4, 38-44. Tiempo Ordinario. Cristo te cura de las enfermedades del alma, siempre está atento...solo tienes que pedirlo.
 

Del santo Evangelio según san Lucas 4, 38-44 

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con mucha fiebre, y le rogaron por ella. Inclinándose sobre ella, conminó a la fiebre, y la fiebre la dejó; ella, levantándose al punto, se puso a servirles. A la puesta del sol, todos cuantos tenían enfermos de diversas dolencias se los llevaban; y, poniendo él las manos sobre cada uno de ellos, los curaba. Salían también demonios de muchos, gritando y diciendo: Tú eres el Hijo de Dios. Pero Él, conminaba y no les permitía hablar, porque sabían que Él era el Cristo. Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar solitario. La gente le andaba buscando y, llegando donde Él, trataban de retenerle para que no les dejara. Pero Él les dijo: También a otras ciudades tengo que anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, porque a esto he sido enviado. E iba predicando por las sinagogas de Judea. 

Oración introductoria 

Señor, yo también estoy buscándote en mi interior. Ayúdame a ver qué es lo que necesito cambiar para que aprecie y valore más tu presencia en mi vida. Yo también estoy enfermo, te pido que en esta oración te dignes hacer algo por mí. Creo en Ti, confío en Ti y te amo. 

Petición 

Jesús, dame la humildad para saber reconocer tu presencia en mi vida. 

Meditación del Papa Francisco 

Gentío, fiesta, alabanza, bendición, paz. Se respira un clima de alegría. Jesús ha despertado en el corazón tantas esperanzas, sobre todo entre la gente humilde, simple, pobre, olvidada, esa que no cuenta a los ojos del mundo. Él ha sabido comprender las miserias humanas, ha mostrado el rostro de misericordia de Dios y se ha inclinado para curar el cuerpo y el alma. Éste es Jesús. Éste es su corazón atento a todos nosotros, que ve nuestras debilidades, nuestros pecados. El amor de Jesús es grande. Y, así, entra en Jerusalén con este amor, y nos mira a todos nosotros. Es una bella escena, llena de luz – la luz del amor de Jesús, de su corazón –, de alegría, de fiesta. [...] También nosotros hemos acogido al Señor; también nosotros hemos expresado la alegría de acompañarlo, de saber que nos es cercano, presente en nosotros y en medio de nosotros como un amigo, como un hermano, también como rey, es decir, como faro luminoso de nuestra vida. (S.S. Francisco, 24 de marzo de 2013).. 

Reflexión 

Es admirable el trabajo de los médicos. Nunca tienen un rato de descanso, porque allí donde van, aunque sea a una fiesta, todo el mundo se acerca para hablarles de sus padecimientos y enfermedades. 

Así me imagino también a Jesús. No había llegado todavía a casa de su amigo Pedro cuando ya le piden un milagro. Y por la tarde vinieron a suplicarle que sanara a otros enfermos. Y al salir el sol le seguían buscando incluso en el desierto. 

¡Qué grande es el Corazón de Cristo! Qué paciente, las veinticuatro horas del día, sin pedir nada a cambio. La Palabra ablanda cualquier corazón, aunque sea más duro que las piedras.. Le apasionaba su misión. Sabía que tenía que aprovechar los tres años de vida pública y no se permitió ni un momento de reposo. 

Esto nos enseña a tomarnos en serio nuestra vida. El tiempo que Dios nos ha concedido no puede tirarse a la basura con entretenimientos estériles. Hay mucho que hacer, y algún día nos pedirán cuentas de lo que hayamos hecho. Seguro que tienes varias tareas pendientes que están esperando su momento. ¿Y cuando llegará? Quién sabe. 

Es cuestión de organizarse bien, de tener el día programado para rendir al máximo, aun sacrificando el tiempo dedicado a la televisión. Debemos ser exigentes con el uso de las horas. No pueden desperdiciarse, porque nunca más volverán. 

Primero es necesario establecer una jerarquía. ¿Qué es lo más importante para mí? No hay que descuidar el trabajo, ni la familia, ni los momentos para Dios, ni las actividades que enriquezcan a los que viven en la misma ciudad o país. Sepamos sacarle el jugo a la vida que Dios nos ha regalado. 

Propósito 

Consolar a una persona enferma, más que con palabras, con mi cercanía serena y sincera. 

Diálogo con Cristo 

Señor, gracias por venir a mi casa en esta oración. Estoy agradecido por la atención personal que me das, especialmente cuando estoy enfermo y necesitado de tu gracia. Quiero corresponder rápidamente, como lo hizo la suegra de Pedro, sirviendo con alegría y prontitud a todos mis hermanos. El mundo está enfermo, muchos tienen una gran necesidad de Ti. Te ofrezco ser generoso y compartir la fuerza de tu presencia en mi vida. 


















martes, 2 de septiembre de 2014

hoy, el bien a veces parece mal y el mal a veces parece bien



La presencia del demonio está en la primera página de la Biblia y la Biblia termina con la presencia del diablo, con la victoria de Dios sobre el demonio. 
No hay que ser ingenuos. El Señor nos da algunos criterios para "discernir" la presencia del mal y seguir en el camino cristiano cuando hay tentaciones. Uno de los criterios es no seguir la victoria de Jesús sobre el mal sino solo a medias. O estás conmigo -dice el Señor- o estás contra mí. 
Jesús vino a destruir al diablo, a darnos la liberación de la esclavitud del diablo sobre nosotros. Y, en este punto, no hay matices. Hay una lucha, y una lucha en la que se juega la salud, la salud eterna, la salvación eterna. Siempre debemos vigilar, vigilar contra el engaño, contra la seducción del mal. 
Y podemos hacernos la pregunta: ¿Vigilo sobre mí, sobre mi corazón, sobre mis sentimientos y mis pensamientos? ¿Guardo el tesoro de la gracia? ¿Protejo la presencia del Espíritu Santo en mí? ¿O dejo todo así nomás y creo que está bien? Pero si no lo cuidas, viene uno que es más fuerte que tú. Pero cuando viene otro más fuerte y lo vence, le quita las armas en que confiaba, y reparte los despojos. ¡Hay que vigilar! (Cf. S.S. Francisco, 11 de octubre de 2013, homilía en la capilla de Santa Marta) 


Título: “Mientras no aparece Jesucristo, el bien y el mal se confunden”



Queridos Hermanos:

Las lecturas de este día, tomadas de la Primera Carta a los Corintios y del Santo Evangelio según San Lucas, nos invitan a hablar sobre los espíritus.

San Pablo en la Carta a los Corintios dice: “¿Quién conoce lo que hay en el hombre, sino el Espíritu que está en el hombre; y quién conoce lo que hay en Dios, sino el Espíritu de Dios?” 1 Corintios 2,11.

Luego, el evangelio, nos habla de un espíritu inmundo, que no es el espíritu del hombre, porque cuando Jesús realiza este exorcismo, el hombre sigue vivo; mejor, recupera plenamente su vida.

Mientras que ese espíritu inmundo tiene que apartarse, tiene que irse, y desde luego, ese espíritu inmundo tampoco es ni puede ser confundido, ni puede ser mezclado con el Espíritu de Dios.

Porque, precisamente, es el poder del Espíritu de Dios el que arroja a ese espíritu inmundo; así pues, hoy tenemos muchos espíritus en estas lecturas, tenemos el Espíritu de Dios que actúa con poder en Jesucristo.

Como nos decía el mismo Cristo, el día de ayer, aplicándose las palabras del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido” San Lucas 4,19; Cristo es el Ungido del Espíritu.

De hecho, la palabra Cristo en español viene de una palabra en griego “Cristhos” que significa untado, ungido; ungido por el Espíritu. Jesús es el Ungido, el Untado por el Espíritu de Dios.

Y es precisamente ese Espíritu el que primero lo movió al desierto, al silencio, la oración, la contemplación, la penitencia; y que luego lo mueve a las aldeas, a las ciudades, a las plazas; el mismo Espíritu que luego lo conduce hacia la Cruz.

El mismo Espíritu que no lo abandona en el sepulcro; el mismo Espíritu que lo resucita de entre los muertos. Si uno piensa bien las cosas, no se sabe si el evangelio tiene realmente como protagonista a Jesús o al Espíritu.

Afortunadamente, las Divinas Personas no pelean por derechos de autor, y no les interesa los protagonismos. Lo cierto del caso es que Jesús es Protagonista del Evangelio, pero el Espíritu también es protagonista del Evangelio.Y puesto que todo sucede según el designio de Dios Padre, el Padre es protagonista del Evangelio.

Pero bien, ¿qué vamos hacer con tantos espíritus? Pues la solución es muy sencilla: si el Espíritu de Dios unge nuestro espíritu, obramos como Jesús; si el Espíritu de Dios no unge nuestro espíritu, quedamos listos, preparaditos, condimentados, sazonados y preparados para que sea más bien el espíritu inmundo el que se apodere de nosotros.

Sin embargo, no debemos caer en el terrorismo de decir que el que no tiene el Espíritu de Dios, entonces está poseído por el diablo; no. El espíritu del hombre puede ser también autor y fuente de pecado, por sus concupiscencias, por sus venganzas, por sus codicias, por sus malas inclinaciones.

Sin embargo, aquel que no se decide pronto por Dios, debería saber muy claramente que está listico, preparadito, condimentado, y sazonado para que venga más bien el espíritu inmundo a hacer de las suyas en esa vida. Esa es una enseñanza, y es como importante.

Hay otra que quiero compartir con ustedes. Un ejemplo que he dicho en otras ocasiones: cuando hay poquita luz, el mugre no se ve; pero cuando llega la luz con toda su fuerza, ahí, sí aparece el mugre. Piense usted en un vidrio.

De noche, todos los vidrios están limpios; pero cuando llega el sol y golpea con fuerza el cristal, ahí sí se ve que está empañado aquí, engrasado acá, sucio acá; que aquí hay polvo, que aquí hay no sé qué.

Lo mismo sucede con el Espíritu que Jesús vino a traer a esta tierra: mientras no aparece Jesucristo, el bien y el mal se confunden: uno no sabe qué será lo bueno de lo malo, y qué será lo malo de lo malo. Y esa es un poco la situación en la que vivimos hoy.

Hoy, el bien y el mal se han oscurecido en la conciencia de los colombianos; hoy, el bien a veces parece mal y el mal a veces parece bien; y entonces pesa sobre nosotros aquella maldición de Isaías, cuando dijo: “¡Ay! de aquellos que llaman bien al mal, y mal al bien” Isaías 61,1.

Cuando hay personas que sienten que somos una sociedad atrasada, porque no hemos despenalizado el aborto; ¿qué es eso? Sino llamar bien al mal, y mal al bien; pero no se asusten, sigamos el principio fundamental no os atortoléis.

Queridos hermanos, en la medida en que Cristo va llegando con poder a nuestras vidas, en la medida en que su luz golpea fuerte en el cristal de la conciencia, uno ya no puede decirse mentiras. Uno ya, cuando está robando, sabe que está robando; y cuando está mintiendo, sabe qué está mintiendo.

Pero es tan intensa la luz que trae Jesús, que incluso ese espíritu inmundo que era un espíritu que iba a la sinagoga, analice usted, incluso este espíritu inmundo que era capaz de llevar a un hombre a una sinagoga, es decir, era capaz hasta de darle apariencia de religión, incluso ese espíritu inmundo, ya no resiste el volumen y se ve obligado a mostrarse.

Tráele luz a tu vida, y saldrán los fantasmas, los nomos, los demonios, los pecados, las mentiras con que nos hemos venido engañando. Mentiras como decir: “Uno también es humano”, como decir: “Yo soy mujer y tengo derecho”, como decir: “Todo el mundo lo hace”, como decir cualquier tontería de esas.

Ya no nos diremos tonterías; la luz y la verdad llegarán a nuestra vida, y el demonio mismo tendrá que huir de nosotros en la medida en que la luz que trae el Espíritu de Cristo se apodere de nuestro Espíritu.

Ese Espíritu obra con todo su poder en la Santa Misa; es capaz de transformar la esencia el ser mismo del pan hasta convertirlo en Cuerpo del Señor.

Digo, entonces, a todos, pero especialmente, a quienes se vayan a acercar a comulgar en esta Eucaristía: abran así sus vidas, háganse receptivos. Hagámonos plenamente receptivos, blanditos al Espíritu de Dios para no resultar blanditos al espíritu del pecado, de la iniquidad del mundo.

Venga este Espíritu de Cristo a iluminarnos, a fortalecernos, a convertirnos.

Amén.@fraynelson


Me aterra




demonios

    Ayer contemplábamos cómo el pecado de los hombres, al contacto con la verdad, desataba una furia capaz de despeñar por un barranco al propio Dios. Hoy –como si se tratase de reacciones químicas– vemos cómo responden los demonios a ese contacto con la Verdad.

    Había en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar a voces: – «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el santo de Dios».

    Curioso: al igual que en los hombres, también en los demonios Jesús desata voces, furia y ruido. Supongo que es una forma de intentar tapar el sonido de la Verdad. También gritaron los fariseos ante el discurso de Esteban antes de lapidarlo.

    Pero más curioso aún es cómo, mientras los nazarenos se precipitaron en impulsos asesinos, los demonios se lanzan a gritar jaculatorias. Palabras similares a las de este demonio, en boca de Simón Pedro, merecieron la alabanza de Jesús.

    Yo temo mas a los demonios cuando escupen jaculatorias que cuando escupen fuego. Porque con fuego no me engañan. Pero tantas insinuaciones «piadosas», susurradas al oído, tratando de convencerme de que lo santo es no obedecer… Eso me aterra.





http://www.espiritualidaddigital.c




Autor: P. Angel Peña O.A.R. | Fuente: Catholic.net
Dios te quiere santo
¿Y tú? Él te conoce por tu nombre y apellidos. Él quiere siempre lo mejor para ti y sigue soñando maravillas en tu vida.
 
Dios te quiere santo


Dios, tu Padre, que te ha creado, quiere lo mejor para ti Y, por eso, quiere que seas santo. La voluntad de Dios es tu santificación (1 Tes 4,3). Dios te eligió desde antes de la formación del mundo para que seas santo e inmaculado ante Él por el amor (Ef 1,4). Por eso, en la Biblia, que es una carta de amor de Dios, se insiste mucho: “Sed santos, porque yo vuestro Dios soy santo” (Lev 19,2; 20,26). Y Jesús nos dice: “Sed santos como vuestro Padre celestial es santo” (Mt 5,48). Así que tú y yo, y todos "los santificados en Cristo Jesús, estamos llamados a ser santos" (l Co 1,2). 

El mismo Catecismo de la Iglesia Cató1ica nos habla en este sentido: "Todos los fieles son llamados a la plenitud de la vida cristiana" (Cat 2028). "Todos los cristianos, de cualquier estado o condición están llamados cada uno por su propio camino, a la perfección de la santidad" (Cat 825). 

En el concilio Vaticano II, en la Constitución "Lumen gentium", todo el capítulo V está dedicado a la vocación universal a la santidad. Y dice en concreto: “Quedan invitados, y aun obligados, todos los fieles cristianos a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio estado” (Lumen gentium n° 42). 

Así que está claro que puedes ser santo. Dios lo quiere ¿y tú? No digas que no tienes las cualidades necesarias. No digas que Dios no te ha llamado. No has venido al mundo por casualidad. No eres un cualquiera para Dios, no eres uno más entre los millones de hombres que han existido, existen o existirán. Él te ama con un amor personal. Él te conoce por tu nombre y apellidos. Él quiere siempre lo mejor para ti y sigue soñando maravillas en tu vida. ¿Lo vas a defraudar en sus planes divinos? ¿Crees que no vales nada? ¿Crees que todos los demás valen más que tú? Tú tienes que cumplir tu misión y ser santo, cumpliendo tu misión con las cualidades que Dios te ha dado. No envidies a nadie. No sueñes con otras misiones, no te sientas triste por no tener lo que tú quisieras “humanamente hablando”. Dios te ama así como eres. No te compares con los demás para devaluarte o para creerte superior. Levántate de tus cenizas y de tus pecados. Levanta la cabeza y mira hacia el cielo. Allí te espera tu Padre Dios y cuenta contigo para salvar al mundo. 

Sé humilde y servicial con todos. Sé amable, procura hacer felices a cuantos te rodean. Sé instrumento del amor de Dios para los demás. Que el amor sea la norma suprema de tu vida y que, por amor, des tu vida entera a1 servicio de los demás. Y tu Padre Dios se sentirá orgulloso de ti y te sonreirá en tu corazón y sentirás su paz y felicidad dentro de ti. No temas. Jesús te espera en la Eucaristía para ayudarte y nunca te abandonará. María es tu Madre y vela por ti. Los santos son tus hermanos. Y un ángel bueno te acompaña. 


DESEO DE SANTIDAD 

El primer paso para ser santo es querer ser santo. Si no quieres serlo, porque crees que es imposible para ti o simplemente no quieres, porque crees que hay que sufrir demasiado y prefieres tu vida tranquila y sin complicaciones... Entonces, estás perdido y nunca llegarás a la santidad. 

Santa Teresa de Jesús nos habla de que hay que tener una "determinada determinación", una decisión seria de querer ser santos. Evidentemente, las personas que tienen una voluntad muy débil y que se quedan en bonitos deseos, pero no ponen de su parte y no se esfuerzan, nunca podrán llegar a ser santos, mientras no adquieran esa fuerza de voluntad que es necesaria para hacer grandes cosas. 

Recuerdo que un día estaba paseando con otro sacerdote y se nos acercó un buen hombre que le dijo a mi compañero: “Padre, Ud. es un santo”. Y él le dijo: “No soy santo, pero quiero ser santo". Una buena respuesta, reconocer que somos pecadores y nos falta mucho, pero decir claramente y sin vergüenza: “Quiero ser santo”. Personalmente, cuando me dicen algo así, les digo: “Solamente soy un aspirante a la santidad”, ¿y tú? 

Si quieres ser santo de verdad, debes comenzar por ser un buen cristiano. Eso significa que nunca debes mentir, ni robar, ni decir malas palabras ni ser irresponsable. Eso supone una decisión firme de evitar todo lo que ofenda a Dios y a los demás y querer ser siempre sincero, honesto, honrado, responsable... 

Una vez que estás bien encaminado y deseas amar a Dios sobre todas las cosas, no debes angustiarte por no ver avances importantes, pues la santidad es un regalo de Dios que debes pedir también humildemente todos los días. ¿Lo pides de verdad y con sinceridad? Pero no pidas un determinado tipo de santidad, sea con dones místicos o sin ellos, con buena salud para trabajar o con enfermedad, con puestos importantes o sin ellos. Déjale a Dios que escoja el tipo de santidad que quiere para ti. Él te conoce y te ama, déjate llevar sin condiciones, e invoca a tu santo patrono. ¡Qué importante es tener un nombre cristiano y tener un santo protector a quien invocar con devoción! 





Hombre de Espíritu

PRIMERA LECTURA

A nivel humano, uno no capta lo que es propio del Espíritu de Dios; en cambio, el hombre de espíritu tiene un criterio para juzgarlo todo
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 2, l0b-16

Hermanos:

El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios. ¿Quién conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Pues, lo mismo, lo íntimo de Dios lo conoce sólo el Espíritu de Dios. Y nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mundo, es el Espíritu que viene de Dios, para que tomemos conciencia de los dones que de Dios recibimos.

Cuando explicamos verdades espirituales a hombres de espíritu, no las exponemos en el lenguaje que enseña el saber humano, sino en el que enseña el Espíritu, expresando realidades espirituales en términos espirituales. A nivel humano, uno no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una necedad; no es capaz de percibirlo, porque sólo se puede juzgar con el criterio del Espíritu. En cambio, el hombre de espíritu tiene un criterio para juzgarlo todo, mientras él no está sujeto al juicio de nadie. «¿Quién conoce la mente del Señor para poder instruirlo? » Pues bien, nosotros tenemos la mente de Cristo.


 En las lecturas de hoy encontramos un elemento común que es bueno considerar. San Pablo nos dice: “el hombre de espíritu tiene un criterio para juzgarlo todo, mientras él no está sujeto al juicio de nadie”. Y en el Evangelio se señala que Jesús hablaba con autoridad de manera que todos quedaban estupefactos.

San Pablo, en su carta indica que los cristianos recibimos un espíritu que no es de este mundo. Y al respecto señala tres cosas muy importantes. La primera es que ese Espíritu nos permite “tomar conciencia de los dones que de Dios recibimos”. La segunda es que dicho Espíritu está por encima del nivel humano, de tal manera que para muchos pasa desapercibido y otros no lo entienden. El tercer aspecto es el ya señalado de que gracias al Espíritu de Dios nos es dado juzgar sobre todas las cosas.

El pensamiento relativista y el escepticismo han llevado a algunos cristianos a minimizar el papel de la fe en la formación de la razón y en nuestra mirada sobre las cosas. Por la fe quedamos capacitados para ver el mundo con la mirada de Jesucristo. Si bien es verdad que la fe es oscura respecto de las realidades divinas, también lo es que ilumina las humanas. El cristiano entiende mejor el mundo porque conoce más el designio de Dios sobre las cosas. Lo mismo podemos decir sobre el hombre. Al conocernos en Jesucristo entendemos con mayor plenitud el sentido de nuestra vida y nuestra vocación.

El Evangelio nos da un ejemplo. Cuando Jesús entra en la sinagoga el hombre que estaba poseído por el demonio se pone a gritar. Lo que ha sucedido es que la presencia de Jesús ha sacado a la luz algo que estaba oculto. Esa verdad se muestra de una forma violenta porque allí hay algo que está contra el hombre y Jesús ha venido a destruirlo. Es decir, el Señor ha venido para salvar al hombre.

Meditando sobre estos textos me sorprende aún más el desprecio con que algunos fieles tratan su formación. Parecería que el conocimiento del dogma, del magisterio de la Iglesia, de las Sagradas Escrituras y la misma formación en la piedad no aportara nada al hombre. Todo ello construye al hombre en su integridad. Y la vida cristiana que nos es comunicada por Jesucristo conduce a la perfección nuestra humanidad. Es por ello que tantos santos han actuado como verdaderos “expertos” en multitud de asuntos humanos y han extraído lo mejor de las situaciones. Eso lo posibilita el Espíritu de Dios que nos es dado.

Que la Virgen María ilumine nuestros corazones para que sintamos el gran don de ser hijos de Dios. Que cada día lo afrontemos desde la conciencia de que Dios es nuestro Padre y Jesús nos acompaña en todas nuestras accciones.

1. Conocimiento Espiritual

1.1 Una de las frases que más me han impresionado y han marcado mi vida la leí en la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino, en el tratado sobre la fe. Dice este santo Doctor de la Iglesia que la fe es una perfección de la inteligencia, precisamente porque le permite alcanzar noticia y certeza de lo que por sus propias fuerzas no podría lograr. En contra, pues, de la opinión común, según la cual la fe y la razón se oponen, Santo Tomás enseña que la perfección de la razón se logra mediante la fe, don del Espíritu Santo que le permite conocer con certidumbre cosas que no podría demostrar completamente. Es de hecho lo que el apóstol San Pablo declara en la primera lectura de hoy.

1.2 El conocimiento o sabiduría "en el Espíritu" no es otra cosa que la acción del Espíritu Santo en nuestro entendimiento. No se trata, sin embargo, de una especie de "dictado," como si todo consistiera en infundir unas palabras o frases ya hechas dentro de la cabeza de los profetas, los apóstoles o los evangelistas. Las palabras adquieren sentido y significado gracias a las experiencias que las acompañan. El ejemplo comúnmente mencionado es el del color: ¿qué sentido alcanza la palabra rosado para un ciego de nacimiento? De modo que cuando hablamos de la acción del Espíritu Santo al inspirar o revelar algo del misterio de Dios, es decir, al concedernos "inteligencia espiritual" estamos hablando no de un discurso bien armado con términos más o menos esotéricos o "sobrenaturales," sino que hablamos de una experiencia interior de gracia que es previa y luego de la capacidad de expresar por medio de analogías y comparaciones aquello que Dios ha hecho en el alma de los creyentes. El culmen de este don maravilloso es lo que Pablo describe con una expresión inaudita, que hemos oído en la primera lectura de hoy: "nosotros poseemos el modo de pensar de Cristo."

2. Vivan como hijos de la luz

2.1 ¡Qué bueno es Jesús! Él mismo explica su propia misión: "El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha consagrado para... dar vista a los ciegos" (Lucas 4,18). ¿Quiénes son los ciegos? Son aquellas personas a quienes nos referíamos: las que son espiritual, emocional y psicológicamente ciegas; las que no saben de dónde vienen, dónde están ni adónde deberían dirigirse; están emocionalmente paralizadas. Pero Jesús dijo, "He venido al mundo para que los que crean en mí no se queden en la oscuridad" (Juan 12,46).

2.2 ¡Qué hermosa, qué espléndida, qué bondadosa es esta labor! Para definirla usamos una palabra llamativa —evangelización— pero lo que realmente significa es dar vista a los ciegos. ¡Qué incomparable acto de amor y bondad es iluminar el camino de alguien que se encuentra perdido en las tinieblas! ¡Qué inmenso acto de amor es proclamar junto con San Pablo: "Ustedes antes vivían en la oscuridad, pero ahora, por estar unidos al Señor, viven en la luz" (Efesios 5,8)!

2.3 Pero no es solamente el haber pasado de la oscuridad a la luz. Es más que eso. Es haber dejado de ser oscuridad para empezar a ser luz en este mundo. San Pablo añade: "Pórtense como quienes pertenecen a la luz. Despiértate, tú que duermes; levántate de entre los muertos y Cristo te alumbrará" (Efesios 5,8.14).

2.4 Esta es la razón por la cual decimos que el Evangelio es una buena noticia. Porque ahora podemos vivir en la luz. No hay la menor duda de que la evangelización es el supremo servicio cristiano de enseñar, a los que están espiritualmente ciegos, a suplicar al Señor tal como el ciego del Evangelio: "Señor, quiero recobrar la vista" (Lucas 18,41). ¡Si le pidieran al Señor con estas palabras, cuántos ciegos empezarían a ver!

@fraynelson



lunes, 1 de septiembre de 2014

Señal de la Cruz

¿Cómo se hace la señal  de la Cruz ?


¿Cómo se hace la señal de la cruz?

H

abiendo explicado el sentido de la señal de la cruzpara qué hacerla y cuándo hacerla, explico ahora cómo hacerla.

La señal de la cruz se hace...

Con plena conciencia: dándole todo el sentido que tiene como explicamos en el artículo anterior. Como todo gesto religioso, debe hacerse con fe y convicción para que sea un acto de oración. Por ejemplo, al entrar en una iglesia y santiguarse con agua bendita, puede ser toda una renovación de las promesas bautismales.

Con calma y reverencia; con sencillez y a la vez con cierta solemnidad. Cuando no se hace así, es comprensible que nos resulte ridículo el garabato que algunas personas hacen con vergüenza al iniciar un viaje en avión, por ejemplo.

- Puedes hacerla también con la intención de ganar indulgencia parcial. El Manual de Indulgencias de 1986 de la Penitenciaría Apostólica dice en el número 55: "Se concede indulgencia parcial al fiel cristiano que haga la señal de la cruz diciendo las palabras de costumbre: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén."

Dependiendo del momento en que hagas la señal de la cruz, puedes darle un sentido especial a cada momento del gesto. Por ejemplo:

- Si es al inicio de la oración: Al tocar la frente dile al Padre: ocupa mis pensamientos, que más te conozca para que más te ame, muéstrame tu rostro. Al tocar el pecho mira a Cristo crucificado y dile: Te amo con todo mi corazón, gracias por estar dentro de mí desde la última vez que comulgué, déjame recostarme en tu pecho como Juan en la última cena y tú recuéstate en el mío. Al tocar los hombros dile al Espíritu Santo: cúbreme con tu sombra, imprégname con tu gracia, abrázame, por la acción transformante de tu gracia quiero identificarme con Cristo.

- Si es para alabar o agradecer a Dios, puedes considerar especialmente a cada persona de la Trinidad:Al tocar la frente bendice y agradece a Dios Padre, Dios Creador, Dios Rico en MisericordiaAl tocar el pecho bendice y agradece a Dios Hijo Redentor, que murió y resucitó para salvarnos, que hoy nos acompaña y nos alimenta en la EucaristíaY al tocar tus hombros bendice y agradece a Dios Espíritu Santificador, Consolador, Dulce Huésped del alma.

- Si es para pedir protección a la Santísima Trinidad, pídesela primero al Padre; Él es el mejor de los Padres que durante toda la historia de la salvación ha mostrado su fidelidad haciendo todo lo necesario para protegernos bajo su mirada misericordiosa. Pídesela al Hijo, el Buen Pastor, que con su propia sangre nos rescató de las manos del enemigo. Y al Espíritu Santo que nos guía por el buen camino, nos defiende con su gracia de las asechanzas del maligno y nos cura con su santa unción de todas nuestras heridas y enfermedades.

- Si es antes de leer la Sagrada Escritura o escuchar una predicación puedes darle este significado:al tocar la frente pedirle a Dios que te conceda acoger y comprender su Palabra con la mente, al llevar la mano al pecho suplicarle que te permita conservarla en tu corazón, y al llevar la mano a los hombros hacer el propósito de ponerla en práctica a lo largo del camino de la vida.

- Si es para dar testimonio de tu fe o para bendecir a otro: traza la cruz sobre el cuerpo con toda calma, como quien quiere dejar impresa la marca de su pertenencia a Cristo.

A la luz de todo lo dicho, prueba ahora a hacer la señal de la cruz.

¿Es diferente verdad?


 Autor: P. Evaristo Sada, L.C. https://www.facebook.com/PadreEvaristoSadaLC

 El contenido de este artículo puede ser reproducido total o parcialmente en internet siempre y cuando se cite su autor y fuente originales: http://www.la-oracion.com y no se haga coMore in ¿Cómo rezarprofesor de una universidad romana, a petición de sus alumnos.

Emmiéndate


Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net
¿Soy culpable de mí mismo?
Necesito abrir los ojos ante mi situación actual y verla con realismo y con esperanza.
 
¿Soy culpable de mí mismo?


Cada decisión deja una huella: en mi vida, en la de los seres cercanos, en otros corazones que no conozco pero que, de modos misteriosos, quedan bajo la influencia de mis actos. 

Con el pasar del tiempo, las decisiones configuran un mosaico. Como enseñaba san Gregorio de Nisa, en cierto sentido somos padres de nosotros mismos a través de nuestros actos. 

¿Qué imagen he trazado en mi alma? ¿Hacia dónde está dirigida mi mirada? ¿Qué busco, qué sueño, qué temo, qué lloro, qué me causa alegría? ¿Hacia dónde oriento el cincel cada vez que plasmo la estatua de mi vida? 

Si los defectos dominan mi corazón, siento pena. Surge entonces la pregunta: ¿soy culpable de mí mismo? ¿Son mis decisiones las que me llevaron a esta situación de apatía, de tibieza, de orgullo, de envidia, de rencores? 

En ocasiones busco la culpa fuera de mí. Incluso tal vez tenga algo de razón: hay personas que me han herido profundamente, que un día llegaron a provocar esa angustia o ese odio que me carcome a todas horas. Pero en otras ocasiones tengo que reconocerlo: la culpa es completamente mía. 

Necesito abrir los ojos ante mi situación actual y verla con realismo y con esperanza. Sobre todo, necesito aprender a leer mi vida desde un corazón que me conoce como nadie: el corazón de Dios. 

A Él puedo preguntarle si soy culpable de mí mismo, si me he dañado tontamente, si he permitido que me ahoguen asuntos insustanciales, si me he encerrado en un pesimismo dañino. 

Luego, desde el diagnóstico del Médico divino, podré abrirme a su gracia para curar mi voluntad, para orientar mis pensamientos a un mundo nuevo y bello, para dar pasos concretos que me permitan perdonar y pedir perdón. 

Será posible, entonces, que esa libertad con la que tantas veces he hecho daño, a otros y a mí mismo, empiece a ser usada para construir una vida nueva, desde la luz del Espíritu Santo y con la meta que embellece todo: amar a Dios y a los hermanos. 

Meditación del Papa Francisco

En el evangelio de san Mateo, en uno de los momentos que Jesús regresa a su pueblo, a Nazaret, y habla en la sinagoga, se pone de relieve el estupor de sus conciudadanos por su sabiduría, y la pregunta que se plantean: "¿No es el hijo del carpintero?". Jesús entra en nuestra historia, viene en medio de nosotros, naciendo de María por obra de Dios, pero con la presencia de san José, el padre legal que lo protege y le enseña también su trabajo. Jesús nace y vive en una familia, en la Sagrada Familia, aprendiendo de san José el oficio de carpintero, en el taller de Nazaret, compartiendo con él el trabajo, la fatiga, la satisfacción y también las dificultades de cada día. 
Esto nos remite a la dignidad y a la importancia del trabajo. El libro del Génesis narra que Dios creó al hombre y a la mujer confiándoles la tarea de llenar la tierra y dominarla, lo que no significa explotarla, sino cultivarla y protegerla, cuidar de ella con el propio trabajo. El trabajo forma parte del plan de amor de Dios; nosotros estamos llamados a cultivar y custodiar todos los bienes de la creación, y de este modo participamos en la obra de la creación. El trabajo es un elemento fundamental para la dignidad de una persona» (S.S. Francisco, 1 de mayo de 2013)

Título: San Pablo y el oficio de la predicacion



¡Es tan sustanciosa siempre la Palabra de Dios! Pero hoy quisiera referirme a la primera lectura, porque se trata de un gran predicador, que es Pablo, hablando precisamente de su manera de predicar, de las condiciones de su predicación.

Le está hablando a la Comunidad de Corinto y les cuenta varias cosas. Entre esas palabras, quiero sacar como cuatro elementos propios de la vida del predicador.

Lo primero, él se presentó, "no con sublime elocuencia, sino conociendo a Cristo y a Cristo Crucificado" 1 Corintios 2,2.

"No con sabiduría humana" 1 Corintios 2,4, sino con conocimiento de Jesucristo, que en cierto modo, es como la contradicción de la sabiduría humana, porque en Cristo Crucificado, lo que encontramos es algo que rebasa nuestras explicaciones, que desafía nuestra inteligencia.

En Cristo Crucificado, compiten el absurdo del odio humano y el absurdo de la misericordia sin límites de Dios. Y entre estos dos absurdos, la mente se abruma y no sabe qué decir. Pues, en ese vacío, en medio de ese absurdo, se manifiesta la poderosa gracia de Dios, y esto es fundamentalmente lo que tiene que contar el predicador.

No se trata de hacer una gran teoría que pueda ser derrotada, o que pueda ser cuestionada por otra gran teoría, como pasa con los filósofos. "Es deber de todo filósofo", -decía alguna vez alguno de ellos-, "tratar de contradecir a todos sus antecesores", porque si no, se queda sin oficio. Un filósofo que no tiene nada nuevo que decir, no es un filósofo.

En cambio, un predicador no viene a decir una teoría para que otro diga otra teoría, sino un predicador viene a contar del amor que rebasa a toda explicación. Ese es un elemento importante.

Segundo: "Me presenté a vosotros débil y temeroso" 1 Corintios 2,3. En otra ocasión, incluso Pablo recuerda que llegó enfermo, que estaba enfermo, físicamente enfermo, y dice que su aspecto no era agradable.

¡Quién sabe qué infección, qué viruela tenía! Este Predicador se encontraba brotado, tenía un aspecto repugnante, demacrado, era un pobre hombre.

Pero esta condición de pobreza, esta condición de absoluta desconfianza de sí mismo, como que fue una experiencia espiritual muy intensa para él, porque hizo que se apoyara solamente y completamente en la gracia que venía a anunciar.

De manera que su propia debilidad, él la convirtió en una gran fortaleza. ¡Qué lejos estamos de esto! Por lo menos, ¡qué lejos estoy yo! Veo, que a mí cualquier cosa que me falle dentro de las expectativas, dentro de los planes, dentro de la salud, inmediatamente como que me va quitando la paz y ya voy sintiendo que no se van a poder hacer las cosas.

Porque uno todavía cuenta demasiado con esos recursos. No quiere decir que uno no tenga que planear, sino que después de hechos los planes y después de tener los conocimientos, aprendamos de una vez que todo lo que falle, es porque Dios quiere abrir una puerta que uno no ha visto.

Aprendamos de una vez, que Dios ve un poquito más allá de lo que ve uno, y que por consiguiente, esas fallas, esos traspiés, esas contradicciones, más que errores nuestros, son oportunidades para que Dios abra el Evangelio de otras maneras a otras personas.

Pablo ya iba en un nivel espiritual supremamente alto, en una madurez en la Cruz de Cristo muy grande. De modo que él no perdió la paz, ni por su enfermedad, ni por su estado de salud, ni por el fracaso que acababa de tener en la predicación en Atenas.

Le acababa de ir muy mal en Atenas predicando. Él no se desanimó por eso, sino que vio en todo ello, una ocasión para que el Evangelio apareciera de una manera distinta. Este es el segundo paso, o el segundo punto.

El tercero, se trata de una manifestación del poder del Espíritu. Este elemento, creo que es importante recordarlo en la Orden Dominicana, porque nosotros gustamos mucho del elemento intelectual y de la claridad. ¡Eso es importante!

Es importante tener nociones precisas y tener razonamientos bien articulados, pero hay que saber que hay una especie de hermoso y poderoso desorden en el Evangelio. Y ese hermoso desorden es el que trae el Espíritu.

El caso típico que siempre me gusta mencionar, es el de Pedro predicando en casa de Cornelio. Pedro estaba echando su rollo grande y bien articulado sobre todo lo que había sucedido: "Sabéis lo que aconteció en Judea, aunque la cosa empezó en Galilea" Hechos de los Apóstoles 10,37.

Comenzó Pedro a echar su rollo por orden, pero el Espíritu Santo le interrumpió, cayó el Espíritu, y eso se volvió allá una especie de congreso de alabanza: se levantaron a proclamar la misericordia de Dios, los unos oraban en lenguas, los otros interpretaban, la gente danzaba. Se convirtió todo en una especie de fiesta, una rumba maravillosa producida por el Espíritu Santo.

Y yo creo que esos momentos de efusión son muy importantes. Para mí, un predicador que no conozca de esos desbordamientos, -que no son desbordamientos de desorden carnal y no llevan al pecado, sino que llevan a la gente a conmoverse infinitamente de gozo, de júbilo por lo que Dios está haciendo-, una persona que no tiene estas experiencias, difícilmente va a poder fiarse solamente de Cristo Crucificado. Por eso necesitamos la manifestación del poder del Espíritu.

Y finalmente, el lugar que le da Pablo a la fe. Toda la predicación está hecha para que la gente se cuelgue, la gente se agarre, se fíe, ¿de qué? No de la sabiduría de los hombres, sino del poder de Dios.

Cuando el predicador termine de hablar, -y esto que se pudiera decir de mí-, cuando uno termine de hablar, la gente debe quedar agarrada, firmemente agarrada de Dios, con una confianza sin límite en que Dios todo lo puede.

Como predicó, por ejemplo, aquel Ángel que le habló a la Virgen. Le dijo: "Para Dios, no hay nada imposible" San Lucas 1,37. El predicador tiene que dejar esa sensación en el corazón, de manera que la fe crezca.

O como le sucedió a Cristo con los discípulos que iban para Emaús. El corazón tiene que quedar caliente, con ganas de adorar, con ganas de misionar, con ganas de consagrarse, con ganas de hacerse matar. Ese es el oficio de la predicación.

Este modo de sabiduría es tan grande, que ya en el Salmo 119 o 118, según la numeración de los Salmos en la Misa-, se presenta el amor a la voluntad de Dios. Este unirse completamente al designio de Dios, se muestra como una cosa más fuerte que lo que pueden dar los ancianos y lo que pueden dar los maestros. Es algo que está por encima de toda palabra humana.

¡Ven, entonces, Señor Jesús! ¡Ven con tu amor y con tu poder! ¡Ven a nosotros! ¡Danos la experiencia tremenda, apasionante, fascinante del Espíritu! ¡Danos la sabiduría que sólo brota de la Cruz!

¡Danos, Señor, esa confianza radical en lo que tú puedes hacer! ¡Danos palabras que dejen a las personas suspendidas, colgadas completamente de tu designio! ¡Danos, Señor, palabras que inflamen los corazones, palabras que los dejen deseosos de amar y convencidos de que son amados!

Así lo suplico, así lo pido, Señor Jesús, en unión con mis hermanos. Porque tú nos has mostrado amor, porque tú llegaste hasta el extremo y porque la memoria de ese amor está con nosotros cada vez que celebramos el Santo Sacrificio.

@fraynelson



Tentación y consolación



" No hay profeta en su tierra "


Tomás de Kempis
Imitación de Cristo 3,3
Escucha, hijo mío, mis palabras, palabras suavísimas, que trascienden toda la ciencia de los filósofos y letrados de este mundo. Mis palabras son espíritu y son vida, y no se pueden ponderar partiendo del criterio humano. 
No deben usarse con miras a satisfacer la vana complacencia, sino oírse en silencio, y han de recibirse con humildad y gran afecto del corazón. Y dije: Dichoso el hombre a quien tú educas, al que enseñas tu ley, dándole descanso tras los años duros, para que no viva desolado aquí en la tierra. 
Yo -dice el Señor- instruí a los profetas desde antiguo, y no ceso de hablar a todos hasta hoy; pero muchos se hacen sordos a mi palabra y se endurecen en su corazón. Los más oyen de mejor grado al mundo que a Dios, y más fácilmente siguen las apetencias de la carne que el beneplácito divino. Ofrece el mundo cosas temporales y efímeras, y, con todo, se le sirve con ardor. Yo prometo lo sumo y eterno, y los corazones de los hombres languidecen presa de la inercia. 
¿Quién me sirve y obedece a mí con tanto empeño y diligencia como se sirve al mundo y a sus dueños? Sonrójate, pues, siervo indolente y quejumbroso, que aquéllos sean más solícitos para la perdición que para la vida. Más se gozan ellos en la vanidad que tú en la verdad. Y, ciertamente, a veces quedan fallidas sus esperanzas; en cambio, mi promesa a nadie engaña ni deja frustrado al que funda su confianza en mí. 
Yo daré lo que tengo prometido, lo que he dicho lo cumpliré. Pero a condición de que mi siervo se mantenga fiel hasta el fin. Yo soy el remunerador de todos los buenos, así como fuerte el que somete a prueba a todos los que llevan una vida de intimidad conmigo. Graba mis palabras en tu corazón y medítalas una y otra vez con diligencia, porque tendrás gran necesidad de ellas en el momento de la tentación. 
Lo que no entiendas cuando leas lo comprenderás el día de mi visita. Porque de dos medios suelo usar para visitar a mis elegidos: la tentación y la consolación. Y dos lecciones les doy todos los días: una consiste en reprender sus vicios, otra en exhortarles a progresar en la adquisición de las virtudes. El que me rechaza y no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue en el último día.


Josué, conquistador (A. T.)
 1 de septiembre de 2014

Nació en Egipto durante la esclavitud que soportaron los hebreos por más de tres siglos. Sus buenos padres le pusieron por nombre Hosea que quiere decir «salvación», pero Moisés le cambiará el nombre por el de Josué «el Señor salva», cuando lo envíe a explorar la tierra Prometida. Es hijo de Num y el sexto descendiente de José, hijo de Jacob, el Patriarca. Recibió el espíritu de sabiduría por la imposición de las manos de Moisés y le sucedió igualmente en el don de profecía, mostrándose como el salvador de los hijos de Dios.

Fue el hombre fiel a Moisés; y esa actitud suponía mostrar fidelidad a Dios, por ser Moisés el mediador elegido por Yavé en todo lo que hacía referencia a la liberación del pueblo. Le acompañó por cuarenta días, cuando Dios le llamó para establecer la Alianza y darle las Tablas en el Sinaí, quedándose en el campamento Aarón y Jur. Moisés mismo le dio en el desierto el encargo de ponerse al frente de los guerreros, como caudillo, para pelear contra los amalecitas, que les cortaban el paso junto al Sinaí, mientras el Libertador se ponía a rogar a Dios por el triunfo de Israel; cuenta el libro sagrado que, en esta ocasión, mientras Moisés oraba con las manos en alto, el pueblo vencía, y, como cuando Moisés –cansado– bajaba los brazos, los enemigos prosperaban; por eso, hubieron de soportar a Moisés en actitud orante para vencer. Josué era un hombre piadoso; su sentido de lo sagrado le llevaba a mostrarse amante de permanecer junto a la tienda que guardaba el Arca de la Alianza. En tiempos de Moisés, siempre se mostró decidido a sofocar las rebeliones de aquel pueblo tan desconfiado y descontento: no soportó los carismas de Eldad y Meldad por temor a que la gente se rebelase; tampoco dejó de intervenir cuando se extendió por el campamento la desilusión y el descontento, a la vuelta de explorar la tierra que Dios les daba en herencia, al comprobarse la muerte de diez de los exploradores –quedaban solo Josué y Caleb– y el pueblo, temeroso y acobardado, comenzó a murmurar ante la nueva aventura de conquistar una tierra que, además de ser un sequedal, estaba ocupada por unos moradores poderosos.

Ya era la hora de poseer la tierra que Dios prometió a los israelitas al sacarlos de Egipto. Han pasado cuarenta años desde que sucedieron aquellos acontecimientos salvadores. Ahora es un pueblo joven el que está en las proximidades de Canaán. Son los hijos de los que Yahvé sacó con mano poderosa. Se han curtido en el inhóspito desierto donde han vivido del mimo de Dios y presenciando a diario sus grandezas. Tienen esculpida en su alma la idea de que solo siendo fieles a la Alianza tienen garantía de la protección de Dios. Josué es un varón pletórico de fe y casto, joven y fuerte, que mantiene la seguridad de que será Dios quien vencerá a los poderosos habitantes de la tierra que se les da en posesión. Tienen que pelearla, pero solo Dios les dará la victoria.

Han aprendido que aquella tierra que «manaba leche y miel» existía solo en la poesía y en la imaginación de la gente; sus habitantes les parecían gigantes y la herencia de Dios no vendría caída del cielo. Jericó es la plaza fuerte que les abrirá las puertas a la conquista. Posee murallas duras y sus habitantes están aprestados a defenderla. Es Dios quien habla ahora con Josué, como antes lo hiciera con Moisés, dándole instrucciones para la empresa. No se le pedirá pasividad, sino una disposición absoluta al misterio. La táctica guerrera sugerida es la más impensada y la menos descrita en las praxis de la guerra: hay que dar vueltas a la ciudad, cantando y tocando las trompetas. Así se caerán las potentes murallas de defensa.

Pero no solo se trataba de conquistar. Es también preciso que Josué cuide el reparto o distribución de las nuevas tierras entre las doce tribus y propicie su asentamiento. Además, se debe continuar la tradición legislativa mosaica para el bien del pueblo, cuidando las normas de convivencia en lo tocante a mantener el espíritu de la Alianza. Por mandato de Josué se circuncidaron los hijos de Israel que habían nacido en el desierto, se concretaron las celebraciones de las fiestas de la Pascua y la de los Tabernáculos y Josué pronunció bendiciones y maldiciones en los montes Hebal y Garizin.

No faltaron intervenciones prodigiosas de Dios en la conquista de la tierra y en el asentamiento del pueblo: pasaron el río Jordán de modo milagroso, a pie seco, como antes hubiera sucedido, allá en las orillas del mar Rojo; se conquistó Jericó con el estrepitoso derrumbamiento de sus murallas por favor divino; vino la oportuna protección de Dios que hizo caer del cielo oportunamente granizo en Betorón, cuando sufría el acoso de los enemigos; igual que –por la oración de Josué– se detuvo el curso del sol en Azaca. Este conquistador terminó por someter a la treintena de reyes madianitas.

Respetuoso con las tradiciones de familia, colocó en un sepulcro del campo de Jacob, cerca de Siquén, los restos de José, traídos de Egipto.

Murió a los ciento diez años y sus restos recibieron sepultura en Tamnasaret, en torno al año 1440 antes de Cristo.

Josué no puso un «pero» a los planes de Yahvé por más que la conquista de la Tierra Prometida pudiera parecer una gesta que desbordaba sus posibilidades y las de su pueblo. Hace lo que Dios quiere con la presteza que origina la fe y termina sucediendo como Dios dice. Y es que Dios se ríe de las encuestas; la lógica humana se ve superada con su poder y las estadísticas de los hombres se tornan enanas en su presencia. La fe hace que se caigan las más altas murallas de la tierra.