martes, 12 de agosto de 2014

Dónde está tu tesoro

 
Un corazón libre es un corazón luminoso


Fragmento de la homilía del Papa Francisco el viernes 20 de junio de 2014 


Dinero, vanidad y poder no hacen feliz al hombre. 

Los auténticos tesoros, las riquezas que cuentan, son el amor, la paciencia, el servicio a los demás y la adoración a Dios. 

No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban. Haceos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro allí está tu corazón». (Mateo 6, 19-23). 

No acumuléis tesoros en la tierra. Es un consejo de prudencia. Tanto que Jesús añade: «Mira que esto no sirve de nada, no pierdas el tiempo». 

Son tres, en particular, los tesoros de los cuales Jesús pone en guardia muchas veces: 

  • El primer tesoro es el oro, el dinero, las riquezas. Y, en efecto, «no estás a salvo con este tesoro, porque quizá te lo roben. No estás a salvo con las inversiones: quizá caiga la bolsa y tú te quedes sin nada. Y después dime: un euro más ¿te hace más feliz o no?. Por lo tanto, las riquezas son un tesoro peligroso. 
    Cierto, pueden también servir «para hacer tantas cosas buenas», por ejemplo: para poder llevar adelante la familia. Pero, si tú las acumulas como un tesoro, te roban el alma. Por eso Jesús en el Evangelio vuelve sobre este argumento, sobre las riquezas, sobre el peligro de las riquezas, sobre el poner las esperanzas en ellas. 

  • El segundo tesoro del que habla el Señor «es la vanidad», es decir, buscar "tener prestigio, hacerse ver". Jesús condena siempre esta actitud: Pensemos en lo que dice a los doctores de la ley cuando ayunan, cuando dan limosna, cuando oran para hacerse ver. Por lo demás, tampoco la belleza sirve, porque también... se acaba con el tiempo. 

  • El orgullo, el poder, es el tercer tesoro que Jesús indica como inútil y peligroso. Una realidad evidenciada en la primera lectura de la liturgia tomada del segundo libro de los Reyes (11, 1-4. 9-18. 20), donde se lee la historia de la «cruel reina Atalía: su gran poder duró siete años, después fue asesinada». En fin, «tú estás ahí y mañana caes», porque «el poder acaba: cuántos grandes, orgullosos, hombres y mujeres de poder han acabado en el anonimato, en la miseria o en la prisión...». 

    He aquí, pues, la esencia de la enseñanza de Jesús: «¡No acumuléis! ¡No acumuléis dinero, no acumuléis vanidad, no acumuléis orgullo, poder! 
    ¡Estos tesoros no sirven!». 

    Más bien son otros los tesoros para acumular. Hay un trabajo para acumular tesoros que es bueno». Lo dice Jesús en la misma página evangélica: «Donde está tu tesoro allí está tu corazón». 

    Este es precisamente «el mensaje de Jesús: tener un corazón libre». En cambio «si tu tesoro está en las riquezas, en la vanidad, en el poder, en el orgullo, tu corazón estará encadenado allí, tu corazón será esclavo de las riquezas, de la vanidad, del orgullo». 

    Un corazón libre se puede tener sólo con los tesoros del cielo: el amor, la paciencia, el servicio a los demás, la adoración a Dios. Estas «son las verdaderas riquezas que no son robadas». Las otras riquezas —dinero, vanidad, poder— «dan pesadez al corazón, lo encadenan, no le dan libertad». 

    Hay que tender, por lo tanto, a acumular las verdaderas riquezas, las que «liberan el corazón» y te hacen «un hombre y una mujer con esa libertad de los hijos de Dios». Se lee al respecto en el Evangelio que «si tu corazón es esclavo, no será luminoso tu ojo, tu corazón». 

    Un corazón libre es un corazón luminoso, que ilumina a los demás, que hace ver el camino que lleva a Dios, que no está encadenado, que sigue adelante y además envejece bien, porque envejece como el buen vino: cuando el buen vino envejece es un buen vino añejo. Al contrario, el corazón que no es luminoso es como el vino malo: pasa el tiempo y se echa a perder cada vez más y se convierte en vinagre. 

    Pidamos al Señor para que nos dé esta prudencia espiritual para comprender bien dónde está mi corazón, a qué tesoro está apegado. Y nos dé también la fuerza de «desencadenarlo», si está encadenado, para que llegue a ser libre, se convierta en luminoso y nos dé esta bella felicidad de los hijos de Dios, la verdadera libertad». 
  • sábado, 9 de agosto de 2014

    Clava la mirada

     Jesús tiene la virtud desvelar la expresividad de lo creado. Ante sus ojos, todas las criaturas hablan de Dios y hablan del hombre. En esta clave debemos leer los milagros: no eran una forma “sobrenatural” de salir del paso ante dificultades “naturales”, sino parábolas en acción; contienen tal carga expresiva que las palabras humanas jamás serían capaces de llevar hasta nosotros tanta riqueza sin reventar por el camino. Vemos hoy a Jesús caminando sobre las aguas, y a Simón naufragando tras haber dado unos tímidos pasos en su busca. No estamos recordando que existió un hombre capaz de pasear sobre una tormenta. Estamos contemplando cómo las aguas, la noche, los vientos, la tormenta, Pedro y el Señor pronuncian una maravillosa homilía… Estamos oyendo hablar de Dios.

    El agua es la vida terrena. Todos hemos zarpado desde una orilla y, mientras vivimos, cruzamos un lago en busca de la orilla opuesta, en la que atracaremos algún día. La noche es la condición del hombre en este mundo. Navegamos sin saber bien hacia dónde. En algunos momentos, la noche es tan espesa que apenas si distinguimos los pocos metros de camino que hay ante nosotros. Quien diga que mañana seguirá navegando se arriesga a mentir, porque quizá mañana, o dentro de unas horas, tú o yo hayamos alcanzado esa orilla que la noche nos oculta. En cuanto a la tormenta… La conocemos demasiado bien. ¿Cuántas veces has tenido la sensación de no hacer pie?

    ¿Cuántas veces has temido que la vida te tragase, como traga el mar encrespado a las pequeñas barquitas de remos? Los problemas, los dolores, las angustias… ¿No te han puesto nunca un nudo en la garganta?

    … Y Jesús. Es Jesús Resucitado quien ahora camina por encima de las aguas. La tormenta sigue rugiendo, pero Él está allí… Camina sobre el furioso lago, como en la Cruz caminó sobre el dolor y sobre la muerte… Pero, a Él, ni el dolor ni la muerte se lo tragan. Está vivo por los siglos. Si Él calmase la tormenta, como le has pedido, todo sería “demasiado fácil”. Sin embargo, caminar en paz sobre los vientos… ¿Serás tú capaz, como Él, de caminar en paz sobre ese mar de dolores sin que la tormenta cese? ¿Serás capaz de ser feliz hoy, sin que a tu alrededor cambien las cosas, en lugar de hipotecar tu felicidad esperando a que la situación se arregle? ¿Podrás acercarte al Señor caminando serenamente sobre las aguas?

    “Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse”… Mientras Simón tiene los ojos fijos en Jesús, camina sobre las aguas con paz. Pero cuando, desconfiado, mira hacia abajo y clava su mirada en la tormenta, se hunde. ¿Dónde tienes puesta la mirada? Mientras bajo tus pies rugen las olas, ¿cuál es tu oración? ¿Cansas al Señor diciéndole “¡Qué mal va todo!”, o te extasías ante su presencia, sabiendo que Él está contigo, y dices “¡Qué bueno eres, Jesús!”? He ahí el secreto para caminar sobre las aguas. ¿Dónde crees que tenía puesta su mirada la Virgen, cuando fue capaz de mantenerse en pie sobre el Calvario?

    Fe y didelidad



    Amados Hermanos:

    Las lecturas del día de hoy, nos presentan dos palabras que están relacionadas no solamente porque suenan de modo parecido, sino porque también se refieren a dos realidades que son muy cercanas, que son vecinas. Estoy hablando de la fe, y la fidelidad.

    Resultan todavía más cercanas estas palabras, si recordamos su origen en el latín, porque precisamente fe en latín se dice “fides” y, es evidente que fidelidad viene de fides. La fe y la fidelidad.

    La primera lectura del profeta Abacuc nos presenta ese versículo que, seguramente, recordamos por algunos textos del Evangelio. ¿Te acuerdas de: “¿El justo vivirá por la fe”? Habacuc 2,4; Carta a los Romanos 1,17; Carta a los Gálatas 3,11; Hechos de los Apóstoles 3,38.

    Resulta que Jesús insiste en el tema de la fe muchas veces, también en el evangelio de hoy: “Si tuviera fe como un granito de mostaza”San Mateo 17,20; si tuvieras aunque fuera esa fe, esa fe pues se convertiría en un árbol robusto, en un árbol grande en tu vida.

    Pero, Jesús habla de la fe, y Abacuc habla de la fe. Tengamos en cuenta que en la lengua hebrea la fe y la fidelidad están tan relacionadas, que prácticamente utilizan la misma palabra, y ambas están relacionadas con una actitud de radical confianza.

    La idea fundamental cuando se habla de fe en la lengua hebrea, no es un credo, no es una serie de afirmaciones como cuando nosotros decimos: “Creo en Dios Uno y Trino, creo en la presencia de Cristo en la Eucaristía, creo que Dios ha creado Ángeles, Creo en una vida eterna junto a Dios”.

    La fe, en primer lugar, no se refiere ahí a unos contenidos, sino se refiere más bien a una actitud de vida de aquel, que por describirlo con las palabras del Apóstol Pedro, “se arroja en las manos de Dios”. Aquel que arroja sus preocupaciones, y se arroja él mismo en las manos de Dios. Es una actitud de entrega. La palabra fundamental es esa: es como esa confianza, esa entrega, saber en quién puedo apoyarme y vivir apoyado en Él.

    Pero resulta que ya cuando pasamos a estas otras lenguas como pueden ser, por ejemplo, el español o el inglés, sí hay una diferencia entre fe y fidelidad, porque la fidelidad indicaría como el comportamiento que es grato a Dios, como la permanencia en los términos de lo que se ha acordado con Dios, por ejemplo, los términos de la alianza. Decimos de una persona que es fiel, porque mantiene lo que ha dicho, porque uno se puede fiar de esa persona.

    Y decimos de una persona que es creyente, bueno, porque acepta, porque acoge lo que Dios le ha dicho. Entonces, fíjate que si aparece ahí una diferencia, esa diferencia no estaba originalmente en la lengua hebrea.

    Pero a medida que va avanzando la revelación, nos vamos dando cuenta que sí hay una diferencia entre fe y fidelidad, porque lo propio de quien tiene fe es ser creyente, y lo propio de quien tiene fidelidad es ser fiel.

    Entonces, las dos palabras derivadas de las que han aparecido hoy, son: ser fiel y ser creyente, y lo que venimos a descubrir es: sólo si empezamos siendo creyentes, llegaremos a ser fieles.Ese es el mensaje de hoy.

    ¿Qué significa aprender a ser creyente? Significa creerle a Dios, significa aceptar lo que Dios ha revelado, significa acoger su mensaje, significa recibir su buena noticia; ahí es donde está toda la diferencia. Cuando yo recibo la buena noticia, cuando la buena noticia se apodera de mí, entonces mi ser es transformado, y sólo así puedo ser fiel. Esto no estaba tan claro en el Antiguo Testamento.

    Por eso hay un avance real entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, y ese avance está marcado, realmente, por una palabra que es la palabra Evangelio. En el Antiguo Testamento, fe y fidelidad parecían lo mismo.

    Es decir, el que le cree a Dios, pues es el que se comporta delante de Dios, es el que vive delante de Dios como una persona fiel, que respeta y obedece y cumple la Ley, y eso es en el fondo lo que estaba diciendo Abacuc.

    A pesar de todas las cosas que sucedan, pues el que permanezca en la fidelidad, ese vivirá. Es decir, lo de Abacuc tiene una invitación a perseverar, a permanecer en total confianza frente a Dios, y eso está muy bien.

    Pero hoy entendemos, después de la presencia de la Buena noticia, que es Jesucristo y que viene con Jesucristo, hoy entendemos que para llegar a la fidelidad, necesitamos primero la fe, es decir, necesitamos aceptar la buena noticia, necesitamos primero acoger la Buena Noticia, para que esa noticia nos transforme y haga posible que seamos obedientes a Dios. En el fondo, lo que hay aquí son otras dos palabras, que son: escuchar y obedecer.

    La palabra escuchar, porque como nos dice Pablo “La fe viene de la escucha” Carta a los Romanos 10,17, y la palabra obedecer, porque como nos dice el mismo Apóstol Pablo “Esa palabra reclama de nosotros la obediencia de la fe" Carta a los Romanos 10,17.

    Otros hablan de otras dos palabras, utilizando una comparación de la gramática: lo que se llama el modo indicativo y el modo imperativo. El modo indicativo es la noticia, es aquello que se nos cuenta. “Jesús ha venido al mundo para darte vida”; eso es modo indicativo, de ahí surge un imperativo: “Así como tú has recibido vida, transmite vida a tus hermanos a través de tu testimonio, a través de tu justicia, tu amor, tu solidaridad, tu predicación”.

    Transmite vida, fíjate, modo indicativo; la escucha, la fe, el llegar a creer, el creerle a Dios, una vez que eso ha sucedido a nosotros, pasamos al modo imperativo, soy transformado por Dios, acepto su mensaje, y entonces viene el imperativo: “Me siento llamado a dar vida, me siento facultado para dar vida, me siento rebosante de vida, y quiero dar vida a mis hermanos porque he sido transformado así por Dios”.

    Hermanos, no olvidemos estas diferencias, no estaban tan claras en el Antiguo Testamento, pero a medida que la revelación fue avanzando, llegamos a entender que sólo recibiendo la vida de Dios, podemos comunicar esa misma vida a nuestros hermanos.

    Que la gloria y la alabanza sean para Dios, de quien procede todo don perfecto.

    Amén.

    @fraynelson

    Granito de fe...



    Meditación del Papa Francisco 

    Y el Señor, ¿qué cosa nos responde? Responde: "Si tuvieran fe como un grano de mostaza, habrían dicho a este sicómoro: Arráncate y plántate en el mar, y les habría obedecido". La semilla de la mostaza es pequeñísima, pero Jesús dice que basta tener una fe así, pequeña, pero verdadera, sincera, para hacer cosas humanamente imposibles, impensables. ¡Y es verdad! 
    Todos conocemos a personas sencillas, humildes, pero con una fe fortísima, ¡que verdaderamente mueven las montañas! Pensemos por ejemplo en tantas mamás y papás, que afrontan situaciones muy pesadas; o en ciertos enfermos, incluso gravísimos, que transmiten serenidad a quien los va a visitar. Estas personas, precisamente por su fe, no se vanaglorian de lo que hacen, es más, como pide Jesús en el Evangelio, dicen: "Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer". ¡Cuánta gente entre nosotros tiene esta fe fuerte, humilde, y que hace tanto bien!. (S.S. Francisco, 6 de octubre de 2013). 

    Reflexión: 

    Se puso de rodillas. ¿Te imaginas a un padre de familia, desesperado, poniéndose de rodillas delante de alguien que aparentemente es un hombre como los demás? ¿Qué le movió a hacerlo? El amor a su hijo. 

    Primero lo había intentado con los discípulos, pero ellos no pudieron curar al chico de los ataques de epilepsia. Luego ve al Señor, se acerca y cae de rodillas ante Él. No tiene ninguna vergüenza. No le importa lo que digan de él. Únicamente busca el bien de aquel a quien ama. 
    Jesús, conociendo el amor que brotaba del corazón de ese hombre, curó al hijo. 

    Por su parte, los discípulos no entendían en qué habían fallado. Jesús les respondió que les faltaba fe. No dice que no tienen fe, sino que aún es muy pequeña. 

    La fe, aunque es un don de Dios, debe crecer y fortalecerse con nuestra colaboración. Es como ir a un gimnasio: al levantar las pesas una y otra vez, nuestros músculos se desarrollan. La fe también debe ejercitarse, ponerse a prueba, alimentarse. Si nos conformamos con la fe que teníamos a los diez años, cuando hicimos la primera comunión, es lógico que nuestro "músculo" espiritual esté raquítico. 

    Necesitamos una fe adulta, resistente, alimentada con las lecturas adecuadas, con la oración diaria, con los sacramentos y con todo aquello que nos ayude a fortalecerla. 

    Propósito 

    Rezar con mucha fe, diariamente, la oración a mi ángel custodio 

    Diálogo con Cristo 

    El ingrediente secreto para tener éxito en cualquier cosa es la fe. No es necesario nada más. Jesús, ahora veo que la oración no es opcional, sino que es el medio por el cual podemos crecer en la fe. Sólo quien reza, es decir, quien confía en Dios, con un amor filial, puede sanarse a sí mismo y a los demás. 
    Clemente González

    jueves, 7 de agosto de 2014

    La señal del cristiano es la Cruz


    En el Evangelio de la Misa de hoy, el Señor nos da una pauta para seguirle que, aunque ahora, con el paso de los siglos, nos parece “lógica” no lo era tanto en aquel entonces. Dice el Señor: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a si mismo, que cargue con su cruz y me siga”.

     

    Todos los hombres que aparecían como maestros o líderes, diríamos ahora, salvo quizá los llamados estoicos, eran guías que mezclaban un montón de teorías y modos raros de vivir, con una incoherencia de vida porque, al igual que pasa en los tiempos actuales, “se hacían la religión a su manera” y desde luego, lo que predicaban era la felicidad en la tierra si se seguía su doctrina. Religión o mundo filosófico, o modo de vida, en el que, en cualquier caso, no era precisamente la cruz -ni de lejos- la señal sintetizadora, el estandarte de su fe.

     

    En la predicación y vida de Jesús, esto chocaba profundamente. Había una lógica, había una exigencia, donde junto a una ascética y lucha por vivir unos principios, se daba también un espíritu de alegría, de familia casi. Los discípulos que seguían a ese Maestro eran gentes normales: unos, la mayoría -porque mayoría eran junto con los agricultores en aquella época los hombres- eran pescadores, y, luego, algunos más cultos, un médico, un recaudador de impuestos.

     

    Esta era quizá otra característica. A estos seguidores se les conocía su oficio, quienes eran; donde vivían; que se trataba de personas “serias”, que hasta ese momento -el momento de seguir más de cerca al Maestro- vivían de lo que honradamente ganaban con su trabajo. No eran gente rara.

     

    Y, además, esta otra característica que hoy nos recuerda el Evangelio de la Misa: si querías seguir a este “Rabboni”, a éste Maestro, tenías que negarte a tus caprichos, a tus planes, –“niéguese a si mismo”– y estar dispuesto a tomar como compañero de camino un instrumento que para el oído del judío significaba lo peor: cargar “con su cruz”. Sólo entonces, podías seguirle.

     

    El Señor prometía la cruz. Por eso San Pablo que conoce el cristianismo con posterioridad a la marcha de Jesús al cielo, lo de la cruz le suena como le sonaba a todos, así califica la cruz como “necedad” o locura” de modo que: “el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden, pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios. (I Cor. 1,18).

     

    El hombre de hoy huye de la cruz. Por eso no encuentra a Cristo. De ahí que el hombre contemporáneo vaya por la vida buscando la felicidad en tantas otras cosas que desde aquí -desde la Iglesia, desde Cristo- se le dice que es una pena que busque esa felicidad en lugares donde no está la cruz, porque allí no está Cristo y, donde no está Jesús, allí no hay, no puede haber felicidad. Puede haber fiesta, bullicio, diversión, jolgorio, por no decir cosas malas. Pero incluso aunque llegara a cotas inmensas de placer, de poder, o de ser honrado o vitoreado por millones de personas, de nada le serviría porque diremos con el Evangelio de la Misa de hoy “¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?”. Y la ruina sería conseguir todo menos a Cristo. Y Cristo está en la cruz. Lo que sucede es que no queremos oír esto. Es más, cuando estamos sufriendo por cosas, nos llamamos “desgraciados”.

     

    Pero entendámonos bien: el cristianismo es una fe de amor, y, precisamente por eso -que se lo pregunten a las madres que son las que más saben de amor para con sus hijos- el amor comporta sacrificio, entrega, renuncia. Se ama, y, consiguientemente se “toma la cruz” por amor a un hijo; por amor a una profesión, a un empleo; el hombre “toma su cruz” cada día y va a dejarse la piel por una empresa humana. Se comprende perfectamente que para seguir el camino que nos marca Cristo, también tengamos que tomar la cruz. Con una muy grande diferencia con cualquier comparación de “cruz humana”, y es que, la cruz que nos ofrece el Señor, si la seguimos sin titubeos ni regateos, es seguro que nos levanta hacia el cielo, hacia la felicidad que buscamos, porque, lo diremos una vez más, la felicidad está, aquí en la tierra -aunque parezca paradójico– cargando con la cruz de Cristo.

     

    -“¿Cuál es la señal del Cristiano?”, nosotros respondemos con certeza: “la señal del cristiano es la santa cruz”.

     

     

    La tibieza.....

    Es contradictorio que mientras se reconoce la fuerte crisis que atraviesa el sacramento de la confesión, por otra parte no son pocos los sacerdotes que se muestran fastidiados cuando hay quienes acuden con cierta frecuencia a este sacramento (no me refiero a dirección espiritual, sino a la simple confesión de los pecados; a la necesidad del sacramento cuando el fiel sabe que ha pecado y requiere el perdón de Dios y su gracia para seguir el combate espiritual cotidiano).
    En efecto, aunque los últimos pontífices hayan recomendado vivamente en varias oportunidades la confesión frecuente, lo cierto es que para hablar de misericordia todos están prontos, pero para facilitar el acceso al tribunal de Misericordia por antonomasia, algunos “miran para otro lado”. ¿Cómo se explica? Muy fácilmente, tal vez algo más o menos así: “¿para qué necesitan los fieles la misericordia de Dios si con la mía es suficiente?; si soy tan generoso como para darles mi poderosa absolución de opinión, tranquilizando sus conciencias ¿para qué tanto trámite?”…

    Palabras más, palabras menos, no se puede negar que para muchos -incluso para ciertos ministros ordenados- la confesión parece que se ha reducido a un trámite, a lo sumo una necesidad humanitaria dispensadora de consuelo psicológico, pero sustancialmente… 
    -¿Y la gracia? -dirá algún incauto que cree que el Catecismo es compartido por todos los fieles- 
    -Bien, gracias. 
    Por eso, entonces, nunca será suficiente nuestra insistencia en ella.
    Porque en última instancia, este escamoteo del sacramento es una auténtica usurpación, una estafa a los fieles, y es justo y necesario reclamar lo que Dios quiere darnos como a hijos suyos que somos. Es usurpación del poder exclusivamente divino de perdonar nuestros pecados a través del sacramento; mentira y estafa a los fieles, a quienes muchas veces se “despacha” sin perdón y sin el fortalecimiento que nos otorga la gracia sacramental, necesaria como el agua para seguir creciendo.
    Lo más penoso en este panorama es la gran cantidad de almas de buena fe que van siendo así alejadas de este precioso manantial de “agua viva", anestesiadas tal vez por su trato amistoso con el padre Tal o Cual, pero que van acostumbrándose a vivir casi exclusivamente “a lo humano”, renunciando a lo divino…y hay que decir una y otra vez que eso, para un cristiano, es una verdadera monstruosidad, como si en el plano físico nos conformásemos con vivir “a lo animal”.
    En el comienzo de la novena de la Asunción, que nos insta a levantar decididamente el alma, me ha parecido oportuno compartir con los lectores algunos párrafos de una homilía del Santo Cura de Ars (*), ya que también acabamos de celebrar su fiesta. Él, como nos recordaba la carta de convocatoria al Año Sacerdotal, “parecía sobrecogido por un inmenso sentido de la responsabilidad: “Si comprendiéramos bien lo que representa un sacerdote sobre la tierra, moriríamos: no de pavor, sino de amor… Sin el sacerdote, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada. El sacerdote continúa la obra de la redención sobre la tierra… ¿De qué nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del cielo: él es quien abre la puerta; es el administrador del buen Dios; el administrador de sus bienes… Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote y adorarán a las bestias… El sacerdote no es sacerdote para sí mismo, sino para vosotros”.

    Homilía sobre la Tibieza, en el Domingo decimoctavo después de Pentecostés.
    Mas porque eres tibio, y no frío ni caliente, comienzo ya a vomitarte de mi boca. (Apoc., III, 16.)
    “¿Podremos oír sin temblar, de boca del mismo Dios, una tal sentencia, proferida contra un obispo que parecía cumplir perfectamente todos los deberes de un digno ministro de la Iglesia? Su vida era reglada, no malgastaba sus bienes. Lejos de tolerar los vicios, se oponía a ellos con tesón; en nada daba mal ejemplo, y su vida parecía digna de ser imitada.. Sin embargo, a pesar de todo esto, vemos que el Señor le advierte, por ministerio de San Juan, que, si continúa viviendo de aquella manera, le rechazará, esto es, le castigará y reprobará. Tanto más espantoso es este ejemplo cuanto son muchísimos los que siguen tal camino, viven del mismo modo, y tienen su salvación muy insegura. Cuán grande es el número de que a los ojos del mundo no son tenidos por pecadores reprobados, ni pertenecen tampoco a los escogidos! (…)
    No entiendo por alma tibia la que quisiera pertenecer al mundo sin empero dejar de ser de Dios: la que ahora veréis postrarse delante de Dios, su Salvador y Maestro, y más tarde la veréis postrarse ante el mundo, su ídolo. ¡Pobre ciego, el que tiende una mano a Dios y otra al mundo, llamando a los dos en su auxilio, prometiendo a ambos su corazón! Ama a Dios, o a lo menos quiere amarle; pero también quisiera sacralizar al mundo. Cansado de esforzarse en ser de ambos, acaba por entregarse exclusivamente al mundo. Vida extraordinaria la suya, la cual nos ofrece tan singular espectáculo, que uno no llega a convencerse de que se trate de la vida de una misma persona. (…)
    Mas (…) estáis deseando saber en qué consiste el estado de un alma tibia.
    El alma tibia no está aun absolutamente muerta a los ojos de Dios, ya que no están enteramente extinguidas en ella la fe, la esperanza y la caridad, que constituyen su vida espiritual. Pero su fe es una fe sin celo; su esperanza, una esperanza sin firmeza, y su caridad, una caridad sin ardor. (…) El buen cristiano no se contenta con creer todas las verdades de nuestra santa religión, sino que además las ama, las medita, busca todos los medios para penetrarlas mejor (…) No solamente cree que Dios ve todas sus acciones y las juzgará a la hora de la muerte, sino que además tiembla cuantas veces le viene el pensamiento de que un día habrá de dar cuenta de toda su vida ante Dios. Y no se contenta con pensar y temer, sino que todos los días trabaja en enmendarse (…); se lamenta de haber perdido un tiempo precioso, durante el cual hubiera podido atesorar grandes riquezas para el cielo.
    ¡Cuán diferente es el cristiano que vive en la tibieza! No deja de creer todas las verdades que la Iglesia enseña, más de una manera tan débil, que en ella casi no toma parte su corazón. No duda de que Dios le ve, de que esta siempre en su santa presencia; pero, a pesar de ese pensamiento, no es ni más bueno ni menos pecador; cae en pecado con tanta facilidad cual si no creyese en nada; está muy persuadido de que, mientras viva en tal estado, es enemigo de Dios; más no por eso sale del mismo. Sabe que Jesucristo dio al sacramento de la Penitencia el poder de perdonar nuestros pecados y de acrecentar nuestra virtud. Sabe que dicho sacramento nos concede gracias proporcionadas a las disposiciones con que nos acercamos a recibirlo más no importa: la misma negligencia, la misma tibieza en la práctica. Sabe que Jesucristo esta real y verdaderamente en el sacramento de la Eucaristía, alimento absolutamente necesario para su alma; sin embargo, ¡mirad cuan poco desea recibirlo! Sus confesiones y comuniones no son frecuentes; solamente se determina con ocasión de alguna gran festividad, de un jubileo, de una misión; o bien va para no distinguirse de los demás, pero no para alimentar su pobre alma. No solamente no trabaja para merecer una tal dicha, sino que ni tan solo envidia la suerte de los que se acercan frecuentemente a gustar de sus dulzuras. Si le habláis de las cosas de Dios, os responderá con una indiferencia que muestra bien a las claras cuan insensible sea su alma a los bienes que nos puede proporcionar nuestra santa religión. Nada le conmueve: escucha la palabra de Dios, es cierto, pero no es raro el caso en que se fastidie; la escucha con pena, por costumbre, cual una persona que cree saber ya bastante, y portarse lo suficientemente bien para no necesitar tales instrucciones. Las oraciones demasiado largas le molestan. Su espíritu esta aun absorbido por las obras que acaba de ejecutar, o por las que va a comenzar terminada la oración ; se fastidia tanto, que su pobre alma parece estar en la agonía vive aun, pero ya no es capaz de hacer nada en orden al cielo.

    Mas el alma tibia está muy alejada de tales sentimientos. Los bienes y los males de la otra vida casi no le interesan: piensa en el cielo, es cierto, más sin desear verdaderamente alcanzarlo. Sabe que el pecado le cierra las puertas de la celestial mansión; a pesar de esto no procura corregirse, a lo menos de una manera eficaz; por eso se la encuentra siempre la misma.
    El demonio la engaña haciéndole formar muchos propósitos de convertirse, de obrar mejor en adelante, de ser más mortificada, más reservada en sus palabras, más paciente en sus penas, más caritativa para con el prójimo (…) No quisiera renunciar a los bienes eternos por los bienes terrenales; pero no desea ni abandonar la tierra, ni llegar al cielo, y si pudiese pasar esta vida sin penas ni tristezas, pediría nunca salir de este mundo. Si la oís quejarse de que esta vida es muy larga y despreciable, será porque las cosas no le andan como quisiera. Si el Señor, para forzarla en alguna manera a desligarse de esta villa, le envía penas y miserias, ya la tenemos inquieta, triste, abandonándose al llanto, a las quejas y muchas veces a una especie de desesperación. No quiere reconocer que es Dios quien le envía esas pruebas para su bien, para hacerle perder la afición a esta vida y atraerla a Él. ¿Qué hizo ella para merecerlas?, piensa para sí; otros mucho más culpables no se ven tan castigados.
    En la prosperidad, no diremos que el alma tibia llegue a olvidarse de Dios, mas tampoco se olvida de sí misma. Sabe referir muy bien todos los medios para salir con éxito; piensa que muchos otros no habrían logrado lo que ella logró; y se complace en repetirlo (…). Con aquellos que la lisonjean, toma un aire jovial; más con los que no le tuvieron el respeto que cree merecer, con los que no se mostraron agradecidos a sus favores, muestra siempre un gesto de frialdad e indiferencia, cual si continuamente les estuviese echando en cara su ingratitud.
    El buen cristiano, en cambio, lejos de creerse digno de algo y capaz de la menor obra buena, sólo tiene ante sus ojos la humana miseria. Desconfía de quienes le adulan, cual si fuesen lazos que el demonio le tiende; sus mejores amigos son aquellos que le dan a conocer sus defectos, pues sabe que, para enmendarse, es preciso conocerlos. En cuanto le es posible, huye las ocasiones de pecar: teniendo siempre presente que la más leve cosa es capaz de hacerle caer, no fía nunca en sus solos propósitos, en sus fuerzas, ni tan solo en su virtud. Conoce, por propia experiencia, que no es capaz de otra cosa que de pecar; pone toda su esperanza y toda su confianza en solo Dios. Sabe que el demonio a nadie teme tanto como al alma aficionada a la oración, y esto le mueve a hacer de su vida una oración continuada, mediante una íntima conversación con su Dios. Se complace en pensar en Dios como en su Padre, su amigo, su Señor que le ama tiernamente y desea con anhelo hacerle feliz en este mundo y aún más en el otro (…)
    El alma tibia no pierde enteramente su confianza en Dios; pero no desconfía lo bastante de sí mismo. Aunque se pone a menudo en ocasiones de pecar, piensa siempre que no va a caer. Si sobreviene la caída, la atribuye al prójimo y afirma que otra vez tendrá mayor firmeza.
    Aquel que ama verdaderamente a Dios y pone el mayor interés en la salvación de su alma, toma todas las precauciones posibles pares evitar la ocasión de pecar. No se contenta con evitar las faltas graves, sino que pone gran diligencia en combatir las más leves culpas que en su conducta descubre. (…)
    Mas no es este el amor de Dios del alma tibia. Para pintaros exactamente el estado del alma que vive en la tibieza, os diré que se parece a una tortuga o a un caracol. No anda, sino que se arrastra por la tierra, v apenas se la ve cambiar de sitio. El amor divino que siente en su corazón es semejante a una pequeña chispa de fuego, oculta en un montón de cenizas; ese amor se halla rodeado de tantos pensamientos y deseos terrenales, que, si no llegan a ahogarlo, impiden su incremento y poco a poco lo van extinguiendo. Cuando el alma tibia llega a este punto, permanece ya del todo indiferente ante tal pérdida. Su amor carece de ternura, de actividad, de energía, apenas capaz de mantenerla en la observancia de lo que es esencialmente necesario para salvarse; pero ella tiene por nada o muy poca cosa todo lo demás. ¡Ay!, el alma vive en su tibieza como una persona en el estado de somnolencia. Quisiera obrar, pero su voluntad está tan debilitada que no tiene ánimo ni fuerza para cumplir sus deseos (Prov., XXI, 25.).
    Cierto que el cristiano que vive en la tibieza cumple aún con bastante regularidad sus deberes, a lo menos en apariencia (…) mas todo ello con tanta displicencia, tanta dejadez y tanta indiferencia, con tal falta de preparación, con tan poca eficacia en el mejoramiento de su vida, que claramente se ve que cumple sus deberes sólo por hábito y por rutina (…). En cuanto a sus oraciones, sólo Dios sabe de qué manera son hechas: ¡ay! sin preparación. Por la mañana, no es de Dios de quien se ocupa, ni tampoco de la salvación de su alma, sino solamente de trabajar. Su espíritu está tan lleno de las cosas de la tierra, que no queda en él lugar para el pensamiento de Dios. Piensa en lo que hará durante el día, dónde enviará sus hijos o sus criados, de qué manera emprenderá tal o cual obra. Para rezar, no sabe ni lo que quiere pedir a Dios, ni lo que le es necesario, ni hasta delante de quién se halla; claramente lo delatan sus modales tan faltos de respeto. Viene a ser un pobre que, aunque miserable, no quiere nada, se complace en su pobreza. Es un enfermo casi desahuciado, que desprecia los médicos y los remedios, y se complace en su enfermedad. Veréis a esa alma tibia no tener reparo alguno en hablar durante el curso de sus oraciones, bajo cualquier pretexto; cualquier cosa se las hace abandonar, si bien pensando que las continuara más tarde (…) Las distracciones en la oración no serán del todo voluntarias, si queréis; preferiría no tenerlas; pero, como para apartarlas debe hacerse cierta violencia, las deja ir y venir libremente.

    (…) El alma tibia se confesara aun todos los meses y quizá más a menudo. Pero ¿qué confesiones? Sin preparación, sin deseos de corregirse; y si los concibe, son ellos tan débiles que el primer soplo los echa por tierra (…) El alma tibia no cometerá, si queréis, grandes pecados; pero, si se trata de una leve murmuración, de una mentira, de un sentimiento de odio, de aborrecimiento, de celos, de un pequeño disimulo, con facilidad los comete. Si no la respetáis cuál cree ser merecedora, os lo echara en cara so pretexto de que con ello se ofende a Dios; pero mejor diría que es porque ella misma se siente ofendida.
    Cierto que no dejara de frecuentar los sacramentos, más las disposiciones con que va a recibirlos inspiran lástima. Encierra a su Dios en una cárcel sucia y oscura, No le da muerte, pero le deja en su corazón sin alegría, sin consuelo; todas sus disposiciones delatan que aquella pobre alma no tiene más que un soplo de vida. Una vez recibida la Sagrada Comunión, el alma tibia casi no piensa en Dios más que los otros días. La manera de portarse nos da a entender que no se ha dado cuenta de la magnitud de su dicha.
    La persona tibia reflexiona muy poco sobre el estado de su alma, y casi nunca vuelve la vista hacia el pasado; si le viene al pensamiento la necesidad de portarse mejor, cree que, una vez confesados sus pecados, debe permanecer perfectamente tranquila. Asiste a la Santa Misa casi como a un acto ordinario; no considera seriamente la alteza de aquel misterio, y no tiene inconveniente en conversar sobre cualquier cosa mientras se dirige al templo; quizá ni se le ocurrirá nunca pensar que va a participar del mas grande de los dones, que Dios, con ser Dios, pudo otorgarnos(…) Durante los oficios, no quiere dormirse, es cierto, y hasta teme que los demás lo adviertan; pero no se hace la menor violencia. Tampoco quisiera tener distracciones durante la oración o la Santa Misa; más, como ello implicaría cierta lucha, las tolera con paciencia, aunque no las desee. Los días de ayuno casi no los distingue, pues o bien adelanta la hora de la comida, o bien hace una abundante colación, casi equivalente a una cena, alegando el pretexto de que el cielo no se alcanza con hambre. Al practicar algunas buenas obras, a menudo su intención no es del todo pura: unas veces son para complacer a alguien, otras por compasión, otras hasta para agradar al mundo. Para los tales, todo cuanto no sea un grave pecado, resulta ya aceptable. Les gusta hacer el bien, pero no quieren hallar dificultades al practicarlo. Hasta les gustaría visitar a los enfermos, pero sería preciso que los enfermos viniesen a ellos. Tienen medios de hacer limosna, conocen a las personas que están necesitadas; pero esperan a que se la vengan a pedir, en vez de anticiparse, con lo cual sus obras serian doblemente meritorias. En una palabra, la persona que lleva una vida tibia no deja de practicar muchas buenas obras, de frecuentar los sacramentos, de asistir puntualmente a las funciones; más en todos sus actos veréis una fe débil, lánguida, una esperanza que a la menor prueba se viene abajo, un amor de Dios y del prójimo sin ardor y sin gusto; todo cuanto hace no resulta enteramente perdido, más poco le falta para ello.

    Considerad ahora delante de Dios en qué lado os halláis: (…)¿Quién podrá estar seguro de que no es ni pecador, ni tibio, sino de los escogidos? ¡Ay!, ¡cuántos parecen buenos cristianos a los ojos del mundo, más son tibios a los ojos de Dios, que lo ve todo y conoce nuestro interior!
    (…) Debo advertiros que el que vive en la tibieza, en cierto sentido está más en peligro que aquel que vive en pecado mortal; y que las consecuencias de un tal estado son acaso más funestas. (…) Esa alma tibia viene a ser un objeto insípido, insustancial, desagradable a los ojos de Dios, quien acaba por vomitarlo de su boca; o sea acaba por maldecirlo y reprobarlo. ¡Oh Dios mío, a cuantas almas pierde ese estado! Si queréis hacer que un alma tibia salga de su estado, os contestará que no pretende ser santa; que, con tal de entrar en el cielo, ya tiene bastante. No pretendes ser Santo, y no consideras que solo los santos lleguen al cielo. O ser Santo, o réprobo: no hay término medio.

    ¿Queréis salir de la tibieza? (…) Levantad vuestros pensamientos hacia el cielo, y considerad cual sea la gloria de los santos por haber luchado y por haberse violentado mientras estaban en la tierra. Mirad lo que hicieron para merecer el cielo.
    Mirad que respeto sentían por la presencia de Dios; que devoción en sus oraciones, las cuales no cesaban en toda su vida. Mirad su valentía en combatir las tentaciones del demonio. Ved con que gusto perdonaban y hasta favorecían a los que los perseguían, difamaban o les deseaban mal.
    (…) Si nos hallamos en estado de tibieza, pidamos a Dios, de todo corazón, la gracia de salir de él, para emprender el camino que todos los santos siguieron y así poder llegar a la felicidad de que ellos disfrutan.”
    Quiero, agradecer aquí, entonces, como el tesoro más grande que Dios nos sigue dando, la delicia de conocer y constatar que hay, aún, muchos sacerdotes santos. Los hay, llenos de cruces, que sin renegar de ellas, siguen fieles en la tormenta; ¡benditos sean por siempre! Por amor de Dios, no dejemos de agradecer siempre por ellos, tesoro de la Iglesia y sostén de la pequeña grey.
    —–
    (*) Aclaro que no pretendo sugerir de ningún modo una “fórmula mágica” en que la sola confesión frecuente sea un remedio para la tibieza. Sabemos que Dios puede otorgar un crecimiento cierto en las virtudes a cristianos que no cuenten con la posibilidad de este sacramento habitualmente, y por el contrario, puede darse el caso de confesiones frecuentes realizadas de manera mecánica, insuficientemente aprovechadas o con escaso fruto. Pero me limito a señalar, sí, la necesidad de una mejor formación de las conciencias, y de una mayor vigilancia sobre ellas, evitando que se las tranquilice por el mero hecho de no vivir en pecado mortal.
    Mª Virginia Olivera de Gristelli

    Nueva Alianza



    La primera lectura del día de hoy está tomada del capítulo 31 del profeta Jeremías, yo creo que este año le hemos dado mas atención al profeta Jeremías; y estoy felíz con ello porque hay tantas cosas de Jeremías que anticipan el sacrificio de Cristo, pero que sobre todo que anticipan el amor redentor, el amor compasivo de Dios.

    De hecho, toda esa fuerza de las denuncias de Jeremías, es finalmente fuerza para proclamar que sólo Dios merece “Honor y Gloria”, y sobre todo es fuerza para confiar en la salvación que sólo Él puede regalarnos.

    Yo creo que se puede decir, que cuanto mas profunda y clara es la denuncia del pecado, es más profunda y clara es la raíz de la esperanza en nuestra vida; porque allí donde no se reconoce el pecado. Estamos en la condición del que está enfermo, pero ¡No sabe que está enfermo! Y resulta que está consumiendo sus últimos recursos. Imaginémonos –Dios nos libre- lo que sucede con aquella persona que tiene un cáncer, y ese cáncer ya está consumiendo su cuerpo y de hecho y el organismo está en proceso de declive pero como todavía le quedan algunas fuerzas, pues nos e nota lo mal que está.

    Esa es la condición de muchos cristianos, el cáncer del pecado ha entrado profundamente en sus vidas, pero como no lo reconocen pues tampoco saben a dónde van. Yo creo que un ejemplo sencillo es el de aquella persona que cree que puede jugar con el amor; pues entonces tener una pareja es jugar con alguien y después de que se vaya ese pues jugar con otro o con otra y después con otro o con otra.

    La persona que razona asi, la persona que obra así, esta destruyendo su capacidad afectiva, solo está dejando una estela de desastre, de decepción, de ira y de venganza en otras personas, sino que su propio corazón, está terriblemente empobrecido, y ese corazón empobrecido, ese corazón que tiene ese cáncer espiritual, ya se está muriendo, pero la persona no se da cuenta.

    En la medida en que se denuncia el pecado, en la medida en que caemoz en la cuenta que no fuimos hechos para el pecado, y en la medida que nos demos cuenta que el pecado simplemente viene a destruir que somos lo que tenemos, entonces es posible hablar de una esperanza. Podemos decir que uno pasa po un momento bajo, y ese momento bajo, ese momento triste es el momento de la denuncia, es el momento en el que Dios muestra “Mira lo que estas haciendo, mira lo que es tu vida, mira lo que has hecho”. Pero de ese momento bajo nos levantamos en esperanza, de ese momento bajo nos levantamos en jubilo, pero ya no es jubilo por lo mucho que nosotros somos, sino por lo mucho que Él nos ha amado, y ese nuevo comienzo es el que anuncia Jeremías, bajo un término absolutamente vigoroso, una nueva alianza.

    Es que el pueblo de Israel nació en una Alianza, cuando se habla de una Nueva Alianza, se esta hablando de un nuevo nacimiento. Lo que está diciendo Jeremías es de una fuerza increíble, es posible empezar de nuevo, es posible un nuevo comienzo y Dios quiere hacerlo y lo va ha hacer.

    Esa Alianza Nueva y eterna es lo que ha sucedido, es la que se ha celebrado en la carne y la sangre de Cristo, y eso es lo que significa ser cristiano, todo esto que vió Jeremías y todo esto que anuncio Jeremías, eso es lo que nosotros somos como cristianos, esa es la esperanza y gozo que tenemos que anunciar también al mundo.@fraynelson

    martes, 5 de agosto de 2014

    Lliçó q cal no oblidar


    Avui, l'Evangeli ens parla de la transfiguració de Jesucrist al mont Tabor. Jesús, després de la confessió de Pere, va començar a dir que calia que el Fill de l'home fos condemnat a mort i que el tercer dia ressuscitaria. En aquest context hem de posar l'episodi de la Transfiguració de Jesús. Atanasi el Sinaïta escriu que «Ell s'havia revestit de les nostres miserables túniques de pell, avui s'ha posat el vestit diví, i la llum l'ha envoltat com un mantell». El missatge que ens porta Jesús transfigurat són les paraules del Pare: «Aquest és el meu Fill, el meu estimat; escolteu-lo» (Mc 9,7). Escoltar vol dir fer la seva voluntat, contemplar la seva persona, imitar-lo, posar en la pràctica els seus consells, prendre la nostra creu i seguir-lo.

    Per tal d'evitar equívocs i males interpretacions, «Jesús els va manar que no expliquessin a ningú allò que havien vist, fins que el Fill de l'home hagués ressuscitat d'entre els morts» (Mc 9,9). Els tres apòstols contemplen Jesús transfigurat, signe de la seva divinitat, però el Salvador no vol que ho escampin fins després de la seva resurrecció, aleshores hom podrà comprendre l'abast d'aquest episodi. El Crist ens parla a l'Evangeli i quan fem oració; podem repetir llavors les paraules de Pere: «Rabí, que n'estem de bé aquí dalt» (Mc 9,5), sobretot després d'anar a combregar.

    El prefaci de la missa d'avui ens dóna un resum molt bonic, de la transfiguració de Jesús. Diu així: «Perquè Crist, Senyor, havent anunciat la seva mort als deixebles, revelà, a la muntanya sagrada la seva glòria i, tenint també la Llei i els profetes com a testimoni, els féu comprendre que la passió és necessària per arribar a la glòria de la resurrecció». Una lliçó que els cristians no podem oblidar mai.

    Que bien se está aquí

    ¡Qué bien se está aquí!

    Anastasio Sinaíta, obispo
    Del sermón en el día de la Transfiguración del Señor (Núms. 6-10: Mélanges d´archéologie et d´histoire 67 [1955], 241-244)
    El misterio que hoy celebramos lo manifestó Jesús a sus discípulos en el monte Tabor. En efecto, después de haberles hablado, mientras iba con ellos, acerca del reino y de su segunda venida gloriosa, teniendo en cuenta que quizá no estaban muy convencidos de lo que les ha anunciado acerca del reino, y deseando infundir en sus corazones una firmísima e íntima convicción, de modo que por lo presente creyeran en lo futuro, realizó ante sus ojos aquella admirable manifestación, en el monte Tabor, como una imagen prefigurativa del reino de los cielos. Era como si les dijese: «El tiempo que ha de transcurrir antes de que se realicen mis predicciones no ha de ser motivo de que vuestra fe se debilite, y, por esto, ahora mismo, en el tiempo presente, os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto llegar al Hijo del hombre con la gloria del Padre». 
    Y el evangelista, para mostrar que el poder de Cristo estaba en armonía con su voluntad, añade: Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. 
    Éstas son las maravillas de la presente solemnidad, éste es el misterio, saludable para nosotros, que ahora se ha cumplido en la montaña, ya que ahora nos reúne la muerte y, al mismo tiempo, la festividad de Cristo. Por esto, para que podamos penetrar, junto con los elegidos entre los discípulos inspirados por Dios, el sentido profundo de estos inefables y sagrados misterios, escuchemos la voz divina y sagrada que nos llama con insistencia desde lo alto, desde la cumbre de la montaña. 
    Debemos apresurarnos a ir hacia allí -así me atrevo a decirlo- como Jesús, que allí en el cielo es nuestro guía y precursor, con quien brillaremos con nuestra mirada espiritualizada, renovados en cierta manera en los trazos de nuestra alma, hechos conformes a su imagen, y, como él, transfigurados continuamente y hechos partícipes de la naturaleza divina, y dispuestos para los dones celestiales. 
    Corramos hacia allí, animosos y alegres, y penetremos en la intimidad de la nube, a imitación de Moisés y Elías, o de Santiago y Juan. Seamos como Pedro, arrebatado por la visión y aparición divina, transfigurado por aquella hermosa transfiguración, desasido del mundo, abstraído de la tierra; despojémonos de lo carnal, dejemos lo creado y volvámonos al Creador, al que Pedro, fuera de sí, dijo: Señor, ¡qué bien se está aquí! 
    Ciertamente, Pedro, en verdad qué bien se está aquí con Jesús; aquí nos quedaríamos para siempre. ¿Hay algo más dichoso, más elevado, más importante que estar con Dios, ser hechos conformes con él, vivir en la luz? Cada uno de nosotros, por el hecho de tener a Dios en sí y de ser transfigurado en su imagen divina, tiene derecho a exclamar con alegría: ¡Qué bien se está aquí!, donde todo es resplandeciente, donde está el gozo, la felicidad y la alegría, donde el corazón disfruta de absoluta tranquilidad, serenidad y dulzura, donde vemos a (Cristo) Dios, donde él, junto con el Padre, pone su morada y dice, al entrar: Hoy ha sido la salvación de esta casa, donde con Cristo se hallan acumulados los tesoros de los bienes eternos, donde hallamos reproducidas, como en un espejo, las imágenes de las realidades futuras.

    Sobre las aguas...


    Una fe muy profunda para andar sobre el agua



    Queridos Hermanos:

    Con el texto que acabamos de escuchar en el evangelio, seguramente va a crecer nuestro amor, nuestra simpatía por la persona del Apóstol Pedro. Pedro es el primero entre los Apóstoles, pero también es el primero en otra cantidad de cosas.

    Más de una vez en el evangelio, nos encontramos con que Jesús hace una pregunta y es Pedro quien responde. O también, este es el único Apóstol a quien se le ocurre darle consejos a Jesús. Igualmente en eso toma la iniciativa.

    Pedro es un hombre que reacciona de alguna manera, podríamos llamar, primaria. No hace como mucho análisis de las consecuencias de sus actos. Por ejemplo, ofrece que va a morir por Jesús, pero luego, cuando las circunstancias son adversas, niega y perjura que no conoce a Cristo.

    Le dice al Señor que no le lave los pies. Mas Jesús le responde: "Si no, no vas a tener que ver conmigo" San Juan 13,8. Y Pedro reacciona inmediatamente: "Entonces, no sólo lávame los pies, sino todo el cuerpo" San Juan 13,9.

    Es decir, Pedro representa al corazón humano en su reacción inmediata frente a la obra de la gracia, y esta es como la grandeza del mensaje que se nos revela a través de este Apóstol. Precisamente, porque era un hombre que no medía demasiado las consecuencias, precisamente por eso, nos permite ver de un modo como muy cristalino, qué sucede en un corazón, en un corazón como el tuyo o como el mío, cuando la oferta de Dios, cuando la propuesta de Dios nos pasa por delante.

    El evangelio de hoy no es una excepción a esta regla. Lo que nos encontramos, es que todos se sienten asustados. Al parecer, piensan que se trata de un fantasma. Jesús caminando sobre el agua, una cosa absolutamente inusitada, una cosa alucinante, y estos hombres se sienten en pánico.

    Jesús dice: "Soy yo" San Mateo 14,27, y es Pedro el primero en reaccionar según la costumbre: "Pues si eres tú, entonces que yo pueda caminar sobre el agua" San Mateo 14,28.

    Es la reacción veloz de este hombre. Quiere asegurarse, pero al mismo tiempo quiere experimentar lo que está sucediendo ahí. Se lanza a caminar, pero luego frente a las dificultades, también él reacciona inmediatamente.

    Así como la voz de Jesús produjo en él una reacción inmediata y saltó de la barca para caminar sobre el agua, así también la acción del viento produjo en él una reacción inmediata de miedo y de incredulidad, que le llevó a hundirse. Es decir, nuevamente encontramos al Apóstol Pedro reaccionando así, de una manera rápida.

    Jesús se acerca, sostiene a Pedro y le pregunta: "¿Por qué dudaste? Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?" San Mateo 14,31. Y esa es la lección que quisiera que tomáramos todos el día de hoy. Observemos que Pedro tuvo una reacción inmediata.

    Pero la reacción inmediata de entusiasmo e incluso de obediencia a lo que Jesús le estaba diciendo, no fue suficiente.

    Pedro reaccionó de un modo inminente, pero su reacción no fue capaz de sostenerlo cuando llegaron las dificultades. No es suficiente el entusiasmo de un momento, no es suficiente el sentir que sí, que Dios ha llegado a nuestra vida, que sí nos ha visitado, que sí nos ha tocado, que sí nos ha hablado.

    ¡Eso no es suficiente! No es suficiente sentir, no es suficiente la reacción inmediata. Necesitamos algo más para poder recorrer el camino en esta tierra. ¡Necesitamos algo más que eso!

    Observa que Jesús no le dijo a Pedro que no tenía fe. Jesús le dijo a Pedro que tenía poca fe. Reconocer al Señor y lanzarnos a caminar sobre el agua, ya es tener algo de fe. Pero esa fe, esa fe así impetuosa, de reacción inmediata, no es suficiente, es poca fe.

    El mundo y las circunstancias en las que vivimos, requieren algo más. Necesitamos una fe profunda, porque dice la primera Carta de Juan que, "nuestra fe vence al mundo" 1 Juan 5,4.

    Pero la fe que vence al mundo, es una fe que es algo más que entusiasmo, algo más que reacción inmediata. Pedro tuvo que aprender la lección. En cierto modo, quedó humillado delante de sus compañeros, delante de los otros Apóstoles.

    Pero lo mismo que ellos, según termina diciendo el relato de hoy, él se postró reconociendo en Jesucristo: "Tú eres el Hijo de Dios" San Mateo 14,33.

    Que nuestra fe crezca, hermanos, que nuestra fe se afiance, que nuestra fe encuentre verdaderamente su fondo, encuentre verdaderamente su cimiento, para que podamos, aunque parezca imposible, caminar sobre el agua. El mundo de hoy nos lo va a exigir. Nos va a exigir que avancemos como haciendo cosas imposibles.

    ¿Cómo es posible la vida cristiana hoy? ¿Cómo es posible una vida cristiana en una Europa agnóstica, escéptica, fría, casi burlesca, compasiva, con una compasión secular por los que todavía creen? ¿Esa compasión, falsa, desde luego, esa compasión cínica de la que habló Nietzsche cuando se encuentran aquellos hombres con el viejo ermitaño y dicen?: "¡Ése todavía cree! No se ha dado cuenta que Dios se murió hace rato."

    Así nos van a mirar y hay que avanzar sobre el mundo. Hay que caminar sobre el mundo de esta manera y parece imposible. Es como andar sobre el agua y para eso necesitamos una fe profunda. ¡Y Dios, Dios nos la va a dar!

    @fraynelson

    domingo, 3 de agosto de 2014

    Orar




    Hermosa obligación del hombre: orar y amar

    San Juan María Vianney, presbítero
    De una catequesis (A. Monnin, Esprit du Curé d´Ars, París 1899, pp. 87-89)
    Consideradlo, hijos míos: el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. Por esto, nuestro pensamiento debe estar siempre orientado hacia allí donde está nuestro tesoro. 
    El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo. 
    La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable. En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre criatura; es una felicidad que supera nuestra comprensión. 
    Nosotros nos habíamos hecho indignos de orar, pero Dios, por su bondad, nos ha permitido hablar con él. Nuestra oración es el incienso que más le agrada. 
    Hijos míos, vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. La oración una degustación anticipada del cielo, hace que una parte del paraíso baje hasta nosotros. Nunca nos deja sin dulzura; es como una miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo. En la oración hecha debidamente, se funden las penas como la nieve ante el sol. 
    Otro beneficio de la oración es que hace que el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite, que ni se percibe su duración. Mirad: cuando era párroco en Bresse, en cierta ocasión, en que casi todos mis colegas habían caído enfermos, tuve que hacer largas caminatas, durante las cuales oraba al buen Dios, y, creedme, que el tiempo se me hacía corto. 
    Hay personas que se sumergen totalmente en la oración, como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no está dividido. ¡Cuánto amo a estas almas generosas! San Francisco de Asís y santa Coleta veían a nuestro Señor y hablaban con él, del mismo modo que hablamos entre nosotros. 
    Nosotros, por el contrario, ¡cuántas veces venimos a la iglesia sin saber lo que hemos de hacer o pedir! Y, sin embargo, cuando vamos a casa de cualquier persona, sabemos muy bien para qué vamos. Hay algunos que incluso parece como si le dijeran al buen Dios: «Sólo dos palabras, para deshacerme de ti..». Muchas veces pienso que, cuando venimos a adorar al 
    Señor, obtendríamos todo lo que le pedimos si se lo pidiéramos con una fe muy viva y un corazón muy ññññññññññññpppl puro.

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    CATEQUESIS SOBRE EL MILAGRO DE LOS PANES Y LOS PECES

    Papa Francisco: «Compasión, compartir, Eucaristía. Este es el camino que Jesús nos indica en este Evangelio»


    Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

    este domingo, el Evangelio nos presenta el milagro de la multiplicación de los panes y los pescados (Mt 14,13-21). Jesús lo realizó a lo largo del Mar de Galilea, en un lugar aislado donde se había retirado con sus discípulos después de enterarse de la muerte de Juan el Bautista. Pero, muchas personas los siguieron y los alcanzaron; y Jesús, al verlos, sintió compasión y curó a los enfermos hasta la noche. Entonces los discípulos, preocupados por la hora tardía, le sugirieron despedir a la muchedumbre para que ella pudiese ir a las ciudades a comprarse lo necesario para comer. Pero Jesús, tranquilamente, les respondió: «Denles de comer ustedes mismos» (Mt 14,16); y haciéndose traer cinco panes y dos pescados, los bendijo, y comenzó a partirlos y darlos a los discípulos, quienes los distribuían a la gente. Todos comieron hasta saciarse e incluso, ¡sobró!

    En este hecho podemos captar tres mensajes. El primero es la compasión. Frente a la multitud que lo busca y - por así decirlo – “no lo deja en paz”, Jesús no reacciona con irritación. No dice “esta gente me da fastidio”. No, no. Reacciona con un sentimiento de compasión, porque sabe que no lo buscan por curiosidad, sino por necesidad. Pero estemos atentos: compasión, lo que siente Jesús, no es simplemente sentir piedad. ¡Es más! Significa “padecer con”, es decir, compenetrarse en el sufrimiento del otro, al punto de tomarlo sobre sí. Así es Jesús, sufre junto a nosotros, sufre con nosotros, sufre por nosotros. Y el signo de esta compasión son las muchas sanaciones que realizó. Jesús nos enseña a anteponer las necesidades de los pobres a las nuestras. Nuestras exigencias, aunque legítimas, nunca serán tan urgentes como las de los pobres, que carecen de lo necesario para vivir. Nosotros hablamos seguido de los pobres, pero cuando hablamos de los pobres, ¿oímos que aquel hombre, aquella mujer, aquellos niños no tienen lo necesario para vivir? ¿Que no tienen para comer, no tienen para vestirse, no tienen la posibilidad de medicinas? También los niños que no tienen la posibilidad de ir a la escuela… Y por eso, nuestras exigencias - aún legítimas - no serán jamás tan urgentes como aquellas de los pobres, que no tienen lo necesario para vivir.

    El segundo mensaje es el compartir. El primero es la compasión, aquello que sentía Jesús, con el compartir. Es útil comparar la reacción de los discípulos frente a la gente cansada y hambrienta, con la de Jesús. Son diferentes. Los discípulos piensan que es mejor despedirse de ellos, para que puedan ir a buscarse la comida. En cambio, Jesús dice: denles de comer ustedes mismos. Dos reacciones diferentes, que reflejan dos lógicas opuestas: los discípulos razonan de acuerdo con el mundo, por lo que cada uno debe pensar en sí mismo; reaccionan como si dijeran: “arréglenselas solos”. Jesús razona en cambio de acuerdo a la lógica de Dios, que es aquella del compartir. ¡Cuántas veces nosotros nos damos vuelta hacia otro lado con tal de no ver a los hermanos necesitados! Y esto, mirar hacia otro lado, es un modo educado de decir con guantes blancos: “arréglenselas solos”. Y esto no es de Jesús: esto es egoísmo. Si Él hubiera despedido a la gente, muchas personas se habrían quedado sin comer. En cambio, aquellos pocos panes y pescados, compartidos y bendecidos por Dios, fueron suficientes para todos. Y atención ¿eh?: no es una magia, ¡es un “signo”! Un signo que invita a tener fe en Dios, el Padre providente, que no nos hace faltar “el pan nuestro de cada día”, si nosotros sabemos compartirlo como hermanos.

    Compasión, compartir.

    Y el tercer mensaje: el milagro de los panes preanuncia la Eucaristía. Esto se puede ver en el gesto de Jesús que “recita la bendición” (v. 19) antes de partir el pan y distribuirlo a la gente. Es el mismo gesto que hará Jesús en la Última Cena, cuando instaura el memorial perpetuo de su Sacrificio redentor. En la Eucaristía, Jesús no da un pan, sino el pan de vida eterna, se dona a Sí mismo, ofreciéndose al Padre por amor a nosotros. Nosotros debemos ir a la Eucaristía con aquel sentimiento de Jesús, es decir, la compasión, y con aquel deseo de Jesús, compartir. Quien va a la Eucaristía sin tener compasión por los necesitados y sin compartir, no se encuentra bien con Jesús.

    Compasión, compartir, Eucaristía. Este es el camino que Jesús nos indica en este Evangelio. Un camino que nos lleva a afrontar con fraternidad las necesidades de este mundo, pero que nos conduce más allá de este mundo, porque parte de Dios Padre y regresa a Él. Que la Virgen María, Madre de la Divina Providencia, nos acompañe en este Camino.

    sábado, 2 de agosto de 2014

    Nuestro egoismo



    Como suele ser lo más común, lo más normal en los domingos, la primera lectura y el evangelio tienen una grande y visible coincidencia en esta ocasión. Pero antes de seguir, ¡feliz domingo! ¡Feliz día del Señor!

    Si uno aprende a vivir el domingo, si uno aprende a alegrase por la victoria de Cristo, se hace cada vez más cristiano, porque ¿sabes una cosa? Sin alegría es muy difícil vivir la fe, de hecho, sin alegría es muy difícil vivir, sin alegría uno lo que siente es que está sobreviviendo; en cambio la alegría nos permite vivir la vida como un regalo, recibir la existencia como el primero de todos los dones. Y nuestra existencia se ha vuelto valiosa, gracias a Jesús, gracias a su resurrección, gracias a su palabra y al don de su Espíritu.

    Hoy por ejemplo tenemos el pasaje tan conocido de la multiplicación de los panes, un pasaje que es toda una catequesis, y esto significa que puede leerse y apreciarse desde distintos ángulos. Permíteme compartirte uno.

    Los discípulos se acercan a Jesús y le piden que despida a la gente, ¿no te parece sospechosa esta petición? ¡Qué contraste tan grande entre Jesús y sus discípulos! Nos dice San Mateo, en este capítulo catorce, que Jesús se compadece de la gente, y yo pregunto: cuando los discípulos dicen "despídelos para que vayan y se compren algo ellos" San Mateo 14,15; "despídelos para que ellos resuelvan su problema"; "despídelos para que nosotros podamos descansar de ellos". Jesús está educando a sus discípulos, pero bien se ve que falta mucho camino por recorrer.

    ¡Qué distintas las entrañas de Jesús y las de estos hombres! Y Jesús les responde: "Dadles vosotros de comer" San Mateo 14,16. Es decir, inmediatamente los confronta con su propia dureza, con su propio egoísmo; porque en el fondo la preocupación de ellos no es la gente, la preocupación de ellos está en el descanso que necesitan, y es comprensible que lo pidan, y sobre todo, en que quieren por fin sentarse, reposar, tener sus alimentos para ellos.

    Yo quiero destacar que la petición de los discípulos es muy razonable, es perfectamente humana, si queremos decirlo así, y además, es seguramente lo que también nosotros pediríamos. Después de esas jornadas agotadoras, después de horas y horas de enfermos, y posesos, y paralíticos, y ciegos, y sordos; después de ese interminable desfile de la miseria humana, pues lo que queda es agotamiento, fatiga, están extenuados los discípulos, como seguramente estaríamos también nosotros.

    Pero he aquí o maravilloso: si la miseria humana parece no agotarse, la misericordia de Cristo es también inagotable. Tenemos un Dios que alcanza y supera la medida de nuestras miserias, y tenemos un Dios que nos pone delante ese espejo de generosidad para que veamos nuestros egoísmos y para que demos un paso, el paso decisivo que le permite luego a Dios multiplicar con amor lo poco o mucho que podemos darle.

    Es la hora de reconocer a Jesús, es la hora de reconocer quiénes somos y es la hora de poner en sus manos eso que somos.

    @fraynelson

    Avui, Jesús ens mostra fins a quin punt Ell desitja involucrar-nos en el seu treball de redempció. Ell, que ha creat el cel i la terra a partir del no res, podia —de la mateixa manera— fàcilment haver creat un gran banquet per tal de sadollar aquella multitud.

    Però preferí fer el miracle tot partint de l'única cosa que els seus deixebles podien lliurar-li. «Aquí només tenim cinc pans i dos peixos» (Mt 14,17), li digueren. «Porteu-me'ls aquí» (Mt 14,18), els respongué Jesús. I el Senyor va fer la multiplicació d'aquest modest recurs —ni tan sols suficient per a una família normal— per a alimentar a unes 5000 famílies.

    El Senyor procedí així d'igual manera en la celebració de les noces de Canà. Ell, que creà tots els mars, podia fàcilment haver omplert amb el vi més selecte aquelles gerres de més de 100 litres, tot partint de zero. Novament, però, preferí involucrar les seves criatures en el miracle, tot fent que, en primer lloc, omplissin d'aigua els recipients.

    I, el mateix principi, podem apreciar en la celebració de l'Eucaristia. Jesús no comença del no res, ni tampoc a partir de cereals o de raïms, sinó del pa i del vi, que ja incorporen en si mateixos el treball de les mans humanes.

    El difunt Cardenal Francesc Xavier Nguyen van Thuan, presoner dels comunistes vietnamites des de 1975 fins al 1988, es preguntava com podria afavorir el Regne de Crist i preocupar-se del seu ramat mentre intentava sobreposar-se al brutal sofriment del seu aïllat confinament. I, tot assabentant-se del poc que podia fer des de la cel·la de la seva presó, pensà que, si més no, cada dia, podria oferir al Senyor els seus “cinc pans i dos peixos”, i deixar que Déu fes la resta. I el Senyor multiplicà aquells petits esforços tot convertint-los en un testimoni que ha inspirat no solament els vietnamites, sinó tota l'Església.

    Avui, el Senyor ens demana a nosaltres —els seus moderns deixebles— que “donem a la gent quelcom d'aliment” (cf. Mt 14,16). No importa que sigui poc o molt el que tinguem: donem-lo al Senyor i deixem que Ell continuï a partir d'això.
    Comentari: Fr. Roger J. LANDRY (Hyannis, Massachusetts, Estats Units)


    viernes, 1 de agosto de 2014

    Presume de tus debilidades

    El Apóstol presume de sus debilidades
    2Co 11,30-12,13
    Hermanos: Si hay que presumir, presumiré de lo que muestra mi debilidad, y bien sabe Dios, el Padre del Señor Jesús, bendito sea por siempre, que no miento. En Damasco el gobernador del rey Aretas montó una guardia en la ciudad para prenderme; metido en un costal, me descolgaron por una ventana de la muralla, y así escapé de sus manos. 
    Toca presumir. Ya sé que no está bien, pero paso a las visiones y revelaciones del Señor. Yo sé de un cristiano que hace catorce años fue arrebatado hasta el tercer cielo, con el cuerpo o sin cuerpo, ¿qué sé yo?, Dios lo sabe. Lo cierto es que ese hombre fue arrebatado al paraíso y oyó palabras arcanas, que un hombre no es capaz de repetir; con el cuerpo o sin cuerpo, ¿qué sé yo?, Dios lo sabe. De uno como ése podría presumir; lo que es yo, sólo presumiré de mis debilidades. Y eso que, si quisiera presumir, no diría disparates, diría la pura verdad; pero lo dejo, para que se hagan una idea de mí sólo por lo que ven y oyen. 
    Por la grandeza de estas revelaciones, para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un ángel de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio. Tres veces he pedido al Señor verme libre de él; y me ha respondido: «Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad.» 
    Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso, vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte. 
    He disparatado, vosotros me obligasteis. Hablar en favor mío debería ser cosa vuestra; pues, aunque yo no sea nadie, en nada soy menos que esos superapóstoles. La marca de apóstol se vio en mi trabajo entre vosotros, en todo mi aguante y en las señales, portentos y milagros. ¿Qué tenéis que envidiar a las otras Iglesias, excepto que yo no he vivido a costa vuestra? Perdonadme esta injuria.
    R/. Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo; la fuerza se realiza en la debilidad.
    V/. Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios.
    R/. La fuerza se realiza en la debilidad.


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    El amor a Cristo

    San Alfonso María de Ligorio
    (Tratado sobre la práctica del amor a Jesucristo, edición latina, Roma, 1909, pp 9-14)
    Toda la santidad y la perfección del alma consiste en el amor a Jesucristo, nuestro Dios, nuestro sumo bien y nuestro redentor. La caridad es la que da unidad y consistencia a todas las virtudes que hacen al hombre perfecto. 
    ¿Por ventura Dios no merece todo nuestro amor? Él nos ha amado desde toda la eternidad. «Considera, oh hombre -así nos habla-, que yo he sido el primero en amarte. Aún no habías nacido, ni siquiera existía el mundo, y yo ya te amaba. Desde que existo, yo te amo». 
    Dios, sabiendo que al hombre se lo gana con beneficios, quiso llenarlo de dones para que se sintiera obligado a amarlo: «Quiero atraer a los hombres a mi amor con los mismos lazos con que habitualmente se dejan seducir: con los vínculos del amor». Y éste es el motivo de todos los dones que concedió al hombre. Además de haber dado un alma dotada, a imagen suya, de memoria, entendimiento y voluntad, y un cuerpo con sus sentidos, no contento con esto, creó, en beneficio suyo, el cielo y la tierra y tanta abundancia de cosas, y todo ello por amor al hombre, para que todas aquellas criaturas estuvieran al servicio del hombre, y así el hombre lo amara a él en atención a tantos beneficios. 
    Y no sólo quiso darnos aquellas criaturas, con toda su hermosura, sino que además, con el objeto de conquistarse nuestro amor, llegó al extremo de darse a sí mismo por entero a nosotros. El Padre eterno llegó a darnos a su Hijo único. Viendo que todos nosotros estábamos muertos por el pecado y privados de su gracia, ¿que es lo que hizo? Llevado por su amor inmenso, mejor aún, excesivo, como dice el Apóstol, nos envió a su Hijo amado para satisfacer por nuestros pecados y para restituirnos a la vida, que habíamos perdido por el pecado. 
    Dándonos al Hijo, al que no perdonó, para perdonarnos a nosotros, nos dio con él todo bien: la gracia, la caridad y el paraíso, ya que todas estas cosas son ciertamente menos que el Hijo: El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?