Fragmento de la homilía del Papa Francisco el viernes 20 de junio de 2014 Dinero, vanidad y poder no hacen feliz al hombre. Los auténticos tesoros, las riquezas que cuentan, son el amor, la paciencia, el servicio a los demás y la adoración a Dios. No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban. Haceos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro allí está tu corazón». (Mateo 6, 19-23). No acumuléis tesoros en la tierra. Es un consejo de prudencia. Tanto que Jesús añade: «Mira que esto no sirve de nada, no pierdas el tiempo». Son tres, en particular, los tesoros de los cuales Jesús pone en guardia muchas veces: Cierto, pueden también servir «para hacer tantas cosas buenas», por ejemplo: para poder llevar adelante la familia. Pero, si tú las acumulas como un tesoro, te roban el alma. Por eso Jesús en el Evangelio vuelve sobre este argumento, sobre las riquezas, sobre el peligro de las riquezas, sobre el poner las esperanzas en ellas. He aquí, pues, la esencia de la enseñanza de Jesús: «¡No acumuléis! ¡No acumuléis dinero, no acumuléis vanidad, no acumuléis orgullo, poder! ¡Estos tesoros no sirven!». Más bien son otros los tesoros para acumular. Hay un trabajo para acumular tesoros que es bueno». Lo dice Jesús en la misma página evangélica: «Donde está tu tesoro allí está tu corazón». Este es precisamente «el mensaje de Jesús: tener un corazón libre». En cambio «si tu tesoro está en las riquezas, en la vanidad, en el poder, en el orgullo, tu corazón estará encadenado allí, tu corazón será esclavo de las riquezas, de la vanidad, del orgullo». Un corazón libre se puede tener sólo con los tesoros del cielo: el amor, la paciencia, el servicio a los demás, la adoración a Dios. Estas «son las verdaderas riquezas que no son robadas». Las otras riquezas —dinero, vanidad, poder— «dan pesadez al corazón, lo encadenan, no le dan libertad». Hay que tender, por lo tanto, a acumular las verdaderas riquezas, las que «liberan el corazón» y te hacen «un hombre y una mujer con esa libertad de los hijos de Dios». Se lee al respecto en el Evangelio que «si tu corazón es esclavo, no será luminoso tu ojo, tu corazón». Un corazón libre es un corazón luminoso, que ilumina a los demás, que hace ver el camino que lleva a Dios, que no está encadenado, que sigue adelante y además envejece bien, porque envejece como el buen vino: cuando el buen vino envejece es un buen vino añejo. Al contrario, el corazón que no es luminoso es como el vino malo: pasa el tiempo y se echa a perder cada vez más y se convierte en vinagre. Pidamos al Señor para que nos dé esta prudencia espiritual para comprender bien dónde está mi corazón, a qué tesoro está apegado. Y nos dé también la fuerza de «desencadenarlo», si está encadenado, para que llegue a ser libre, se convierta en luminoso y nos dé esta bella felicidad de los hijos de Dios, la verdadera libertad». |
martes, 12 de agosto de 2014
Dónde está tu tesoro
sábado, 9 de agosto de 2014
Clava la mirada
Jesús tiene la virtud desvelar la expresividad de lo creado. Ante sus ojos, todas las criaturas hablan de Dios y hablan del hombre. En esta clave debemos leer los milagros: no eran una forma “sobrenatural” de salir del paso ante dificultades “naturales”, sino parábolas en acción; contienen tal carga expresiva que las palabras humanas jamás serían capaces de llevar hasta nosotros tanta riqueza sin reventar por el camino. Vemos hoy a Jesús caminando sobre las aguas, y a Simón naufragando tras haber dado unos tímidos pasos en su busca. No estamos recordando que existió un hombre capaz de pasear sobre una tormenta. Estamos contemplando cómo las aguas, la noche, los vientos, la tormenta, Pedro y el Señor pronuncian una maravillosa homilía… Estamos oyendo hablar de Dios.
El agua es la vida terrena. Todos hemos zarpado desde una orilla y, mientras vivimos, cruzamos un lago en busca de la orilla opuesta, en la que atracaremos algún día. La noche es la condición del hombre en este mundo. Navegamos sin saber bien hacia dónde. En algunos momentos, la noche es tan espesa que apenas si distinguimos los pocos metros de camino que hay ante nosotros. Quien diga que mañana seguirá navegando se arriesga a mentir, porque quizá mañana, o dentro de unas horas, tú o yo hayamos alcanzado esa orilla que la noche nos oculta. En cuanto a la tormenta… La conocemos demasiado bien. ¿Cuántas veces has tenido la sensación de no hacer pie?
¿Cuántas veces has temido que la vida te tragase, como traga el mar encrespado a las pequeñas barquitas de remos? Los problemas, los dolores, las angustias… ¿No te han puesto nunca un nudo en la garganta?
… Y Jesús. Es Jesús Resucitado quien ahora camina por encima de las aguas. La tormenta sigue rugiendo, pero Él está allí… Camina sobre el furioso lago, como en la Cruz caminó sobre el dolor y sobre la muerte… Pero, a Él, ni el dolor ni la muerte se lo tragan. Está vivo por los siglos. Si Él calmase la tormenta, como le has pedido, todo sería “demasiado fácil”. Sin embargo, caminar en paz sobre los vientos… ¿Serás tú capaz, como Él, de caminar en paz sobre ese mar de dolores sin que la tormenta cese? ¿Serás capaz de ser feliz hoy, sin que a tu alrededor cambien las cosas, en lugar de hipotecar tu felicidad esperando a que la situación se arregle? ¿Podrás acercarte al Señor caminando serenamente sobre las aguas?
“Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse”… Mientras Simón tiene los ojos fijos en Jesús, camina sobre las aguas con paz. Pero cuando, desconfiado, mira hacia abajo y clava su mirada en la tormenta, se hunde. ¿Dónde tienes puesta la mirada? Mientras bajo tus pies rugen las olas, ¿cuál es tu oración? ¿Cansas al Señor diciéndole “¡Qué mal va todo!”, o te extasías ante su presencia, sabiendo que Él está contigo, y dices “¡Qué bueno eres, Jesús!”? He ahí el secreto para caminar sobre las aguas. ¿Dónde crees que tenía puesta su mirada la Virgen, cuando fue capaz de mantenerse en pie sobre el Calvario?
Fe y didelidad
Amados Hermanos:
Las lecturas del día de hoy, nos presentan dos palabras que están relacionadas no solamente porque suenan de modo parecido, sino porque también se refieren a dos realidades que son muy cercanas, que son vecinas. Estoy hablando de la fe, y la fidelidad.
Resultan todavía más cercanas estas palabras, si recordamos su origen en el latín, porque precisamente fe en latín se dice “fides” y, es evidente que fidelidad viene de fides. La fe y la fidelidad.
La primera lectura del profeta Abacuc nos presenta ese versículo que, seguramente, recordamos por algunos textos del Evangelio. ¿Te acuerdas de: “¿El justo vivirá por la fe”? Habacuc 2,4; Carta a los Romanos 1,17; Carta a los Gálatas 3,11; Hechos de los Apóstoles 3,38.
Resulta que Jesús insiste en el tema de la fe muchas veces, también en el evangelio de hoy: “Si tuviera fe como un granito de mostaza”San Mateo 17,20; si tuvieras aunque fuera esa fe, esa fe pues se convertiría en un árbol robusto, en un árbol grande en tu vida.
Pero, Jesús habla de la fe, y Abacuc habla de la fe. Tengamos en cuenta que en la lengua hebrea la fe y la fidelidad están tan relacionadas, que prácticamente utilizan la misma palabra, y ambas están relacionadas con una actitud de radical confianza.
La idea fundamental cuando se habla de fe en la lengua hebrea, no es un credo, no es una serie de afirmaciones como cuando nosotros decimos: “Creo en Dios Uno y Trino, creo en la presencia de Cristo en la Eucaristía, creo que Dios ha creado Ángeles, Creo en una vida eterna junto a Dios”.
La fe, en primer lugar, no se refiere ahí a unos contenidos, sino se refiere más bien a una actitud de vida de aquel, que por describirlo con las palabras del Apóstol Pedro, “se arroja en las manos de Dios”. Aquel que arroja sus preocupaciones, y se arroja él mismo en las manos de Dios. Es una actitud de entrega. La palabra fundamental es esa: es como esa confianza, esa entrega, saber en quién puedo apoyarme y vivir apoyado en Él.
Pero resulta que ya cuando pasamos a estas otras lenguas como pueden ser, por ejemplo, el español o el inglés, sí hay una diferencia entre fe y fidelidad, porque la fidelidad indicaría como el comportamiento que es grato a Dios, como la permanencia en los términos de lo que se ha acordado con Dios, por ejemplo, los términos de la alianza. Decimos de una persona que es fiel, porque mantiene lo que ha dicho, porque uno se puede fiar de esa persona.
Y decimos de una persona que es creyente, bueno, porque acepta, porque acoge lo que Dios le ha dicho. Entonces, fíjate que si aparece ahí una diferencia, esa diferencia no estaba originalmente en la lengua hebrea.
Pero a medida que va avanzando la revelación, nos vamos dando cuenta que sí hay una diferencia entre fe y fidelidad, porque lo propio de quien tiene fe es ser creyente, y lo propio de quien tiene fidelidad es ser fiel.
Entonces, las dos palabras derivadas de las que han aparecido hoy, son: ser fiel y ser creyente, y lo que venimos a descubrir es: sólo si empezamos siendo creyentes, llegaremos a ser fieles.Ese es el mensaje de hoy.
¿Qué significa aprender a ser creyente? Significa creerle a Dios, significa aceptar lo que Dios ha revelado, significa acoger su mensaje, significa recibir su buena noticia; ahí es donde está toda la diferencia. Cuando yo recibo la buena noticia, cuando la buena noticia se apodera de mí, entonces mi ser es transformado, y sólo así puedo ser fiel. Esto no estaba tan claro en el Antiguo Testamento.
Por eso hay un avance real entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, y ese avance está marcado, realmente, por una palabra que es la palabra Evangelio. En el Antiguo Testamento, fe y fidelidad parecían lo mismo.
Es decir, el que le cree a Dios, pues es el que se comporta delante de Dios, es el que vive delante de Dios como una persona fiel, que respeta y obedece y cumple la Ley, y eso es en el fondo lo que estaba diciendo Abacuc.
A pesar de todas las cosas que sucedan, pues el que permanezca en la fidelidad, ese vivirá. Es decir, lo de Abacuc tiene una invitación a perseverar, a permanecer en total confianza frente a Dios, y eso está muy bien.
Pero hoy entendemos, después de la presencia de la Buena noticia, que es Jesucristo y que viene con Jesucristo, hoy entendemos que para llegar a la fidelidad, necesitamos primero la fe, es decir, necesitamos aceptar la buena noticia, necesitamos primero acoger la Buena Noticia, para que esa noticia nos transforme y haga posible que seamos obedientes a Dios. En el fondo, lo que hay aquí son otras dos palabras, que son: escuchar y obedecer.
La palabra escuchar, porque como nos dice Pablo “La fe viene de la escucha” Carta a los Romanos 10,17, y la palabra obedecer, porque como nos dice el mismo Apóstol Pablo “Esa palabra reclama de nosotros la obediencia de la fe" Carta a los Romanos 10,17.
Otros hablan de otras dos palabras, utilizando una comparación de la gramática: lo que se llama el modo indicativo y el modo imperativo. El modo indicativo es la noticia, es aquello que se nos cuenta. “Jesús ha venido al mundo para darte vida”; eso es modo indicativo, de ahí surge un imperativo: “Así como tú has recibido vida, transmite vida a tus hermanos a través de tu testimonio, a través de tu justicia, tu amor, tu solidaridad, tu predicación”.
Transmite vida, fíjate, modo indicativo; la escucha, la fe, el llegar a creer, el creerle a Dios, una vez que eso ha sucedido a nosotros, pasamos al modo imperativo, soy transformado por Dios, acepto su mensaje, y entonces viene el imperativo: “Me siento llamado a dar vida, me siento facultado para dar vida, me siento rebosante de vida, y quiero dar vida a mis hermanos porque he sido transformado así por Dios”.
Hermanos, no olvidemos estas diferencias, no estaban tan claras en el Antiguo Testamento, pero a medida que la revelación fue avanzando, llegamos a entender que sólo recibiendo la vida de Dios, podemos comunicar esa misma vida a nuestros hermanos.
Que la gloria y la alabanza sean para Dios, de quien procede todo don perfecto.
Amén.
@fraynelson
Granito de fe...
jueves, 7 de agosto de 2014
La señal del cristiano es la Cruz
En el Evangelio de la Misa de hoy, el Señor nos da una pauta para seguirle que, aunque ahora, con el paso de los siglos, nos parece “lógica” no lo era tanto en aquel entonces. Dice el Señor: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a si mismo, que cargue con su cruz y me siga”.
Todos los hombres que aparecían como maestros o líderes, diríamos ahora, salvo quizá los llamados estoicos, eran guías que mezclaban un montón de teorías y modos raros de vivir, con una incoherencia de vida porque, al igual que pasa en los tiempos actuales, “se hacían la religión a su manera” y desde luego, lo que predicaban era la felicidad en la tierra si se seguía su doctrina. Religión o mundo filosófico, o modo de vida, en el que, en cualquier caso, no era precisamente la cruz -ni de lejos- la señal sintetizadora, el estandarte de su fe.
En la predicación y vida de Jesús, esto chocaba profundamente. Había una lógica, había una exigencia, donde junto a una ascética y lucha por vivir unos principios, se daba también un espíritu de alegría, de familia casi. Los discípulos que seguían a ese Maestro eran gentes normales: unos, la mayoría -porque mayoría eran junto con los agricultores en aquella época los hombres- eran pescadores, y, luego, algunos más cultos, un médico, un recaudador de impuestos.
Esta era quizá otra característica. A estos seguidores se les conocía su oficio, quienes eran; donde vivían; que se trataba de personas “serias”, que hasta ese momento -el momento de seguir más de cerca al Maestro- vivían de lo que honradamente ganaban con su trabajo. No eran gente rara.
Y, además, esta otra característica que hoy nos recuerda el Evangelio de la Misa: si querías seguir a este “Rabboni”, a éste Maestro, tenías que negarte a tus caprichos, a tus planes, –“niéguese a si mismo”– y estar dispuesto a tomar como compañero de camino un instrumento que para el oído del judío significaba lo peor: cargar “con su cruz”. Sólo entonces, podías seguirle.
El Señor prometía la cruz. Por eso San Pablo que conoce el cristianismo con posterioridad a la marcha de Jesús al cielo, lo de la cruz le suena como le sonaba a todos, así califica la cruz como “necedad” o locura” de modo que: “el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden, pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios. (I Cor. 1,18).
El hombre de hoy huye de la cruz. Por eso no encuentra a Cristo. De ahí que el hombre contemporáneo vaya por la vida buscando la felicidad en tantas otras cosas que desde aquí -desde la Iglesia, desde Cristo- se le dice que es una pena que busque esa felicidad en lugares donde no está la cruz, porque allí no está Cristo y, donde no está Jesús, allí no hay, no puede haber felicidad. Puede haber fiesta, bullicio, diversión, jolgorio, por no decir cosas malas. Pero incluso aunque llegara a cotas inmensas de placer, de poder, o de ser honrado o vitoreado por millones de personas, de nada le serviría porque diremos con el Evangelio de la Misa de hoy “¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?”. Y la ruina sería conseguir todo menos a Cristo. Y Cristo está en la cruz. Lo que sucede es que no queremos oír esto. Es más, cuando estamos sufriendo por cosas, nos llamamos “desgraciados”.
Pero entendámonos bien: el cristianismo es una fe de amor, y, precisamente por eso -que se lo pregunten a las madres que son las que más saben de amor para con sus hijos- el amor comporta sacrificio, entrega, renuncia. Se ama, y, consiguientemente se “toma la cruz” por amor a un hijo; por amor a una profesión, a un empleo; el hombre “toma su cruz” cada día y va a dejarse la piel por una empresa humana. Se comprende perfectamente que para seguir el camino que nos marca Cristo, también tengamos que tomar la cruz. Con una muy grande diferencia con cualquier comparación de “cruz humana”, y es que, la cruz que nos ofrece el Señor, si la seguimos sin titubeos ni regateos, es seguro que nos levanta hacia el cielo, hacia la felicidad que buscamos, porque, lo diremos una vez más, la felicidad está, aquí en la tierra -aunque parezca paradójico– cargando con la cruz de Cristo.
-“¿Cuál es la señal del Cristiano?”, nosotros respondemos con certeza: “la señal del cristiano es la santa cruz”.
La tibieza.....
Nueva Alianza
La primera lectura del día de hoy está tomada del capítulo 31 del profeta Jeremías, yo creo que este año le hemos dado mas atención al profeta Jeremías; y estoy felíz con ello porque hay tantas cosas de Jeremías que anticipan el sacrificio de Cristo, pero que sobre todo que anticipan el amor redentor, el amor compasivo de Dios.
De hecho, toda esa fuerza de las denuncias de Jeremías, es finalmente fuerza para proclamar que sólo Dios merece “Honor y Gloria”, y sobre todo es fuerza para confiar en la salvación que sólo Él puede regalarnos.
Yo creo que se puede decir, que cuanto mas profunda y clara es la denuncia del pecado, es más profunda y clara es la raíz de la esperanza en nuestra vida; porque allí donde no se reconoce el pecado. Estamos en la condición del que está enfermo, pero ¡No sabe que está enfermo! Y resulta que está consumiendo sus últimos recursos. Imaginémonos –Dios nos libre- lo que sucede con aquella persona que tiene un cáncer, y ese cáncer ya está consumiendo su cuerpo y de hecho y el organismo está en proceso de declive pero como todavía le quedan algunas fuerzas, pues nos e nota lo mal que está.
Esa es la condición de muchos cristianos, el cáncer del pecado ha entrado profundamente en sus vidas, pero como no lo reconocen pues tampoco saben a dónde van. Yo creo que un ejemplo sencillo es el de aquella persona que cree que puede jugar con el amor; pues entonces tener una pareja es jugar con alguien y después de que se vaya ese pues jugar con otro o con otra y después con otro o con otra.
La persona que razona asi, la persona que obra así, esta destruyendo su capacidad afectiva, solo está dejando una estela de desastre, de decepción, de ira y de venganza en otras personas, sino que su propio corazón, está terriblemente empobrecido, y ese corazón empobrecido, ese corazón que tiene ese cáncer espiritual, ya se está muriendo, pero la persona no se da cuenta.
En la medida en que se denuncia el pecado, en la medida en que caemoz en la cuenta que no fuimos hechos para el pecado, y en la medida que nos demos cuenta que el pecado simplemente viene a destruir que somos lo que tenemos, entonces es posible hablar de una esperanza. Podemos decir que uno pasa po un momento bajo, y ese momento bajo, ese momento triste es el momento de la denuncia, es el momento en el que Dios muestra “Mira lo que estas haciendo, mira lo que es tu vida, mira lo que has hecho”. Pero de ese momento bajo nos levantamos en esperanza, de ese momento bajo nos levantamos en jubilo, pero ya no es jubilo por lo mucho que nosotros somos, sino por lo mucho que Él nos ha amado, y ese nuevo comienzo es el que anuncia Jeremías, bajo un término absolutamente vigoroso, una nueva alianza.
Es que el pueblo de Israel nació en una Alianza, cuando se habla de una Nueva Alianza, se esta hablando de un nuevo nacimiento. Lo que está diciendo Jeremías es de una fuerza increíble, es posible empezar de nuevo, es posible un nuevo comienzo y Dios quiere hacerlo y lo va ha hacer.
Esa Alianza Nueva y eterna es lo que ha sucedido, es la que se ha celebrado en la carne y la sangre de Cristo, y eso es lo que significa ser cristiano, todo esto que vió Jeremías y todo esto que anuncio Jeremías, eso es lo que nosotros somos como cristianos, esa es la esperanza y gozo que tenemos que anunciar también al mundo.@fraynelson
martes, 5 de agosto de 2014
Lliçó q cal no oblidar
Que bien se está aquí
Sobre las aguas...
Una fe muy profunda para andar sobre el agua
Queridos Hermanos:
Con el texto que acabamos de escuchar en el evangelio, seguramente va a crecer nuestro amor, nuestra simpatía por la persona del Apóstol Pedro. Pedro es el primero entre los Apóstoles, pero también es el primero en otra cantidad de cosas.
Más de una vez en el evangelio, nos encontramos con que Jesús hace una pregunta y es Pedro quien responde. O también, este es el único Apóstol a quien se le ocurre darle consejos a Jesús. Igualmente en eso toma la iniciativa.
Pedro es un hombre que reacciona de alguna manera, podríamos llamar, primaria. No hace como mucho análisis de las consecuencias de sus actos. Por ejemplo, ofrece que va a morir por Jesús, pero luego, cuando las circunstancias son adversas, niega y perjura que no conoce a Cristo.
Le dice al Señor que no le lave los pies. Mas Jesús le responde: "Si no, no vas a tener que ver conmigo" San Juan 13,8. Y Pedro reacciona inmediatamente: "Entonces, no sólo lávame los pies, sino todo el cuerpo" San Juan 13,9.
Es decir, Pedro representa al corazón humano en su reacción inmediata frente a la obra de la gracia, y esta es como la grandeza del mensaje que se nos revela a través de este Apóstol. Precisamente, porque era un hombre que no medía demasiado las consecuencias, precisamente por eso, nos permite ver de un modo como muy cristalino, qué sucede en un corazón, en un corazón como el tuyo o como el mío, cuando la oferta de Dios, cuando la propuesta de Dios nos pasa por delante.
El evangelio de hoy no es una excepción a esta regla. Lo que nos encontramos, es que todos se sienten asustados. Al parecer, piensan que se trata de un fantasma. Jesús caminando sobre el agua, una cosa absolutamente inusitada, una cosa alucinante, y estos hombres se sienten en pánico.
Jesús dice: "Soy yo" San Mateo 14,27, y es Pedro el primero en reaccionar según la costumbre: "Pues si eres tú, entonces que yo pueda caminar sobre el agua" San Mateo 14,28.
Es la reacción veloz de este hombre. Quiere asegurarse, pero al mismo tiempo quiere experimentar lo que está sucediendo ahí. Se lanza a caminar, pero luego frente a las dificultades, también él reacciona inmediatamente.
Así como la voz de Jesús produjo en él una reacción inmediata y saltó de la barca para caminar sobre el agua, así también la acción del viento produjo en él una reacción inmediata de miedo y de incredulidad, que le llevó a hundirse. Es decir, nuevamente encontramos al Apóstol Pedro reaccionando así, de una manera rápida.
Jesús se acerca, sostiene a Pedro y le pregunta: "¿Por qué dudaste? Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?" San Mateo 14,31. Y esa es la lección que quisiera que tomáramos todos el día de hoy. Observemos que Pedro tuvo una reacción inmediata.
Pero la reacción inmediata de entusiasmo e incluso de obediencia a lo que Jesús le estaba diciendo, no fue suficiente.
Pedro reaccionó de un modo inminente, pero su reacción no fue capaz de sostenerlo cuando llegaron las dificultades. No es suficiente el entusiasmo de un momento, no es suficiente el sentir que sí, que Dios ha llegado a nuestra vida, que sí nos ha visitado, que sí nos ha tocado, que sí nos ha hablado.
¡Eso no es suficiente! No es suficiente sentir, no es suficiente la reacción inmediata. Necesitamos algo más para poder recorrer el camino en esta tierra. ¡Necesitamos algo más que eso!
Observa que Jesús no le dijo a Pedro que no tenía fe. Jesús le dijo a Pedro que tenía poca fe. Reconocer al Señor y lanzarnos a caminar sobre el agua, ya es tener algo de fe. Pero esa fe, esa fe así impetuosa, de reacción inmediata, no es suficiente, es poca fe.
El mundo y las circunstancias en las que vivimos, requieren algo más. Necesitamos una fe profunda, porque dice la primera Carta de Juan que, "nuestra fe vence al mundo" 1 Juan 5,4.
Pero la fe que vence al mundo, es una fe que es algo más que entusiasmo, algo más que reacción inmediata. Pedro tuvo que aprender la lección. En cierto modo, quedó humillado delante de sus compañeros, delante de los otros Apóstoles.
Pero lo mismo que ellos, según termina diciendo el relato de hoy, él se postró reconociendo en Jesucristo: "Tú eres el Hijo de Dios" San Mateo 14,33.
Que nuestra fe crezca, hermanos, que nuestra fe se afiance, que nuestra fe encuentre verdaderamente su fondo, encuentre verdaderamente su cimiento, para que podamos, aunque parezca imposible, caminar sobre el agua. El mundo de hoy nos lo va a exigir. Nos va a exigir que avancemos como haciendo cosas imposibles.
¿Cómo es posible la vida cristiana hoy? ¿Cómo es posible una vida cristiana en una Europa agnóstica, escéptica, fría, casi burlesca, compasiva, con una compasión secular por los que todavía creen? ¿Esa compasión, falsa, desde luego, esa compasión cínica de la que habló Nietzsche cuando se encuentran aquellos hombres con el viejo ermitaño y dicen?: "¡Ése todavía cree! No se ha dado cuenta que Dios se murió hace rato."
Así nos van a mirar y hay que avanzar sobre el mundo. Hay que caminar sobre el mundo de esta manera y parece imposible. Es como andar sobre el agua y para eso necesitamos una fe profunda. ¡Y Dios, Dios nos la va a dar!
@fraynelson
domingo, 3 de agosto de 2014
Orar
CATEQUESIS SOBRE EL MILAGRO DE LOS PANES Y LOS PECES
Papa Francisco: «Compasión, compartir, Eucaristía. Este es el camino que Jesús nos indica en este Evangelio»
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
este domingo, el Evangelio nos presenta el milagro de la multiplicación de los panes y los pescados (Mt 14,13-21). Jesús lo realizó a lo largo del Mar de Galilea, en un lugar aislado donde se había retirado con sus discípulos después de enterarse de la muerte de Juan el Bautista. Pero, muchas personas los siguieron y los alcanzaron; y Jesús, al verlos, sintió compasión y curó a los enfermos hasta la noche. Entonces los discípulos, preocupados por la hora tardía, le sugirieron despedir a la muchedumbre para que ella pudiese ir a las ciudades a comprarse lo necesario para comer. Pero Jesús, tranquilamente, les respondió: «Denles de comer ustedes mismos» (Mt 14,16); y haciéndose traer cinco panes y dos pescados, los bendijo, y comenzó a partirlos y darlos a los discípulos, quienes los distribuían a la gente. Todos comieron hasta saciarse e incluso, ¡sobró!
En este hecho podemos captar tres mensajes. El primero es la compasión. Frente a la multitud que lo busca y - por así decirlo – “no lo deja en paz”, Jesús no reacciona con irritación. No dice “esta gente me da fastidio”. No, no. Reacciona con un sentimiento de compasión, porque sabe que no lo buscan por curiosidad, sino por necesidad. Pero estemos atentos: compasión, lo que siente Jesús, no es simplemente sentir piedad. ¡Es más! Significa “padecer con”, es decir, compenetrarse en el sufrimiento del otro, al punto de tomarlo sobre sí. Así es Jesús, sufre junto a nosotros, sufre con nosotros, sufre por nosotros. Y el signo de esta compasión son las muchas sanaciones que realizó. Jesús nos enseña a anteponer las necesidades de los pobres a las nuestras. Nuestras exigencias, aunque legítimas, nunca serán tan urgentes como las de los pobres, que carecen de lo necesario para vivir. Nosotros hablamos seguido de los pobres, pero cuando hablamos de los pobres, ¿oímos que aquel hombre, aquella mujer, aquellos niños no tienen lo necesario para vivir? ¿Que no tienen para comer, no tienen para vestirse, no tienen la posibilidad de medicinas? También los niños que no tienen la posibilidad de ir a la escuela… Y por eso, nuestras exigencias - aún legítimas - no serán jamás tan urgentes como aquellas de los pobres, que no tienen lo necesario para vivir.
El segundo mensaje es el compartir. El primero es la compasión, aquello que sentía Jesús, con el compartir. Es útil comparar la reacción de los discípulos frente a la gente cansada y hambrienta, con la de Jesús. Son diferentes. Los discípulos piensan que es mejor despedirse de ellos, para que puedan ir a buscarse la comida. En cambio, Jesús dice: denles de comer ustedes mismos. Dos reacciones diferentes, que reflejan dos lógicas opuestas: los discípulos razonan de acuerdo con el mundo, por lo que cada uno debe pensar en sí mismo; reaccionan como si dijeran: “arréglenselas solos”. Jesús razona en cambio de acuerdo a la lógica de Dios, que es aquella del compartir. ¡Cuántas veces nosotros nos damos vuelta hacia otro lado con tal de no ver a los hermanos necesitados! Y esto, mirar hacia otro lado, es un modo educado de decir con guantes blancos: “arréglenselas solos”. Y esto no es de Jesús: esto es egoísmo. Si Él hubiera despedido a la gente, muchas personas se habrían quedado sin comer. En cambio, aquellos pocos panes y pescados, compartidos y bendecidos por Dios, fueron suficientes para todos. Y atención ¿eh?: no es una magia, ¡es un “signo”! Un signo que invita a tener fe en Dios, el Padre providente, que no nos hace faltar “el pan nuestro de cada día”, si nosotros sabemos compartirlo como hermanos.
Compasión, compartir.
Y el tercer mensaje: el milagro de los panes preanuncia la Eucaristía. Esto se puede ver en el gesto de Jesús que “recita la bendición” (v. 19) antes de partir el pan y distribuirlo a la gente. Es el mismo gesto que hará Jesús en la Última Cena, cuando instaura el memorial perpetuo de su Sacrificio redentor. En la Eucaristía, Jesús no da un pan, sino el pan de vida eterna, se dona a Sí mismo, ofreciéndose al Padre por amor a nosotros. Nosotros debemos ir a la Eucaristía con aquel sentimiento de Jesús, es decir, la compasión, y con aquel deseo de Jesús, compartir. Quien va a la Eucaristía sin tener compasión por los necesitados y sin compartir, no se encuentra bien con Jesús.
Compasión, compartir, Eucaristía. Este es el camino que Jesús nos indica en este Evangelio. Un camino que nos lleva a afrontar con fraternidad las necesidades de este mundo, pero que nos conduce más allá de este mundo, porque parte de Dios Padre y regresa a Él. Que la Virgen María, Madre de la Divina Providencia, nos acompañe en este Camino.
sábado, 2 de agosto de 2014
Nuestro egoismo
Como suele ser lo más común, lo más normal en los domingos, la primera lectura y el evangelio tienen una grande y visible coincidencia en esta ocasión. Pero antes de seguir, ¡feliz domingo! ¡Feliz día del Señor!
Si uno aprende a vivir el domingo, si uno aprende a alegrase por la victoria de Cristo, se hace cada vez más cristiano, porque ¿sabes una cosa? Sin alegría es muy difícil vivir la fe, de hecho, sin alegría es muy difícil vivir, sin alegría uno lo que siente es que está sobreviviendo; en cambio la alegría nos permite vivir la vida como un regalo, recibir la existencia como el primero de todos los dones. Y nuestra existencia se ha vuelto valiosa, gracias a Jesús, gracias a su resurrección, gracias a su palabra y al don de su Espíritu.
Hoy por ejemplo tenemos el pasaje tan conocido de la multiplicación de los panes, un pasaje que es toda una catequesis, y esto significa que puede leerse y apreciarse desde distintos ángulos. Permíteme compartirte uno.
Los discípulos se acercan a Jesús y le piden que despida a la gente, ¿no te parece sospechosa esta petición? ¡Qué contraste tan grande entre Jesús y sus discípulos! Nos dice San Mateo, en este capítulo catorce, que Jesús se compadece de la gente, y yo pregunto: cuando los discípulos dicen "despídelos para que vayan y se compren algo ellos" San Mateo 14,15; "despídelos para que ellos resuelvan su problema"; "despídelos para que nosotros podamos descansar de ellos". Jesús está educando a sus discípulos, pero bien se ve que falta mucho camino por recorrer.
¡Qué distintas las entrañas de Jesús y las de estos hombres! Y Jesús les responde: "Dadles vosotros de comer" San Mateo 14,16. Es decir, inmediatamente los confronta con su propia dureza, con su propio egoísmo; porque en el fondo la preocupación de ellos no es la gente, la preocupación de ellos está en el descanso que necesitan, y es comprensible que lo pidan, y sobre todo, en que quieren por fin sentarse, reposar, tener sus alimentos para ellos.
Yo quiero destacar que la petición de los discípulos es muy razonable, es perfectamente humana, si queremos decirlo así, y además, es seguramente lo que también nosotros pediríamos. Después de esas jornadas agotadoras, después de horas y horas de enfermos, y posesos, y paralíticos, y ciegos, y sordos; después de ese interminable desfile de la miseria humana, pues lo que queda es agotamiento, fatiga, están extenuados los discípulos, como seguramente estaríamos también nosotros.
Pero he aquí o maravilloso: si la miseria humana parece no agotarse, la misericordia de Cristo es también inagotable. Tenemos un Dios que alcanza y supera la medida de nuestras miserias, y tenemos un Dios que nos pone delante ese espejo de generosidad para que veamos nuestros egoísmos y para que demos un paso, el paso decisivo que le permite luego a Dios multiplicar con amor lo poco o mucho que podemos darle.
Es la hora de reconocer a Jesús, es la hora de reconocer quiénes somos y es la hora de poner en sus manos eso que somos.
@fraynelson